viernes, 27 de diciembre de 2013

75 libros que todo interesado en poesía peruana contemporánea debe leer





 60's


Antonio Cisneros. Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Como higuera en un campo de golf. El libro de Dios y de los húngaros.
Rodolfo Hinostroza. Consejero del Lobo. Contra natura. Nudo borromeo y otros poemas.
Marco Martos. Cuaderno de quejas y contentamientos.
Luis Hernández. Las constelaciones. Vox horrísona.
Guillermo Chirinos Cúneo. Idiota del Apocalipsis.
Juan Ojeda. Arte de navegar.
Mirko Lauer. Ciudad de Lima. Santa Rosita y el péndulo proliferante.
Javier Heraud. El río. Estación reunida.
César Calvo.  El cetro de los jóvenes. Pedestal para nadie.
Walter Curonisy. Rehenes del tiempo.

70’s
Jorge Pimentel. Ave Soul. Tromba de agosto. Primera muchacha.
José Luis Ayala. Celebración del universo.
Manuel Morales. Poemas de entrecasa.
Cesáreo Martínez. Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga).
José Watanabe. Álbum de familia. El huso de la palabra.
Juan Ramírez Ruiz. Un par de vueltas por la realidad.
Elqui Burgos. Cazador de espejismos.
Jorge Nájar. Malas maneras.
Oscar Málaga. El libro del atolondrado.
Abelardo Sánchez León. Poemas y ventanas cerradas. Rastro de caracol.
Carmen Ollé. Noches de adrenalina.
Tulio Mora. Oración frente a un plato de col. Cementerio general.
José Rosas Ribeyro. Currículum mortis.
José Cerna. Ruda.
Enrique Verástegui. En los extramuros del mundo. Angelus novus I y II (selección)
Carlos López Degregori. Las conversiones. Cielo forzado.
Mario Montalbetti. Fin desierto. Cinco segundos de horizonte.
Enrique Sánchez Hernani. Violencia del sol.
José Morales Saravia. Zancudas.
 

80’s

Oswaldo Chanove. El héroe y su relación con la heroína.
Roger Santiváñez. El chico que se declaraba con la mirada. Symbol.
Mariela Dreyfus. Memorias de Electra.
Domingo de Ramos. Pastor de Perros.
José Antonio Mazzotti. Poemas no recogidos en libro.
Rocío Silva Santisteban. Ese oficio no me gusta.
Jorge Frisancho. Reino de la necesidad. Estudios sobre un cuerpo.
Rodrigo Quijano. Una procesión entera va por dentro.


90’s

Ana Varela Tafur. Lo que no veo en visiones.
Miguel Ildefonso. Canciones de un bar en la frontera.
Montserrat Álvarez. Zona Dark.
Xavier Echarri. Las quebradas experiencias y otros poemas.
Victoria Guerrero. Ya nadie incendia el mundo. Berlín.
Josemári Recalde. Libro del sol.
Martín Rodríguez Gaona. Pista de baile.
Víctor Coral. Luz de limbo.
Lizardo Cruzado. Este es mi cuerpo.
Rafael Espinosa. Aves de la ciudad y alrededores.
Carlos Oliva. Lima o el largo camino de la desesperación.
Roxana Crisólogo. Abajo sobre el cielo.
 
2000
 
Manuel Fernández. Octubre. La marcha del polen.
Jerónimo Pimentel. Frágiles trofeos. Al norte de los ríos del futuro.
Romy Sordómez. Présago.
Miguel Ángel Sanz Chung. Quién las hojas.




domingo, 1 de diciembre de 2013

Recuento de fin de temporada




Como ha sucedido con los diez o doce años anteriores, no hay muchas cosas rescatables este 2013 en lo que se refiere a poesía peruana. Apenas una media docena de libros que destacan sobre una auténtica marea de poemarios, sobre todo de autores jóvenes o jovencísimos. Cada vez se publican más libros de poemas, aunque la calidad promedio sigue siendo la misma que la de hace una década. La escasez de editores que merezcan de verdad este título ocasiona que mucho de lo que se aparece en librerías no resista el menor análisis o sean libros a medias o magmas que han pasado del Word directamente a la imprenta sin haber sido siquiera revisados. Uno de los últimos libros que reseñé, De Dios, del hombre y de otros poemas, incluso tenía faltas de ortografía: si hay editoriales que no pueden pasarle a los textos siquiera el corrector automático, pedirles una decorosa labor de edición parece ser una exigencia que aquí en el Perú, salvo excepciones, resulta una ingenuidad o un refinado capricho. Cuando tengamos menos facilitadores de edición y más editores podremos hablar de un sistema de editoriales independientes digno de ser considerado serio.

