lunes, 2 de junio de 2014

Perderlo todo


La pérdida (y otros poemas).  Paracaídas editores, 2014.

Considero necesario apuntar al comienzo de esta reseña la importancia que para mí encierra la obra de Jorge Frisancho (Barcelona, 1967) en el concierto de la poesía peruana última. Si las palabras no bastaran, vale recordar que sus dos primeros libros (Reino de la Necesidad, 1988; Estudios sobre un cuerpo, 1991) fueron incluidos en mi selección de 75 libros que todo interesado en la poesía peruana contemporánea debe leer, publicada el año pasado. En efecto:  muchos de los poemas que integran esas entregas destacan por su cuidado uso del lenguaje, la sutileza de las reflexiones y referencias que los estructuran, así como por la eficaz resolución de su escéptica y por momentos irónica relación entre las palabras y la ausencia y el vacío que no alcanzan a redimir.  No me parece exagerar si digo que Frisancho es uno de los pocos poetas realmente originales y valorables entre los surgidos a finales de los ochenta y principios de los noventas en el Perú, etapa que constituye, salvo las excepciones de rigor, un auténtico yermo para nuestra tradición lírica.

En el 2004, trece años después de la publicación de Estudios sobre un cuerpo, Frisancho regresó con Desequilibrios, un libro que ya delataba los límites de su poética. Lo que por momentos se vislumbraba en sus dos libros iniciales –cierta sequedad y frialdad en algunos pasajes, una intermitente monotonía y exceso de racionalidad en otros- aquí se convertía en incómodo protagonista. Se hacía evidente que el autor persistía en los hallazgos de sus textos pretéritos y que sus fórmulas se hallaban desgastadas y por ello mismo buena parte de sus poemas caía en una discursiva retorización que agotaba al lector demasiado pronto. Desequilibrios pudo haber sido un libro olvidable si no fuera por el largo, interesante y logrado poema final Correspondencias (poética del otro), que anunciaba la posibilidad de un nuevo camino: la renuncia a lo calculado y riguroso (“Juégate la lógica, compadre” anuncia desde el primer verso) para dejar paso a un libérrimo discurso exploratorio que en sus mejores momentos alcanzaba brillo y novedad. Proseguir esa ruta auguraba a Frisancho la posibilidad de renovar sus recursos formales y cerrar una etapa que daba señas inequívocas de agotamiento.

Ha pasado una década desde entonces. Jorge Frisancho reaparece ahora con La pérdida (y otros poemas), que, para quien escribe, significa una decepción sin atenuantes. Lo digo con el desaliento de quien inició su lectura esperando el buen regreso que tácitamente prometía el poema final de Desequilibrios. A pesar de su brevedad, La pérdida es un libro que se lee morosamente, con los obstáculos que ocasiona la aridez así como las continuas repeticiones y tiempos muertos que minan su discurso. El poemario ha sido trazado bajo una idea ambiciosa: abordar el siempre difícil tema de lo inasible de la memoria, los “hartazgos y limitaciones” de la palabra para aprehender el tiempo ido y los rostros e imágenes que componen nuestra historia personal y las distintas realidades para siempre cerradas que la forjaron y le dieron forma y sentido. El problema aquí es que Frisancho ha pretendido rescatar sus viejas armas para enfrentarse a tamaña tarea y estas no han estado a la altura de lo esperado.

El libro comienza bien, con una fuerza que luego se extrañará casi sin excepción en el resto de las páginas que siguen: “Pero díganme si no es verdad que aquí desaparecen / los furiosos fantasmas de la pertenencia / (los ceremoniales del estar, lo que ya ha sido) / y díganme que no es verdad que lo que se avecina / en el hallazgo de la piel es esta pérdida / de la piel que es ajena en  la memoria…”  Pero muy pronto se evidencian graves problemas. Frisancho nombra continuamente palabras como “pérdida”  “vacío” “inexpresable” “innombrable” y otras similares, adelgazando y anulando su significación e intensidad, sirviéndoles al poeta como comodines o atajos para evitar la elaboración de imágenes y escenas que puedan simbolizar o representar mejor las sensaciones e ideas que la sola mención de estos vocablos pretende concretar. Todo se siente demasiado fácil en estos textos, que por momentos, más que poemas, parecen opacos apuntes y puntuales reflexiones ayunas de cualquier aliento poético. Y cuando Frisancho, entre largos fragmentos meramente discursivos, pretende inscribir una imagen, los resultados no suelen ser buenos. Se cae en recursos bastante manidos (los “fantasmas de la pertenencia” luego se convierten, en otro poema, en los “fantasmas de la memoria”) y en giros que provocan que el oído dude y se sobresalte, no precisamente por el goce: “madrugadas andróginas y arteras”; “atávicos azores de la madrugada”; “estridencias desacomedidas”; “mesurables perspectivas oceánicas”; “aire impávido de sus ambivalencias”; “sincero desprenderse de sus trapacerías” por solo mencionar algunos desaguisados entre otros tantos.

