martes, 26 de noviembre de 2013

Abrazos de oso


 


Karina Valcárcel. Los abrazos largos. Paracaídas editores, 2013. 61 páginas.

Cinco libros de poesía en cinco años ha publicado Karina Valcárcel (Lima, 1985): Poemas cotidianos (2008), Una mancha en el colchón (2010), el volumen doble compuesto por Variaciones y Te(a)mores (2012) y el que paso a reseñar, Los abrazos largos (2013). Mi opinión sobre los cuatro primeros conjuntos es que son muy irregulares, de una hechura artística endeble, conformados por esbozos y apuntes más que por poemas propiamente dichos, donde la autora cae constantemente en uno de los vicios más comunes de nuestros poetas más recientes: confundir el relumbrón, el chascarrillo, la ocurrencia y el ingenio con la poesía. El apremio por publicar casi una vez por año le ha cobrado factura a los libros citados, pues la falta de trabajo, de autocrítica y de paciencia –tres virtudes necesarias para llegar a forjar una obra válida- está demasiado presente en estos textos; a esto se suma que una lectura cronológica de estos poemarios apenas si deja entrever una evolución apenas perceptible entre uno y otro.

He leído Los abrazos largos esperando que estos nuevos poemas significasen un cambio de rumbo en la obra de Valcárcel, pero en realidad no es más que una continuación de sus temas anteriores –las cuitas amorosas, la soledad y sus escenarios, el acto y el porqué de escribir- y de sus defectos e inconsistencias pretéritos. En algunos casos, incluso, siento una involución, pues los contados momentos de lirismo de Variaciones aquí brillan por su ausencia y nos encontramos una vez más con bocetos carentes de cualquier intensidad y dirección clara: “Lo repito: nadie trazó un mapa para llegar a la felicidad, / pero nosotros la encontramos casualmente en jirón Camaná / al fondo de una galería donde vendían, entre otras cosas, / colecciones de monedas y monos de peluche”;  “Estos son los tesoros que ningún pirata irá a buscar, /tesoros que nunca enterraremos porque duran / lo que dura la caída de la caca de un pájaro”. Esta falta de dirección provoca que en muchas ocasiones los poemas se diluyan en evocaciones gratuitas o enumeraciones que no van a ningún lado. En algunos casos uno puede olvidar esos problemas y dejarse llevar por la fuerza expresiva de las imágenes inconexas, pero en los poemas de Los abrazos largos eso rara vez sucede: “tumbado sobre una sábana de césped recién podado / donde las mejores distracciones sean / una bandada carroñera en el cielo danzante, / un tipo encendiendo un canuto de hierba, / un hombre practicando parapente, / un aspersor descontrolado que ha mojado a un perro, / el último trago de cerveza / el beso de aluminio / que espanta el ruido del ahora lejano tráfico limeño.”; “y sincroniza a la perfección con mis pies contritos, / con el tsunami entre mis piernas, / con esos dientes bobos que se asoman / cuando tu cuerpo descansa ya a mi lado.”

Pero lo menos convincente de Los abrazos largos es cuando Valcárcel apuesta por una poesía reflexiva, de corte aforístico. Esto se evidencia sobre todo en el poema Canas, en el que pretende abordar el deterioro físico y el paso del tiempo: las sentencias obvias e ingenuas se entrecruzan con alegorías, para decirlo de alguna manera, poco felices: “No aceptaremos la presencia de un cementerio en la cabeza / porque nos acerca a la vejez, / la cual tememos incluso más / que a la muerte.” “Aprende a domar la cana / y verás que aquel cementerio / puede ser también / una hermosa cascada / detenida en su caída.”

No tengo este blog para darle consejos a los autores de los libros que  reseño, pero si pudiera darle uno a Karina Valcárcel sería este: que tenga menos inquietud por ver sus poemas publicados, por acumular libros para satisfacerse con la impresión de que eso hace una obra a como dé lugar, y un poco más de tranquilidad a la hora de abordar la tarea poética y plantearse sus objetivos y necesidades reales con más claridad y menos apuro. Porque el camino por el que está enrumbada, en mi opinión, no la está llevando a ninguna parte.    