No he podido leer todo lo que se ha publicado este año, y de hecho he leído más autores de Lima que de provincias. Es difícil encontrar libros de poetas no limeños, salvo cuando los mismos autores me los envían. Una de mis metas es hacer conocer esa poesía a través del blog en su segunda temporada. Este año he reseñado diez libros y he leído unos veinte más; no es mucho, pero creo que es suficiente como para aventurarse a hacer un recuento. En esta oportunidad quiero comentar aquellos poemarios que me parecen los mejores del año, los que me decepcionaron y los que prometen. El lector no tiene necesariamente que coincidir con mis elecciones y puede inmortalizar sus preferencias en la sección de comentarios de este blog, auténtica ágora de la democracia.

Y los ganadores son:

El mejor libro de poemas del año es Al norte de los ríos del futuro, cuarta entrega de Jerónimo Pimentel. Considero que libros como este son una bocanada de aire fresco en un medio donde abundan poetas satisfechos de su carácter epigonal o que tienen un respeto excesivo ante los poetas de las décadas precedentes. El gran logro de este libro es abrir un camino distinto, complejo y lleno de posibilidades mediante un personalísimo tratamiento de las referencias científicas y de la ciencia ficción. Al norte de los ríos del futuro es un libro que se propone riesgos y alcanza la mayoría de las metas que se propone, que no son pocas ni sencillas. Como dije en su momento, Pimentel ha escrito el mejor libro de su generación hasta la fecha.


La marcha del polen, el segundo libro de Manuel Fernández, también está entre lo más sólido de lo publicado en los últimos doce meses. Supera, a mi entender, los méritos de Octubre, su opera prima, imprimiéndole a su visión popular urbana la tensión de lo autobiográfico y un bien dosificado contenido político y reivindicativo. Un volumen que sortea con facilidad las trampas de la poesía conceptual y a la vez nos regala un puñado de buenos textos, así como un poema antológico: el que da nombre al libro.

Victoria Guerrero nos entregó a mediados de año Documentos de barbarie, compilación de sus tres libros publicados en este siglo, El mar, ese oscuro porvenir, Ya nadie incendia el mundo y Berlín, trilogía que significa, a mi entender, uno de los ciclos poéticos más importantes producidos por un poeta de los años noventa. Lamentablemente también se incluye una de sus últimas publicaciones, Cuadernos de quimioterapia, notoriamente inferior a las precedentes, mandando de esta manera al purgatorio una compilación que bien merecía el cielo.  


También publicó este 2013 Rafael Espinosa, autor de una obra tan amplia como desigual. En Hoyo 13: novela barrial ha sabido controlar y darle más consistencia al flujo mental en que suele basarse su discurso. Su mejor libro desde el excelente Aves de la ciudad y alrededores, de lejos su poemario más compacto y poderoso. Mirko Lauer también volvió a las andadas con Alcools, donde vuelve a poner a prueba su ecléctico barroco. Un paso adelante luego de su mediano Trópical cantante, pero muy, muy distante de su consagratorio Sobre vivir o de sus libros de los años setenta (habla un fan total de Santa Rosita y el péndulo proliferante, por si no se los he contado alguna vez). No se puede dejar de mencionar a Légamos, de José Morales Saravia, ni a Virtú de Roger Santiváñez, dos muestras de oficio y calidad de parte de dos figuras excluyentes de la poesía de finales de los años setenta.  


Premio Especial del Jurado


Pocos son los poetas de las generaciones del sesenta y setenta que siguen escribiendo libros de calidad: Abelardo Sánchez León es uno de ellos. No hay que esperar grandes novedades ni cambios sorpresivos a estas alturas de su obra, pero para ser su noveno libro, Grito bajo el agua sigue sintiéndose honesto, impulsado por reales necesidades expresivas, ajeno a los artificios retóricos tan comunes en aquellos que quieren continuar en activo a como dé lugar. Estos poemas sobre la soledad y decadencia de los cuerpos atrapados por la vejez y la resignación ante las anatomías jóvenes y ágiles son lo mejor que ha publicado ASL desde El mundo en una gota de rocío (1999) y demuestran la disciplina, seriedad y la paciencia con que asume la tarea literaria.   