Estos problemas arruinan poemas cuya concepción hubiera permitido mejores resultados. Por ejemplo, el poema Elegía a su madre, muchos años después, que tiene breves momentos de lucidez, sucumbe también ante la mala elección de las imágenes y la burocrática manera con que ha sido elaborado, salvo el final, en el que tardíamente aparece la turbulencia del conflicto con la memoria y la emoción con que se rememora al perdido ser amado. Lo mismo sucede con Lo que el cuerpo no dice todavía, donde encontramos cacofonías y lánguidas meditaciones como esta: “pero hubo espejos / y en ellos hubo rastros indiferenciados / de una emoción irreparable en su desasimiento / y nos supimos vivos en el pulso en que declinan / los inhábiles tropos de una geometría / estrictamente interior, multiplicados / en inestables infinitos adverbiales, cerca de su ser al pronunciarse / en el terreno tangible de la repetición”.

Hay pues, muy poco que salvar en La pérdida (y otros poemas), pero no por ello debe leerse esta reseña como una sentencia definitiva de culpabilidad. Es más bien un voto de confianza: Frisancho ha demostrado en más de una ocasión su versatilidad y talento para este oficio (basta leer su Plato vacío o Primera migración para atestiguarlo). En él queda recuperar el brío perdido, sumergirse en la autocrítica siempre necesaria, y decidir su andadura por un rumbo nuevo que le permita desarrollar sus siguientes proyectos más allá de la comodidad de lo ya conocido y conquistado.

PUNTUACIÓN: 8,2

lunes, 31 de marzo de 2014

El regreso del realismo chistoso





Carlos Santa María. El libro de las gestas y otros plagios. Paracaídas editores, 2014.

La lectura de este libro me ha remitido a la de otro que hacía mucho no revisaba: Este es mi cuerpo (1996), del trujillano Lizardo Cruzado. Como se recuerda, el por entonces adolescente Cruzado afirmaba que su poemario era el primer producto de una corriente que él mismo había bautizado como el realismo chistoso. Casi veinte años después, Carlos Santa María (Trujillo, 1979), nos entrega El libro de las gestas y otros plagios, que podríamos considerar como el segundo y tardío fruto de tan irreverente tendencia. Pero, afortunadamente, Santa María no se contenta con solo remedar los logros alcanzados por su predecesor, sino de adaptarlos a sus propios intereses e inquietudes. Al enfoque preponderantemente cotidiano, sexual y familiar de Cruzado, Santa María opone una que aborda sobre todo las insatisfacciones, límites y desfallecimientos ante el acto de la lectura y de la escritura.  

El libro se abre con Vocación, un texto que condensa bien el ánimo general del conjunto y de las deudas que el autor mantiene con el realismo chistoso: “Me recuerdo a los diez años intentando / leer Ivanhoe / mi hermana escuchaba música / mi padre observaba televisión / -¡Hijo! – se oyó entonces la voz del destino / tú que no estás haciendo nada / ven ayúdame a cargar estas cosas.” A este poema le sucede Claustro, texto que recuerda aquellos en los que Cruzado escudriñaba los aspectos más decadentes e impugnables de sus parientes cercanos y el hogar donde habitan (y Santa María no tiene ningún interés en ocultarlo, pues antepone a su texto una cita del poeta que quiere homenajear). Más adelante hallamos La intrusa, poema con dato escondido centrado en la juventud de Marilyn Monroe que también puede interpretarse como una relectura de Para M.M., quizá el más afortunado de los poemas de Este es mi cuerpo. Pero más allá de estos textos y quizá un par más de menor importancia, las coincidencias con Cruzado se atenúan hasta convertirse en una serie de rasgos y recursos que le sirven a Santa María de herramientas para sacar adelante sus poemas más personales y logrados.

Estos poemas son aquellos que, en  palabras de Víctor Krebs, significan “una confesión de la duda que asalta al escritor en su oficio y por otras un homenaje, no solo a los textos que lo han sostenido e incentivado, sino también a los escenarios que han servido de marco a su creación.” En estas composiciones Santa María deja su espacio –aunque no del todo- para dejárselo a una influencia distinta, la de otro trujillano, José Watanabe, el Watanabe de poemas como Los versos que tarjo; es decir, aquel que reflexiona sobre la condición artesanal del poeta y la paciente labor en la que se circunscribe, así como sus crueles trampas y espectrales recompensas. Santa María rechaza los atajos, embelecos y  retorcimientos para abordar sus obsesiones con oficio y lucidez, como lo demuestra en Desarrollo del poema (“Ahora, / tomo nota de cada recuerdo y / -confuso aún de cuando dije- / muestro un papel intraducible / a familiares y conocidos / que ignoran / el origen de mi excitación / y me alimentan con el veredicto / del extravío en sus miradas”) o en Parque (“Entre tanto, no hallo mejor alternativa / que recostarme sobre este árbol / y permanecer callado / a la espera / de que el silencio se pronuncie. // Sin embargo / no consigo escuchar nada // Es demasiado intencional mi reposo / Demasiado prevista mi evasión”. Otros poemas convincentes dentro de esta veta son Caja china o Edad, donde el poeta se vale de citas de sus escritores favoritos para desnudar sus carencias, sus temores o un profundo escepticismo que prefiere sostenerse en el ludismo antes que en la amargura.  