PUNTUACIÓN: 7,7  

lunes, 18 de noviembre de 2013

Ni con la ayuda de Dios





Diego Miró Quesada Mejía. De Dios, el hombre y otros poemas. Mesa Redonda. 153 páginas. 2013


Valorado por algún crítico como uno de los escritores jóvenes más originales y versátiles de los últimos años, Diego Miró Quesada Mejía (Lima, 1986) ha publicado hasta este momento dos libros de poemas. El primero, Renacer (2011), no he tenido la oportunidad de leerlo. El segundo, De Dios, el hombre y otros poemas, ha aparecido recién en librerías, y, motivado por los elogios de los que ha sido objeto, decidí adquirirlo y ver qué pasaba. En la contraportada se anuncia que “vemos a un Miró Quesada maduro, pero trabajando sobre los mismos temas: dios, existencia, divinidad, eternidad.” Eran palabras mayores. Luego de consumirlo, puedo decir que mi experiencia como lector de  este poemario fue más allá de lo que hubiera imaginado. Y no lo digo en el buen sentido.     

Es cierto que Miró Quesada explora esas inmensas preguntas celestes, además de otros grandes temas, como el racismo, la segregación, el erotismo y la soledad del hombre en un mundo cada vez más tecnologizado. El gran obstáculo para estos propósitos es que el autor carece de los más elementales recursos para realizar esta gran tarea. Para graficarlo de alguna manera, es como pretender hacer frente a un tanque ruso con una pistola de agua. Vacía.

Empecemos por el tema central del libro: el hombre y su relación con la divinidad. Miró Quesada toca el tema en base a una larga serie de poemas en arte menor, donde nos topamos con obviedades de este calibre: “Dios le dijo al hombre / que lo haría muy feliz. / Hasta el día de hoy / sigue esperando su promesa”, o breves fábulas bastante insulsas, para decirlo suavemente: “Dios perdió su tarjeta de crédito / y no pudo comprar en la tierra. / Fastidiado, regresó al reino celeste / y le pidió un préstamo a María. / Como no pudo conseguirlo / quedó apenado el resto de sus días”. “Dios compró vino para Baco / y quedó endeudado hasta la coronilla. / Al ver su triste situación /  pidió prestado al hombre tres reales, / pero no se los entregaron. Sigue endeudado hasta la coronilla”.    

Y esto es lo mejor del poemario. Porque cuando leí lo que Miró Quesada escribe sobre las injusticias sociales me pareció que de pronto estaba embarcado en un viaje hacia lo más profundo de las comarcas del humor involuntario. Por ejemplo, “Al pequeño mestizo” parece hechura de un encopetado poeta del XIX, y no precisamente de los buenos: “Pequeñuelo mestizo de la alberca / peruana, / pequeñuelo mestizo de triste / atuendo azulejo / pequeñuelo mestizo / que como cholo han consagrado / escucha lo que tengo que decirte / en tus oídos que han degradado: (…) ¡ay mestizo! ¡ay mestizo de triste llanto! / ¡Ay mi mestizo del Perú! / Tu porte quijotesco resalta bajo la lluvia / igual que los gorriones que pican a la deriva”. No es menos desconcertante el “Poema a los hombres marginados del Perú”, que comienza así: “Vocero que el altavoz utiliza / para llamar a todo el ganado terrícola / a ti te invoco para hacer una plegaria fugitiva: / deja que me vaya del Perú / deja que me vaya a los lindares de España / o la tierra del Chapulín Colorado / a otro territorio donde el blanco se coma al indio”.      

Pero donde Diego Miró Quesada pierde sin atenuantes es cuando toca el tema erótico. Esos poemas sobre los cuerpos femeninos y la lascivia son sencillamente impublicables, como lo sería cualquier texto escrito por un incontinente alumno de secundaria en la pared de un baño. Esto no es una exageración de mi parte. Leamos, como prueba de lo que sostengo, el fino poema “Vistoso popó que la erección ha motivado” que dice así: “Vistoso popó que la erección ha motivado / yo te aliento con el fusil y el casco / que resguardo detrás del frente // melindrosa es tu movida // y escrupuloso tu acento triste / mas detrás de tu recta raya / se esconde el abrupto goce / hay una alameda de santos canes / que gruñen a tus dos cachetes / seré yo tu protector gallardo / seré yo tu protector de noche”. El libro termina con un poema a la masturbación (que considerando los poemas que hemos leído, podría hacer de arte poética): “Intrépido almanaque/ de cuerpo curvilíneo / he quedado prendido / de tu porte doncellezco / de tu gallarda figura hembril / de tu roce imaginario (…) tus pechos fríos en la pared / son una imagen detrás de mi cama / la misma que mojo todas las noches”.