Los que prometen

Como humano que soy me equivoco, pero siempre se puede enmendar. En mi reseña a La trama invisible, el segundo libro de Christian Briceño coloqué una nota de 11,3, pero luego de leerlo hace pocos días me parece que hay que elevar un punto más esa calificación. Es un poeta que si hace las elecciones adecuadas en sus próximos libros puede volverse un crack. Su primer intento terminó empañado por las malas compañías (poéticas) y este último por un proyecto al que le hizo falta mayor autocrítica, tijera y tiempo. Pero aún así La trama invisible tiene tres o cuatro poemas de primer nivel, como el que principia el libro o el XXV, sobre los galeotes. Mario Morquencho es otra grata sorpresa: varios textos de su Mar alcoholizado recuerdan por momentos algunos poemas de Seferis o Elytis, guardando la respectiva distancia en la comparación. Morquencho posee un manejo del lenguaje inusual entre sus colegas generacionales. A veces lo traicionan la sensiblería y el uso forzado del coloquialismo, pero la buena impresión que deja su lectura no se empaña por estas –estoy seguro- transitorias deficiencias.

Los Razzie Awards


Casi siempre es complicado elegir el peor libro del año ¡Y es que hay tantos candidatos! Pero esta vez el asunto se me puso sencillo. De Dios, del hombre y de otros poemas, segundo libro de Diego Miró Quesada, es el ganador indiscutible de este título. Hay que escarbar hasta el sótano de algunas publicaciones de los años noventa, como las de Eduardo Rada o José Beltrán Peña, para encontrar una veta de humor involuntario tan pródiga e inagotable. La lectura de su clásico instantáneo Vistoso popó que la erección ha motivado me exime da mayor comentario sobre la concesión de este premio.

Accésit: en un año donde poetas de los setenta como Santiváñez, Morales Saravia y Sánchez León publicaron libros de valía y que los mantienen en plena actualidad, José Rosas Ribeyro, otro miembro de dicha generación, dio a la luz Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), que significó una de las grandes decepciones del 2013. El autor del valorable Curriculum mortis confirma con este libro que sigue inmerso en una larga crisis creativa que se vislumbraba ya en su libro de 1994 Ciudad del infierno, ocasionada a mi parecer por dos de los peores vicios que se pueden padecer a la hora de producir poesía: la excesiva confianza en uno mismo y la total carencia de autocrítica a la hora de publicar.

No puedo cerrar este acápite sin mencionar el último libro de Rosina Valcárcel, Contradanza, quizá uno de los poemarios más defectuosos que esta autora ha publicado (y eso ya es decir bastante). Pleno de lugares comunes e imágenes primarias, contiene además verdaderas joyas de pintorequismo politicoide, como este poema al terrorista Víctor Polay Campos: “La prisión se extiende / La humedad  las hojas de la urbe / Como quien torea el patíbulo / La tarde del 6 de abril / Con sus ojos abiertos / El héroe aguarda al filo de un pozo / Me cede un libro de cuentos / Sereno se mueve en la escena y dice: / -Nadie podrá atarnos el espíritu / He soltado una cometa.”

La alegría del año


El premio obtenido por Mario Pera en el Festival de la Lira de Ecuador, gracias a su poemario Ruido Blanco. Una confirmación de que Pera es un poeta en ascenso que libro a libro va fortaleciendo su voz y liberándose del culteranismo gratuito que oscurecía sus primeras composiciones.

La infamia del año

El Premio Nacional de Cultura obtenido por Rodolfo Hinostroza. Sin duda su obra lo hacía merecedor de este galardón (Consejero del Lobo y Contranatura son grandes libros, aunque Memorial de Casa Grande es un fracaso artístico absoluto). Pero su actitud cuando el premio lo ganó Christian Bendayán el año pasado fue rídícula y deplorable. Se encargó de degradar públicamente a Bendayán como artista e hizo una campaña en varias publicaciones criticando al ministro de Cultura y al jurado del premio, mientras enumeraba sus méritos con megalomaniaca minuciosidad y anunciaba que nunca más se volvería a postular al Premio Nacional, calificándolo de espurio. Pero este año postuló de nuevo, y el jurado, intimidado ante la patanería y los lloriqueos de Hinostroza, lo premió, dando un pésimo mensaje para el futuro: cualquier postulante que no haya ganado el premio puede obtenerlo luego de hacer un show mediático basado en el menosprecio al ganador, la injuria contra las autoridades ministeriales y la impugnación del jurado. Mucha gente se lamenta de que Hinostroza ya no sea el excelente poeta de antes; a mí me da más pena que se haya convertido en un ser tan pequeño y egoísta. ¿Ambas cosas se relacionan? Puede ser. Pero este no es el espacio para averiguarlo.

Un buen año 2014 para todos.