Menos interesantes resultan sus reelaboraciones de poetas canónicos. Ejercicios fáciles donde se apela al ingenio y al guiño, pero que no aportan nada al objetivo central del libro. Juegos que se agotan en sí mismos. Esto sucede con Último nudo, donde Santa María imita sin demasiado brillo a Eielson, o Ampliando márgenes, que pretende emular de manera poco memorable el poema Márgenes de Javier Sologuren.  Luego de esta zona infértil el poemario levanta vuelo en su última parte, Lugares y objetos comunes a la elaboración del libro de las gestas y otros plagios, compuesta por brevísimos apuntes en los que, como señala el título, el poeta define los escenarios y herramientas que le sirvieron para confeccionar sus poemas. No todos funcionan, pero algunos de ellos sí consiguen su objetivo de encerrar sus visiones y sensaciones en pequeños y vivaces conceptos, tal como Ciudad (“un laberinto /perfectamente / señalizado”), Aula vacía (“La panza / de una ballena / que a veces / me traga”) u Hoja de papel ("Un grito contenido. Una bandera / aún / sin patria").   

El libro de las gestas y otros plagios no se impone metas demasiado altas, pero alcanza a satisfacer los propósitos que se encomienda con bastante decoro. Quizás su limitación principal sea perderse en el mero juego insustancial, en regodearse a veces en su epigonalidad con cierta frescura pero sin un rumbo fijo. Lo esperable es que en su próximo entrega aborde sus motivaciones y temáticas con mayor ambición y dirección. Carlos Santa María tiene la palabra.
   

PUNTUACIÓN: 11,8

domingo, 16 de marzo de 2014

Frozen



Santiago Vera. Libro de las opiniones. Paracaídas editores, 2014

 Este año poético 2014 se abrió con algunos buenos comentarios sobre el segundo poemario de Santiago Vera (Lima, 1987), Libro de las opiniones. No había leído su debut, Volúmenes silenciosos, publicado en el 2012, por lo que todo lo referido a este joven autor me resultaba una incógnita. Como los comentarios positivos provenían de gente que aprecio y respeto, me animé a comprarlo para ver si me unía al coro. No ha sido así.  La verdad es que el libro de Vera me ha resultado, para decirlo suavemente, una decepción. Y para decirlo duramente, un naufragio en el que hay muy pocos restos que salvar.

Libro de las opiniones quiere ser un agudo registro de la hiperconciencia del autor al momento de enfrentarse a la escritura, un fresco alarde de poesía del lenguaje, una audaz impugnación hacia la relación entre la palabra y lo que supuestamente nombra y representa. Pero realmente no es nada de eso. Es más bien un recetario de fórmulas aprendidas de poetas mayores que han transitado hace ya mucho tiempo (y con mejor fortuna) por esas mismas vías y posibilidades, una elemental reescritura de Montalbetti que reproduce sus hallazgos como si fueran simples relumbrones y juegos de palabras. Y es que parece sencillo escribir como Montalbetti, cuando es realmente una de las cosas más difíciles que hay. Si nos quedamos en lo epidérmico de sus logros es muy sencillo hacer en una tarde dos o tres poemas como los que aparecen en el libro de Vera. La tentación de seguir ese rumbo es grande, pero la línea que separa la conquista de nuevos territorios del simple acertijo vacío también es sumamente tenue.

Y es que, francamente, a estas alturas no podemos basar todo un libro en gastados recursos como los siguientes: “No te entiendo. Tú me dices que la llanta es verde. Yo te digo que el cielo es azul. De pronto, se te desata el llanto. No te entiendo. De verdad quisiera, pero no puedo. Tú me has dicho a las 11 y 45 con 23 segundos que la llanta es verde. Yo te he dicho a las 11 y 45 con 25 segundos que el cielo es azul. Pero lo mío no ha sido una respuesta, menos una voluntad de corrección. Ha sido simplemente un comentario. La llanta no es verde, yo lo sé. Ese no es mi problema. (…)”; “Me alcanzan las ganas de escribir correcto. Con puntos, con comas, como se debe, con punto y coma; por ejemplo: dos puntos. Empiezo la oración en mayúscula y digo sobre los renglones: el niño juega en el jardín. El niña aprende a escribir con ayuda de los renglones (…)”; “Esta es una oración. Esta es la constatación de dicha oración. Esta es una oración que sucede a dos anteriores. Esta es solamente una pausa./ Esto es como comenzar desde cero. Esta es la corrección de lo que sostuvo la anterior. Esta es el contenido de la anterior. Esta es el contenido de lo anterior. Esta es solamente una pausa (…)” La reiteración de estas argucias y otras igual de trajinadas le resta cualquier intensidad a Libro de las opiniones, lo convierte en un gélido catálogo de efectos y artificios que hace morosa y pesada su lectura, lo cual se agrava cuando el libro es tan amplio –unos sesenta poemas- y hay tan poco que decir. Cuando llegué al último tercio del poemario estuve a punto de ser doblegado por tanto mecanicismo, tanto verso tiritante, por esa voz terca en su tono monocorde. La consigna de este proyecto excesivamente discursivo es no elaborar una imagen a menos que las circunstancias le pongan al autor una pistola en la sien: para evitarla siempre estarán la ocurrencia, el rizo semántico o trucos tan obvios, tan revistos, como dejar una página en blanco y colocar en medio “estoy normal”.   