De Dios, el hombre y otros poemas es, sin lugar a dudas, uno de los peores libros de poesía que han aparecido este 2013. No comprendo cómo una editorial puede publicar un conjunto de tan escasa calidad, escrito con un lenguaje plano y limitadísimo y repleto de textos bochornosos, e incluso con faltas de ortografía (por ejemplo, en el poema Ilusión, página 14: “Haz dejado tus funciones / y vas a pagar la deuda correspondiente”) Pero menos comprensible me parece todavía que haya críticos que puedan elogiar y recomendar entuertos como este. En serio.    

  


PUNTUACIÓN:        1,4 

jueves, 14 de noviembre de 2013

El viejo saurio en la laguna



Abelardo Sánchez León. Grito en el agua. Paracaídas, 2013. 88 páginas.

 A veces escribir una reseña puede resultar también un ejercicio de memoria. Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) acaba de publicar un nuevo libro y yo me pregunto en qué tarde de mediados de los años noventa lo descubrí, qué fue lo primero que leí de él. Ahora recuerdo: fueron los poemas de su primer libro, Poemas y ventanas cerradas de 1969. Esos primeros textos ya delineaban lo que iba ser su poesía de madurez: evocadora, de corte narrativo, dirigida por un yo poético inseguro, vulnerable, impúdico, aquejado por un malestar existencial, fascinado por la marginalidad e incapaz de aceptarse como parte de la clase social donde nació. La impresión que me dejó ese libro debió ser muy positiva, porque luego me dediqué a buscar todo lo que Sánchez León había escrito en verso. Así llegaron a mis manos Habitaciones contiguas, de 1972, Rastro de caracol de 1975 –quizá su mejor libro- y Oficio de sobreviviente, de 1980. En sus páginas somos testigos del desarrollo de su personaje, cantor de la mediocridad, de la derrota en todos los frentes, que rememora la gloria de la infancia y la juventud acomodada  –como sucede en poemas muy hermosos como Juegos de luces y Estíos /Hastíos- desde el “fondeado infierno” de la clase media, ambientada en pequeños departamentos, en matrimonios sumergidos en el tedio, en la indignidad de los oficios mal retribuidos, todo ellos como telón de fondo de la constante y atormentada consciencia del error y del fracaso. Los estimables logros expresivos de estos libros fueron bien resumidos por Roger Santiváñez, quien afirmó en alguna ocasión que “habían sido escritos en el paraíso”, utilizando una elogiosa frase que Allen Ginsberg dedicó a las obras de sus compañeros beats.

Los poemarios publicados en los ochenta (Buen lugar para morir, 1984; Antiguos papeles, 1987) forman parte de la etapa menos feliz de su obra. En estos dos libros se hacen más patentes las debilidades que se entreveían en sus entregas anteriores: caer por tramos en la mera prosa versificada y una tendencia a ser demasiado explicativo, lo que terminaba malogrando en ocasiones poemas que hubieran sido redondos con dos o tres páginas menos (cosa frecuente también en Rastro de caracol o Habitaciones contiguas). En general, Sánchez León ha sido un mal editor de sus textos, y ha echado a perder así buenas ideas al aspirar a la elaboración de grandes poemas que terminan siendo fallidos a causa de una mal entendida ambición por lo totalizador o por lo complejo (el caso paradigmático de lo que afirmo es un larguísimo poema de dieciséis partes incluido en Buen lugar para morir, titulado La historia del almirante Miller de Rowcroft, del almirante Guisse y del almirante Cochrane, el lord, intento de hacer un gran fresco sobre el colegio Markham y su prosapia inglesa, quizá uno de los grandes fracasos de su poesía.) Sin embargo, los libros aparecidos posteriormente, Oh túnel de la Herradura (1995) y El mundo en una gota de rocío (2000), son bastante mejores, están integrados por poemas de buena y hasta excelente factura, aunque no alcanzan el nivel de los poemarios publicados en la primera etapa de los años setenta. Si algo es posible afirmar de la obra de Sánchez León, es que usualmente los méritos suelen primar sobre lo impugnable y negativo.

