lunes, 28 de octubre de 2013

En alabanza del Yo totalitario






Jerónimo Pimentel. Al norte del los ríos del futuro. Ediciones Liliputienses, 2013.

De los poetas peruanos surgidos en los primeros años de este nuevo siglo, Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) es quizá el de la obra más sólida y convincente. Libros suyos como Frágiles trofeos (2007) o La muerte de un burgués (2010) nos presentaban a un autor con un seguro manejo de sus recursos, tanto de lenguaje como del ritmo así como de los temas planteados en sus poemas, que en algunos casos alcanzaban un nivel de primer orden (pienso en Ítaca Tannhauser o en Ella duerme, por citar un par de ejemplos). En el primero de los libros citados Pimentel había logrado un notable nivel formal, bastante inusual entre los poetas de su generación; en el segundo, se atrevía a experimentar tanto con la forma como con los motivos de sus composiciones, dialogando con las ciencias básicas, elaborando poemas al estilo road movie o construyendo los flujos mentales de un viajante urbano en busca de una epifanía que nunca llega. No todos sus experimentos eran igual de eficaces, pero evidenciaban que nos encontrábamos ante a un poeta consciente de la necesidad de no seguir trajinando los mismos lugares y símbolos ni conducirse por un camino ya hollado por tantos otros antes. Es decir, rehuía el problema capital de la poesía peruana hoy: creer que se cumple haciendo un buen poema, cuando contentarse con solo eso es engrosar las listas de tantos libros mediocres que atestan los estantes de nuestras librerías.

Tres años después de su última entrega, Pimentel ha publicado en España su mejor libro hasta la fecha y –no tengo dudas en lo que afirmo- el mejor de su generación, al menos hasta este momento. Si de lo que se trata es hallar nuevas vías de expresión, inéditos objetos y estancias para poetizar, Al norte de los ríos del futuro cumple esos requerimientos con creces. Su eje principal es la ciencia ficción, pero estaríamos muy equivocados si lo catalogamos como un libro de poemas que adopta algunas referencias de la ciencia ficción clásica y las maniobra desde el lugar del aficionado admirativo. Pimentel las utiliza y las transforma para hacer de ellas un punto de partida para escenificar un mundo personalísimo, polifónico, donde prima la voz de un Yo megalómano y totalitario que dicta las normas y crea con su discurso parajes, planetas, urbes y personajes que crecen, convulsionan y se extinguen frente a nuestros ojos con un dinamismo y potencia realmente envolventes y apabullantes: “Abro los ojos: Marte. / Cierro los ojos: me puedo salvar. / Abro los ojos: la vida obedece al sentido que reclama mi mirada. / Cierro los ojos: mi cuerpo es un templo que no profanarás. / Abro los ojos: ¿cuántos centímetros faltan para medir mi devoción? / Cierro los ojos: tu país es cualquier cosa excepto lo que piensas. / Abro los ojos: vientos volcánicos sacuden Tharsis. / Cierro los ojos: llueven bacterias en la planicie de Hellas”. Esta excelente capacidad imaginativa le permite Pimentel abordar dentro de este contexto temas que van más allá, representando una realidad posapocalíptica desde la Historia o de la ideología (y por ello podemos emparentarlo con poetas de obra más o menos reciente, como la norteamericana Eleni Sikelianós, que ha llevado la poesía de tintes futuristas y científicos a extremos sumamente novedosos). Lo meritorio es que en ningún momento estas referencias históricas o culteranas suenan impostadas o forzadas, (el segundo mayor problema de nuestra poesía post 2000) sino que se sienten precisas y al mismo tiempo sorprendentes dentro de los contextos entablados. Este es el caso de La poesía como una forma de fascismo, uno de los mejores poemas de Pimentel no solo de este libro, sino en general: “cuando el otro comprenda el desprecio del Yo  / serás libre pero estarás muerto / el mensaje no tiene finalidad / tampoco la carrera / los músculos / ni las flores / sin embargo / mi palabra surca el foso e instala un régimen fascista en tu voz / he penetrado las Árdenas / he cruzado la Línea Maginot / date cuenta  / mi Yo de sitio asedia tu mirada / y aspira tu aliento para poseerlo y hacerse nuevo en tu sangre con aplomo / para hacer fogatas con tus puertas caídas / para violar dulcemente a tu mujer / ¡Larga vida al Yo totalitario! / ¡Dios salve a este poema!”