Ni siquiera puede decirse que este discurso al menos descanse en un ritmo que lo haga fluido y nos envuelva: la música que prima en estos poemas es la que produce la correlación de premisas que desemboca en una conclusión y tiene como coda una sentencia: “Pienso que si no hubiera habido un haber, tampoco habría habido un haber habido. Esto porque si bien ha estado habiendo y sigue habiendo ahora, nadie sabe si el mañana es subjuntivo o future simple. Yo no sé si habrá, si va a haber, o si simplemente habría o hubiera podido haber”. Y si no emocionan, tampoco conmueven intelectualmente. Por lo menos en mi caso me ha resultado muy arduo sentirme estimulado por versos como “Yo me encuentro, vamos a ver (¿cómo decirlo?) machiguenga por el nombre, wachipato porque es el nombre de una ciudad”; “Los términos de una relación son cosas cuando se piensan e inflorescencias cuando se ven. Cuando veo una hormiga y un mar pienso en la hormiga y el mar. Cuando pienso en la hormiga y el mar, veo una hormiga y un mar. / Esas vellosidades, pajas de lo Inmenso. / Esas vellosidades, mensurables, pero crujientes”; “El campo es verde porque el cielo es azul. Si el campo no fuera verde, el cielo no sería azul, sino de algún otro color. Si fuera de algún otro color, el campo no sería verde., y por lo tanto el cielo no sería azul”.  

Más allá de lo dicho, hay algunos momentos, lamentablemente muy contados, en los que Santiago Vera olvida desplegar su arsenal pirotécnico y se abandona a algunos momentos de verdadera poesía: “la rata osciló entre lo que es ser una rata y lo que significa otra cosa, y por eso su actividad es contradicción y mescolanza. Había una rata, no la vi, no la supe, simplemente estaba. Han soltado las ratas del acontecimiento”. Esas intermitencias dejan entrever una propuesta que ojalá lo aleje del callejón sin salida que es Libro de las opiniones, cuyos poemas –disculpen la boutade- parecen hechos especialmente para contentar al comité editorial de Hueso Húmero.


PUNTUACIÓN: 8,1 / 20

viernes, 27 de diciembre de 2013

75 libros que todo interesado en poesía peruana contemporánea debe leer





 60's


Antonio Cisneros. Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Como higuera en un campo de golf. El libro de Dios y de los húngaros.
Rodolfo Hinostroza. Consejero del Lobo. Contra natura. Nudo borromeo y otros poemas.
Marco Martos. Cuaderno de quejas y contentamientos.
Luis Hernández. Las constelaciones. Vox horrísona.
Guillermo Chirinos Cúneo. Idiota del Apocalipsis.
Juan Ojeda. Arte de navegar.
Mirko Lauer. Ciudad de Lima. Santa Rosita y el péndulo proliferante.
Javier Heraud. El río. Estación reunida.
César Calvo.  El cetro de los jóvenes. Pedestal para nadie.
Walter Curonisy. Rehenes del tiempo.

70’s
Jorge Pimentel. Ave Soul. Tromba de agosto. Primera muchacha.
José Luis Ayala. Celebración del universo.
Manuel Morales. Poemas de entrecasa.
Cesáreo Martínez. Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga).
José Watanabe. Álbum de familia. El huso de la palabra.
Juan Ramírez Ruiz. Un par de vueltas por la realidad.
Elqui Burgos. Cazador de espejismos.
Jorge Nájar. Malas maneras.
Oscar Málaga. El libro del atolondrado.
Abelardo Sánchez León. Poemas y ventanas cerradas. Rastro de caracol.
Carmen Ollé. Noches de adrenalina.
Tulio Mora. Oración frente a un plato de col. Cementerio general.
José Rosas Ribeyro. Currículum mortis.
José Cerna. Ruda.
Enrique Verástegui. En los extramuros del mundo. Angelus novus I y II (selección)
Carlos López Degregori. Las conversiones. Cielo forzado.
Mario Montalbetti. Fin desierto. Cinco segundos de horizonte.
Enrique Sánchez Hernani. Violencia del sol.
José Morales Saravia. Zancudas.
 

80’s

Oswaldo Chanove. El héroe y su relación con la heroína.
Roger Santiváñez. El chico que se declaraba con la mirada. Symbol.
Mariela Dreyfus. Memorias de Electra.
Domingo de Ramos. Pastor de Perros.
José Antonio Mazzotti. Poemas no recogidos en libro.
Rocío Silva Santisteban. Ese oficio no me gusta.
Jorge Frisancho. Reino de la necesidad. Estudios sobre un cuerpo.
Rodrigo Quijano. Una procesión entera va por dentro.