 Su último libro, Grito en el agua, no escapa a esta propensión. Es un volumen trabajado con rigor, inteligencia y una meta conceptual clara, lo cual diferencia a Sánchez León de otros poetas de su generación que se contentan con publicar de cuando en cuando un librito flatulento con el único objetivo de dar señales de vida en la asamblea literaria. Estilísticamente emparentado con Oficio de sobreviviente –versos largos donde el yo poético se ausculta y lacera desde la primera y la tercera persona, con un ritmo contenido y un discurso donde la ironía y dolor son plasmados con un seco desencanto-, Grito en el agua se diferencia de aquel libro en que ya no explora las tribulaciones y amarguras del mesócrata vencido por el ennui existencial, sino los reflexiones y desalientos del poeta de tercera edad que se refugia en la natación como el último baluarte frente a un mundo que ya no es suyo, no comprende y en el que ya no se mueve con soltura debido al declive físico que lo aqueja, pero que entre las aguas consigue una relativa redención para su decadencia. La vejez que aquí se perfila no es ni orgullosa ni digna, sino motivo de soledad y ocultamiento: “Acostumbra llegar después de los entrenamientos / de los muchachones, de las doncellas, las chicas / las algarabías, los silbatos, las ordenanzas / y de aquella repetición indefinida de ejercicios. / Llega rengo, con dos o tres heridas graves, / algunas cicatrices, magulladuras / y un par de traumas que prefiere retener / en cada uno de los empujones por si le da por atorarse”, incidiendo en sus más patéticos rasgos exteriores: “Si hasta puede dar risa: verse así, tan seriote / bajo ese gorro y esos anteojos en plena edad de la decadencia. / Bordea la edad en que se ralea todo. / Le cuelgan las cosas del cuerpo; / pierde su sitio su ubicación y distancia.” Esta resignación no le impide despreciar a los que padecen su misma circunstancia –al fin y al cabo espejos de sí mismo- y envidiar la juventud de los cuerpos ajenos que se bañan en las mismas aguas: “Le incomoda compartir su carril con otro vejete. / Tiene la suerte, raras veces, es cierto, de que una muchacha en bikini le recuerde / la manera en que un vientre liso, unos muslos duros (…) / avancen en esa agua transparente / con la velocidad de una locomotora submarina”. Los poemas que conforman esta perspectiva de quien transita más allá de la mitad del camino de la vida están muy bien ejecutados (destacan el que da el nombre al libro, Déjalo ir y Agua cansada), con refrenamiento y rechazo al miserabilismo, aspectos que marcan la trayectoria poética de Sánchez León desde su debut.

Grito en el agua flaquea en los poemas que se distancian de sus motivaciones centrales y ceden a la nostalgia por ese mundo ya clausurado de la infancia que se mantiene a duras penas en la memoria. Estos poemas –El maletín, Las mesas, The boxer- no añaden nada a lo que ya se ha dicho, de maneras muy semejantes, en los libros anteriores, y tienen el problema de ser innecesariamente extensos y redundantes. Pero estos son defectos menores de un libro muy satisfactorio que ratifica la vigencia de una de las poéticas más personales y eficientes de la generación del setenta.  

        
  PUNTUACIÓN: 13,4   

lunes, 4 de noviembre de 2013

El eterno retorno de Miguel Ildefonso




Miguel Ildefonso. Escrito en los afluentes. La Ronda, Tegucigalpa, 2013. 77 páginas.

Cuando hablamos de Miguel Ildefonso Huanca (Lima, 1970) no solo nos referimos al  autor de una de las poéticas más importantes de los años noventa, sino también de uno de los que mejor comprendieron e interpretaron el significado de aquellos años turbulentos en que su poesía y la de sus compañeros de oficio comenzó a desarrollarse. Esto, sumado a sus  apreciables aciertos formales y las personales reelaboraciones de mitos y personajes literarios, de la música o de otras disciplinas en el Perú y el extranjero, hacen de la suya una voz que en sus tramos más iluminados llega a alturas que pocos poetas de su generación han logrado alcanzar. Sin embargo, no es menos cierto que libro a libro estos logros cada vez son menos frecuentes, pues luego del buen comienzo que significaron sus tres primeros poemarios (Vestigios, de 1999, Canciones de un bar en la frontera (2001) y Las ciudades fantasmas, del 2002) las siguientes entregas de Ildefonso han sido sumamente irregulares, apelan continuamente al éxito de los hallazgos de sus volúmenes iniciales y se vuelven reiterativas al utilizar los mismos recursos hasta agotarlos del todo, e incluso más allá todavía.