Las virtudes de Al norte de los ríos del futuro no se circunscriben solamente a lo temático, sino a la forma en que sus tramas y escenarios son representados. No sería exacto considerar el lenguaje en que está escrito como estrictamente conversacional, narrativo o lírico, aunque sí utilice recursos de estas posibilidades. Mientras nos adentramos en el conjunto, percibimos un discurso que se va enrareciendo y oscureciendo sin perder su legibilidad y sin caer en gratuidades y artificios, aunque el terreno pueda ser propicio para desbarrancarse en una retórica pastosa y vacía. Lejos de ello, esa introducción en un espacio cada vez menos reconocible nos descubre las verdades que dan funcionamiento y sentido al mundo que Pimentel nos propone. Toma prestado el lenguaje científico y aforístico, además de las formas de la crónica, y logra conmovernos y emocionarnos desde una perspectiva inédita en nuestra poesía. En la mayoría de ocasiones esta compleja apuesta sale airosa, como podemos constatar en el siguiente fragmento: “Mi amor se extiende como hielo-9 en las arenas de Vermilion. / ]. / Pasamos la meseta azul y el tren se desvía hacia un mar fútil, rojo caliza. / Ese es el color del adiós cuando no hay de quien despedirse. / Mi Yo ludita salta de la máquina y se despide del pájaro carnívoro, / (- Hasta pronto, compañero.) / pide el encuentro por botana y prosigue el trayecto a pie./  Por toda luz, una tormenta. / Electricidad, Belén.”

Al norte de los ríos de futuro no es un libro redondo ni intachable. No todos sus poemas me resultan totalmente logrados ni igualmente vibrantes: en algunos de ellos, como los de corte ensayístico, hay un afán exploratorio que deja en segundo plano esa necesidad. Pero el conjunto ha sido trabajado con audacia y con mucho sentido del riesgo, con una absoluta negativa a lo ya pactado y consabido, y el oficio e intuición de Pimentel consiguen que en esa faena el resultado sea claramente positivo. Y que este nuevo libro suyo sea el punto más alto de una obra en la que la insatisfacción y la búsqueda son siempre el norte. Y eso es algo que en nuestra poesía reciente es imposible no valorar y aplaudir.    

Puntuación: 15,6

martes, 22 de octubre de 2013

Sin novedad en el frente


Ezequiel Furgiuele. Cartago. Máquina purísima editores. s/n páginas. 2013

Compuesto por veintisiete poemas en prosa, Cartago, el primer libro de Ezequiel Furguiele, pretende ser una crónica sarcástica y airada de la crisis económica y social que actualmente sufren varios países de la Unión Europea, así como una dura sátira de los líderes que defienden el modelo imperante a pesar del costo que deben pagar distintas sociedades y muchas vidas particulares. La idea es buena y ya otros poetas latinoamericanos como Roque Dalton, Ernesto Cardenal o el peruano Cesáreo Martínez han trabajado con éxito largos poemas o libros conceptuales donde la crítica hacia los señores del poder y su sistema de explotación o el sufrimiento y resistencia de las clases oprimidas son los temas principales.


El problema es que a diferencia de Dalton, Cardenal o Martínez, Furguiele no consigue que sus denuncias e ironías levanten vuelo poético en ningún momento. Se limita a enhebrar ocurrencias que seguramente funcionan para despertar la risa o la complicidad en un recital, pero cuya carga crítica se disuelve en juegos insulsos de palabras que no van a ninguna parte (“El euro y el dólar se culean sin parar, la gente se queda en la calle y la calle se sigue llenando de gente. Una vez más el Dream es un lavarropas y está recontra over. Pull es over y el over es old  y en october no hay milagros”) y en versos que descubren la pólvora (“La plata se la roban los hijos de puta de siempre, con nombres  y apellidos, con filiación y filicidios, dirección postal”) o son sencillamente defectuosos (“Onganías and delivery, idiota engominado con sus cuatro pelos leporinos”). Otros nos recuerdan que no basta la sincera emoción o la legítima indignación para hacer buena poesía: “Videla, ahórcate con tu rosario diario y seguí desapareciendo a tu hijito oligofrénico en algún cuchitril de clínica privada”.