90’s

Ana Varela Tafur. Lo que no veo en visiones.
Miguel Ildefonso. Canciones de un bar en la frontera.
Montserrat Álvarez. Zona Dark.
Xavier Echarri. Las quebradas experiencias y otros poemas.
Victoria Guerrero. Ya nadie incendia el mundo. Berlín.
Josemári Recalde. Libro del sol.
Martín Rodríguez Gaona. Pista de baile.
Víctor Coral. Luz de limbo.
Lizardo Cruzado. Este es mi cuerpo.
Rafael Espinosa. Aves de la ciudad y alrededores.
Carlos Oliva. Lima o el largo camino de la desesperación.
Roxana Crisólogo. Abajo sobre el cielo.
 
2000
 
Manuel Fernández. Octubre. La marcha del polen.
Jerónimo Pimentel. Frágiles trofeos. Al norte de los ríos del futuro.
Romy Sordómez. Présago.
Miguel Ángel Sanz Chung. Quién las hojas.




domingo, 1 de diciembre de 2013

Recuento de fin de temporada




Como ha sucedido con los diez o doce años anteriores, no hay muchas cosas rescatables este 2013 en lo que se refiere a poesía peruana. Apenas una media docena de libros que destacan sobre una auténtica marea de poemarios, sobre todo de autores jóvenes o jovencísimos. Cada vez se publican más libros de poemas, aunque la calidad promedio sigue siendo la misma que la de hace una década. La escasez de editores que merezcan de verdad este título ocasiona que mucho de lo que se aparece en librerías no resista el menor análisis o sean libros a medias o magmas que han pasado del Word directamente a la imprenta sin haber sido siquiera revisados. Uno de los últimos libros que reseñé, De Dios, del hombre y de otros poemas, incluso tenía faltas de ortografía: si hay editoriales que no pueden pasarle a los textos siquiera el corrector automático, pedirles una decorosa labor de edición parece ser una exigencia que aquí en el Perú, salvo excepciones, resulta una ingenuidad o un refinado capricho. Cuando tengamos menos facilitadores de edición y más editores podremos hablar de un sistema de editoriales independientes digno de ser considerado serio.

No he podido leer todo lo que se ha publicado este año, y de hecho he leído más autores de Lima que de provincias. Es difícil encontrar libros de poetas no limeños, salvo cuando los mismos autores me los envían. Una de mis metas es hacer conocer esa poesía a través del blog en su segunda temporada. Este año he reseñado diez libros y he leído unos veinte más; no es mucho, pero creo que es suficiente como para aventurarse a hacer un recuento. En esta oportunidad quiero comentar aquellos poemarios que me parecen los mejores del año, los que me decepcionaron y los que prometen. El lector no tiene necesariamente que coincidir con mis elecciones y puede inmortalizar sus preferencias en la sección de comentarios de este blog, auténtica ágora de la democracia.

Y los ganadores son:

El mejor libro de poemas del año es Al norte de los ríos del futuro, cuarta entrega de Jerónimo Pimentel. Considero que libros como este son una bocanada de aire fresco en un medio donde abundan poetas satisfechos de su carácter epigonal o que tienen un respeto excesivo ante los poetas de las décadas precedentes. El gran logro de este libro es abrir un camino distinto, complejo y lleno de posibilidades mediante un personalísimo tratamiento de las referencias científicas y de la ciencia ficción. Al norte de los ríos del futuro es un libro que se propone riesgos y alcanza la mayoría de las metas que se propone, que no son pocas ni sencillas. Como dije en su momento, Pimentel ha escrito el mejor libro de su generación hasta la fecha.


La marcha del polen, el segundo libro de Manuel Fernández, también está entre lo más sólido de lo publicado en los últimos doce meses. Supera, a mi entender, los méritos de Octubre, su opera prima, imprimiéndole a su visión popular urbana la tensión de lo autobiográfico y un bien dosificado contenido político y reivindicativo. Un volumen que sortea con facilidad las trampas de la poesía conceptual y a la vez nos regala un puñado de buenos textos, así como un poema antológico: el que da nombre al libro.

Victoria Guerrero nos entregó a mediados de año Documentos de barbarie, compilación de sus tres libros publicados en este siglo, El mar, ese oscuro porvenir, Ya nadie incendia el mundo y Berlín, trilogía que significa, a mi entender, uno de los ciclos poéticos más importantes producidos por un poeta de los años noventa. Lamentablemente también se incluye una de sus últimas publicaciones, Cuadernos de quimioterapia, notoriamente inferior a las precedentes, mandando de esta manera al purgatorio una compilación que bien merecía el cielo.  


También publicó este 2013 Rafael Espinosa, autor de una obra tan amplia como desigual. En Hoyo 13: novela barrial ha sabido controlar y darle más consistencia al flujo mental en que suele basarse su discurso. Su mejor libro desde el excelente Aves de la ciudad y alrededores, de lejos su poemario más compacto y poderoso. Mirko Lauer también volvió a las andadas con Alcools, donde vuelve a poner a prueba su ecléctico barroco. Un paso adelante luego de su mediano Trópical cantante, pero muy, muy distante de su consagratorio Sobre vivir o de sus libros de los años setenta (habla un fan total de Santa Rosita y el péndulo proliferante, por si no se los he contado alguna vez). No se puede dejar de mencionar a Légamos, de José Morales Saravia, ni a Virtú de Roger Santiváñez, dos muestras de oficio y calidad de parte de dos figuras excluyentes de la poesía de finales de los años setenta.  