Vestigios fue un prometedor debut donde ya se percibían algunas de las obsesiones que luego se convertirían en los ejes de la producción de Ildefonso: explorar el acto poético como una búsqueda de la trascendencia, retratar la podredumbre, miseria y el caos de la Lima contemporánea y  recrear, con grandes licencias, la turbulenta vida de sus artistas más preciados (en este caso Víctor Humareda y Martín Adán), situándolos en el centro mismo de ese infierno urbano. En Canciones de un bar en la frontera, su libro más importante, aparece otro de sus motivos mayores: el desierto texano y las poblaciones que se desarrollan dentro de él. Finalmente, en Las ciudades fantasmas Ildefonso asume un enfoque más depurado de los temas de su primer libro, incidiendo en el diálogo vital e intelectual con sus influencias literarias, como son Baudelaire, Holderlin y Rimbaud, o musicales, como Bob Dylan y Pink Floyd, referentes que a la vez son el refugio del poeta dentro de la monstruosa urbe donde habita y que amenaza con devorarlo entre sus calles y tugurios.

Es a partir de su cuarto libro, M.D.I.H (2004), en que su obra comienza a repetirse. M.D.I.H. Sería perfectamente prescindible si no fuera por su estupendo poema de apertura, El dolor. Los demás poemas son claramente subsidiarios de aquellos que exploran la marginalidad callejera en Canciones de un bar… y Las ciudades fantasmas. No agregan nada al imaginario de Ildefonso, y en gran parte no son otra cosa que la desordenada y descolorida acumulación de las visiones sórdidas del poeta solitario paseando por las entrañas de una ciudad decadente, además de cansinas invocaciones a personajes literarios como Tzara, Lowry, Mishima y Lucho Hernández que, como en todos los poemarios anteriores, vagabundean en busca de iluminaciones y excesos por la noche limeña.

Los siguientes libros de Ildefonso (Heautontimoroumenos, Himnos, Los desmoronamientos sinfónicos, Todos los trágicos desiertos, Dantes y Libro del exilio, escritos entre el 2005 y el 2012) comparten una similar circunstancia con los más recientes del poeta setentero Enrique Verástegui: son conjuntos excesivamente desiguales donde siempre encontraremos un puñado de buenos poemas que ameritan el paciente buceo entre montañas de material menos noble. A esto hay que sumarle que todos estos conjuntos, con la excepción de Heatontimoroumenos –densos poemas de indagación neobarroca- son casi reelaboraciones de sus tres libros canónicos: en Himnos y Los desmoronamientos encontramos a Canciones de un bar… y a Las ciudades fantasmas; Todos los trágicos desiertos es una apostilla a la primera parte de Canciones de un bar… y en Dantes volvemos a encontrar a Humareda, los paisajes de El Paso y a la Lima de los extrarradios de todos sus demás libros, plasmados con el mismo estilo –versos largos, tendientes a lo narrativo, llenos de descripciones de la decadencia urbana y de demostraciones de la autoconsciencia del poeta- una y otra y otra vez.

Escrito en los afluentes, su último poemario, no escapa, en ninguna de sus páginas, a este problema. La sensación de deja vu al leerlo es constante: uno tiene la impresión de haber leído estos poemas en los libros que ha publicado Ildefonso anteriormente, y no por segunda, sino por tercera o cuarta ocasión. Es difícil hablar de Escrito en los afluentes como un nuevo libro, porque en realidad no hay ninguna novedad en él. Es una enésima variante de lo que ya estaba escrito y bien escrito en Canciones de un bar. Aquí nos volvemos a encontrar con los poemas al desierto de El Paso, los héroes personales del poeta –Withman, Poe, Jim Morrison, Martín Adán, Holderlin, etc.- vagabundeando por las calles de Estados Unidos o de Europa, otra vez con las mismas odas a los bares y hoteles donde el yo poético se refugia al caer la noche. Hemos llegado al límite en que ya no podemos juzgar la poesía de Ildefonso como buena o como mala (en realidad, es raro que Ildefonso haga un poema malo) sino como un discurso redundante, gastado y que en algunos textos ya no es más que la caricatura de sí mismo. Por eso  Escrito en los afluentes me parece irreseñable: no hay nada en él que pueda hacerme considerarlo un libro en sí, sino una insulsa colección de refritos absolutamente indistinguibles de lo que ha hecho antes, en todo sentido. Quizá Miguel Ildefonso ha elegido hacer carrera antes que hacer poesía. Es su elección, muy respetable por cierto. Los que salimos perdiendo en esa decisión, lamentablemente, somos sus lectores, que extrañamos a ese muy buen poeta que en sus primeros libros prometía una obra sólida y renovadora y que hoy parece extraviado en una perniciosa autoindulgencia.      

  PUNTUACIÓN: sin valoración.