Premio Especial del Jurado


Pocos son los poetas de las generaciones del sesenta y setenta que siguen escribiendo libros de calidad: Abelardo Sánchez León es uno de ellos. No hay que esperar grandes novedades ni cambios sorpresivos a estas alturas de su obra, pero para ser su noveno libro, Grito bajo el agua sigue sintiéndose honesto, impulsado por reales necesidades expresivas, ajeno a los artificios retóricos tan comunes en aquellos que quieren continuar en activo a como dé lugar. Estos poemas sobre la soledad y decadencia de los cuerpos atrapados por la vejez y la resignación ante las anatomías jóvenes y ágiles son lo mejor que ha publicado ASL desde El mundo en una gota de rocío (1999) y demuestran la disciplina, seriedad y la paciencia con que asume la tarea literaria.   


Los que prometen

Como humano que soy me equivoco, pero siempre se puede enmendar. En mi reseña a La trama invisible, el segundo libro de Christian Briceño coloqué una nota de 11,3, pero luego de leerlo hace pocos días me parece que hay que elevar un punto más esa calificación. Es un poeta que si hace las elecciones adecuadas en sus próximos libros puede volverse un crack. Su primer intento terminó empañado por las malas compañías (poéticas) y este último por un proyecto al que le hizo falta mayor autocrítica, tijera y tiempo. Pero aún así La trama invisible tiene tres o cuatro poemas de primer nivel, como el que principia el libro o el XXV, sobre los galeotes. Mario Morquencho es otra grata sorpresa: varios textos de su Mar alcoholizado recuerdan por momentos algunos poemas de Seferis o Elytis, guardando la respectiva distancia en la comparación. Morquencho posee un manejo del lenguaje inusual entre sus colegas generacionales. A veces lo traicionan la sensiblería y el uso forzado del coloquialismo, pero la buena impresión que deja su lectura no se empaña por estas –estoy seguro- transitorias deficiencias.

Los Razzie Awards


Casi siempre es complicado elegir el peor libro del año ¡Y es que hay tantos candidatos! Pero esta vez el asunto se me puso sencillo. De Dios, del hombre y de otros poemas, segundo libro de Diego Miró Quesada, es el ganador indiscutible de este título. Hay que escarbar hasta el sótano de algunas publicaciones de los años noventa, como las de Eduardo Rada o José Beltrán Peña, para encontrar una veta de humor involuntario tan pródiga e inagotable. La lectura de su clásico instantáneo Vistoso popó que la erección ha motivado me exime da mayor comentario sobre la concesión de este premio.

Accésit: en un año donde poetas de los setenta como Santiváñez, Morales Saravia y Sánchez León publicaron libros de valía y que los mantienen en plena actualidad, José Rosas Ribeyro, otro miembro de dicha generación, dio a la luz Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), que significó una de las grandes decepciones del 2013. El autor del valorable Curriculum mortis confirma con este libro que sigue inmerso en una larga crisis creativa que se vislumbraba ya en su libro de 1994 Ciudad del infierno, ocasionada a mi parecer por dos de los peores vicios que se pueden padecer a la hora de producir poesía: la excesiva confianza en uno mismo y la total carencia de autocrítica a la hora de publicar.

No puedo cerrar este acápite sin mencionar el último libro de Rosina Valcárcel, Contradanza, quizá uno de los poemarios más defectuosos que esta autora ha publicado (y eso ya es decir bastante). Pleno de lugares comunes e imágenes primarias, contiene además verdaderas joyas de pintorequismo politicoide, como este poema al terrorista Víctor Polay Campos: “La prisión se extiende / La humedad  las hojas de la urbe / Como quien torea el patíbulo / La tarde del 6 de abril / Con sus ojos abiertos / El héroe aguarda al filo de un pozo / Me cede un libro de cuentos / Sereno se mueve en la escena y dice: / -Nadie podrá atarnos el espíritu / He soltado una cometa.”

La alegría del año


El premio obtenido por Mario Pera en el Festival de la Lira de Ecuador, gracias a su poemario Ruido Blanco. Una confirmación de que Pera es un poeta en ascenso que libro a libro va fortaleciendo su voz y liberándose del culteranismo gratuito que oscurecía sus primeras composiciones.

La infamia del año

El Premio Nacional de Cultura obtenido por Rodolfo Hinostroza. Sin duda su obra lo hacía merecedor de este galardón (Consejero del Lobo y Contranatura son grandes libros, aunque Memorial de Casa Grande es un fracaso artístico absoluto). Pero su actitud cuando el premio lo ganó Christian Bendayán el año pasado fue rídícula y deplorable. Se encargó de degradar públicamente a Bendayán como artista e hizo una campaña en varias publicaciones criticando al ministro de Cultura y al jurado del premio, mientras enumeraba sus méritos con megalomaniaca minuciosidad y anunciaba que nunca más se volvería a postular al Premio Nacional, calificándolo de espurio. Pero este año postuló de nuevo, y el jurado, intimidado ante la patanería y los lloriqueos de Hinostroza, lo premió, dando un pésimo mensaje para el futuro: cualquier postulante que no haya ganado el premio puede obtenerlo luego de hacer un show mediático basado en el menosprecio al ganador, la injuria contra las autoridades ministeriales y la impugnación del jurado. Mucha gente se lamenta de que Hinostroza ya no sea el excelente poeta de antes; a mí me da más pena que se haya convertido en un ser tan pequeño y egoísta. ¿Ambas cosas se relacionan? Puede ser. Pero este no es el espacio para averiguarlo.

Un buen año 2014 para todos.

   

martes, 26 de noviembre de 2013

Abrazos de oso


 


Karina Valcárcel. Los abrazos largos. Paracaídas editores, 2013. 61 páginas.

Cinco libros de poesía en cinco años ha publicado Karina Valcárcel (Lima, 1985): Poemas cotidianos (2008), Una mancha en el colchón (2010), el volumen doble compuesto por Variaciones y Te(a)mores (2012) y el que paso a reseñar, Los abrazos largos (2013). Mi opinión sobre los cuatro primeros conjuntos es que son muy irregulares, de una hechura artística endeble, conformados por esbozos y apuntes más que por poemas propiamente dichos, donde la autora cae constantemente en uno de los vicios más comunes de nuestros poetas más recientes: confundir el relumbrón, el chascarrillo, la ocurrencia y el ingenio con la poesía. El apremio por publicar casi una vez por año le ha cobrado factura a los libros citados, pues la falta de trabajo, de autocrítica y de paciencia –tres virtudes necesarias para llegar a forjar una obra válida- está demasiado presente en estos textos; a esto se suma que una lectura cronológica de estos poemarios apenas si deja entrever una evolución apenas perceptible entre uno y otro.

He leído Los abrazos largos esperando que estos nuevos poemas significasen un cambio de rumbo en la obra de Valcárcel, pero en realidad no es más que una continuación de sus temas anteriores –las cuitas amorosas, la soledad y sus escenarios, el acto y el porqué de escribir- y de sus defectos e inconsistencias pretéritos. En algunos casos, incluso, siento una involución, pues los contados momentos de lirismo de Variaciones aquí brillan por su ausencia y nos encontramos una vez más con bocetos carentes de cualquier intensidad y dirección clara: “Lo repito: nadie trazó un mapa para llegar a la felicidad, / pero nosotros la encontramos casualmente en jirón Camaná / al fondo de una galería donde vendían, entre otras cosas, / colecciones de monedas y monos de peluche”;  “Estos son los tesoros que ningún pirata irá a buscar, /tesoros que nunca enterraremos porque duran / lo que dura la caída de la caca de un pájaro”. Esta falta de dirección provoca que en muchas ocasiones los poemas se diluyan en evocaciones gratuitas o enumeraciones que no van a ningún lado. En algunos casos uno puede olvidar esos problemas y dejarse llevar por la fuerza expresiva de las imágenes inconexas, pero en los poemas de Los abrazos largos eso rara vez sucede: “tumbado sobre una sábana de césped recién podado / donde las mejores distracciones sean / una bandada carroñera en el cielo danzante, / un tipo encendiendo un canuto de hierba, / un hombre practicando parapente, / un aspersor descontrolado que ha mojado a un perro, / el último trago de cerveza / el beso de aluminio / que espanta el ruido del ahora lejano tráfico limeño.”; “y sincroniza a la perfección con mis pies contritos, / con el tsunami entre mis piernas, / con esos dientes bobos que se asoman / cuando tu cuerpo descansa ya a mi lado.”

Pero lo menos convincente de Los abrazos largos es cuando Valcárcel apuesta por una poesía reflexiva, de corte aforístico. Esto se evidencia sobre todo en el poema Canas, en el que pretende abordar el deterioro físico y el paso del tiempo: las sentencias obvias e ingenuas se entrecruzan con alegorías, para decirlo de alguna manera, poco felices: “No aceptaremos la presencia de un cementerio en la cabeza / porque nos acerca a la vejez, / la cual tememos incluso más / que a la muerte.” “Aprende a domar la cana / y verás que aquel cementerio / puede ser también / una hermosa cascada / detenida en su caída.”

No tengo este blog para darle consejos a los autores de los libros que  reseño, pero si pudiera darle uno a Karina Valcárcel sería este: que tenga menos inquietud por ver sus poemas publicados, por acumular libros para satisfacerse con la impresión de que eso hace una obra a como dé lugar, y un poco más de tranquilidad a la hora de abordar la tarea poética y plantearse sus objetivos y necesidades reales con más claridad y menos apuro. Porque el camino por el que está enrumbada, en mi opinión, no la está llevando a ninguna parte.    

PUNTUACIÓN: 7,7  

lunes, 18 de noviembre de 2013

Ni con la ayuda de Dios





Diego Miró Quesada Mejía. De Dios, el hombre y otros poemas. Mesa Redonda. 153 páginas. 2013


Valorado por algún crítico como uno de los escritores jóvenes más originales y versátiles de los últimos años, Diego Miró Quesada Mejía (Lima, 1986) ha publicado hasta este momento dos libros de poemas. El primero, Renacer (2011), no he tenido la oportunidad de leerlo. El segundo, De Dios, el hombre y otros poemas, ha aparecido recién en librerías, y, motivado por los elogios de los que ha sido objeto, decidí adquirirlo y ver qué pasaba. En la contraportada se anuncia que “vemos a un Miró Quesada maduro, pero trabajando sobre los mismos temas: dios, existencia, divinidad, eternidad.” Eran palabras mayores. Luego de consumirlo, puedo decir que mi experiencia como lector de  este poemario fue más allá de lo que hubiera imaginado. Y no lo digo en el buen sentido.     

Es cierto que Miró Quesada explora esas inmensas preguntas celestes, además de otros grandes temas, como el racismo, la segregación, el erotismo y la soledad del hombre en un mundo cada vez más tecnologizado. El gran obstáculo para estos propósitos es que el autor carece de los más elementales recursos para realizar esta gran tarea. Para graficarlo de alguna manera, es como pretender hacer frente a un tanque ruso con una pistola de agua. Vacía.

Empecemos por el tema central del libro: el hombre y su relación con la divinidad. Miró Quesada toca el tema en base a una larga serie de poemas en arte menor, donde nos topamos con obviedades de este calibre: “Dios le dijo al hombre / que lo haría muy feliz. / Hasta el día de hoy / sigue esperando su promesa”, o breves fábulas bastante insulsas, para decirlo suavemente: “Dios perdió su tarjeta de crédito / y no pudo comprar en la tierra. / Fastidiado, regresó al reino celeste / y le pidió un préstamo a María. / Como no pudo conseguirlo / quedó apenado el resto de sus días”. “Dios compró vino para Baco / y quedó endeudado hasta la coronilla. / Al ver su triste situación /  pidió prestado al hombre tres reales, / pero no se los entregaron. Sigue endeudado hasta la coronilla”.    

Y esto es lo mejor del poemario. Porque cuando leí lo que Miró Quesada escribe sobre las injusticias sociales me pareció que de pronto estaba embarcado en un viaje hacia lo más profundo de las comarcas del humor involuntario. Por ejemplo, “Al pequeño mestizo” parece hechura de un encopetado poeta del XIX, y no precisamente de los buenos: “Pequeñuelo mestizo de la alberca / peruana, / pequeñuelo mestizo de triste / atuendo azulejo / pequeñuelo mestizo / que como cholo han consagrado / escucha lo que tengo que decirte / en tus oídos que han degradado: (…) ¡ay mestizo! ¡ay mestizo de triste llanto! / ¡Ay mi mestizo del Perú! / Tu porte quijotesco resalta bajo la lluvia / igual que los gorriones que pican a la deriva”. No es menos desconcertante el “Poema a los hombres marginados del Perú”, que comienza así: “Vocero que el altavoz utiliza / para llamar a todo el ganado terrícola / a ti te invoco para hacer una plegaria fugitiva: / deja que me vaya del Perú / deja que me vaya a los lindares de España / o la tierra del Chapulín Colorado / a otro territorio donde el blanco se coma al indio”.      

Pero donde Diego Miró Quesada pierde sin atenuantes es cuando toca el tema erótico. Esos poemas sobre los cuerpos femeninos y la lascivia son sencillamente impublicables, como lo sería cualquier texto escrito por un incontinente alumno de secundaria en la pared de un baño. Esto no es una exageración de mi parte. Leamos, como prueba de lo que sostengo, el fino poema “Vistoso popó que la erección ha motivado” que dice así: “Vistoso popó que la erección ha motivado / yo te aliento con el fusil y el casco / que resguardo detrás del frente // melindrosa es tu movida // y escrupuloso tu acento triste / mas detrás de tu recta raya / se esconde el abrupto goce / hay una alameda de santos canes / que gruñen a tus dos cachetes / seré yo tu protector gallardo / seré yo tu protector de noche”. El libro termina con un poema a la masturbación (que considerando los poemas que hemos leído, podría hacer de arte poética): “Intrépido almanaque/ de cuerpo curvilíneo / he quedado prendido / de tu porte doncellezco / de tu gallarda figura hembril / de tu roce imaginario (…) tus pechos fríos en la pared / son una imagen detrás de mi cama / la misma que mojo todas las noches”.

De Dios, el hombre y otros poemas es, sin lugar a dudas, uno de los peores libros de poesía que han aparecido este 2013. No comprendo cómo una editorial puede publicar un conjunto de tan escasa calidad, escrito con un lenguaje plano y limitadísimo y repleto de textos bochornosos, e incluso con faltas de ortografía (por ejemplo, en el poema Ilusión, página 14: “Haz dejado tus funciones / y vas a pagar la deuda correspondiente”) Pero menos comprensible me parece todavía que haya críticos que puedan elogiar y recomendar entuertos como este. En serio.    

  


PUNTUACIÓN:        1,4