Las cosas no van mejor cuando aspira a poetizar desde la Historia, pues no aporta nada original a lo que ya sabemos y hemos leído de manera muy parecida (y mejor) tantas veces antes: “Primero las brigadas rojas, después la heroína, después los junkies y después la metadona y después todo políticamente correcto y antes el VIH”. Sus mofas hacia los poderosos ocupan buena parte del conjunto, pero echan mano de un sentido del humor que rara vez da en el blanco (“La Merkel y Cameron se andan planchando la ropita par la fiesta”, “Y la Merkel a los besitos con Sarkozy, sí, sí, ayer yo los vi”, “Y esta, la Merkel de cuarta, guaranguita, pidiéndole a Rajoy guita, guita y guita”) y que en sus peores momentos se hunde en lo panfletario, como ese texto sobre el Rey de España (lo más olvidable, sin duda): “Andá a jugar al rey de los monos en palacio y en familia incluyendo  a tus yernitos de colección. No te olvides el verano de irte a Palma a seguir jugando al Cristóbal Colón”.  

La sensación final que produce Cartago es parecida a la que me dejaron algunos poemas de La trama invisible, el segundo libro de Christian Briceño: la de un autor que confunde el ingenio con la poesía. Pero la diferencia es que con Briceño esto sucede en algunos poemas, mientras que Furguiele no supera nunca esta limitación, lo cual no solo resta vigor expresivo a sus composiciones, sino que también trivializa hasta lo indecible sus afiebradas intenciones contestatarias. Esas son las tribulaciones de un soldado que va decidido a la lucha, pero que ha dejado las armas en el cuartel y en su lugar ha llevado fuegos de artificio. Y con eso no basta para ganar la batalla.          

Puntuación: 4,4 / 20

lunes, 14 de octubre de 2013

La tentación del vacío




Christian Briceño. La trama invisible. Paracaídas Editores. 101 páginas.

El año pasado apareció Breve historia de la lírica inglesa, primer libro de Christian Briceño (1985), en el que se vislumbraba a un autor dueño de un oficio poco común en nuestra poesía reciente, pero que a la vez adolecía de las mismas limitaciones que estamos acostumbrados a ver en los autores de la última hornada: un notorio conservadurismo que induce a confundir el poema con el ejercicio de estilo. Briceño demostraba que podía hacer buenos textos, muy correctos formalmente, pero donde no encontrábamos una sola marca de la presencia de un autor, de algo que se parezca a una voz personal, sino los artefactos de un esforzado, profesional y anónimo artesano, colocados en fila a lo largo de una mesa de exposición.

Leyendo su último libro, La trama invisible, tengo la impresión de que Briceño parece haber meditado sobre los límites de su primera entrega y haberse propuesto un proyecto radicalmente distinto, donde pudiera contar con un espacio de mayor libertad expresiva y lo fragmentario, multigenérico y miscelánico tuvieran cabida. Poemas propiamente dichos, prosas, páginas de diario, citas, reflexiones sobre lo literario y extraliterario, así como apuntes sobre la más llana cotidianidad se confunden en un calculado desorden en el que Briceño desea forjar un personaje poseedor de un cultismo cool que expone con igual desparpajo sus masturbaciones vespertinas como sus irreverencias con las obras y los escritores que consume e interpela.

Lo primero que debo decir es que si en Breve historia de la lírica inglesa se extrañaba el atisbo de una voz propia, aquí Briceño la consigue y la exhibe con innegable soltura. Como muestra de ello está el apreciable poema I (“Y mientras convalecía de una rara enfermedad, especulaba con más turbación con el alcohol. Y pensé que quizá mi actitud le era dolorosa a Dios. Señor, sé que no he sido el mejor de tus hijos. Pero también tengo en claro que te alimentas de mis yerros. Qué sería del mundo sin pecadores. Una esfera impoluta, una landa de decrepitudes, lo estático, lo puramente conjetural.”), o el número XXV (“Los galeotes no tienen relojes que les indiquen la hora de su muerte, ni su salvavidas, ni cuencos de plata dónde depositar el agua salada que brota de sus oídos y narices. // Hay un dicho popular entre los galeotes: “Asegúrate de estar vivo antes de acostarte. Asegúrate de estar muerto antes de morir”, // Los galeotes no tienen tiempo de llenar formularios pidiendo mejoras en su dieta diaria. // Si hay luna llena, ningún galeote se convertirá en hombre lobo, pero es posible que se ponga a llorar sin causa aparente”). Así como estos ejemplos citados hay una media docena de poemas de un nivel claramente por encima del promedio de lo que suelo leer entre los poetas surgidos por estos años.

Sin embargo, hallar un registro que se ajusta a nuestras necesidades expresivas puede resultar un arma de doble filo, y Briceño no logra sortear todas las trampas que esta conquista suele emplazar. No menos de la mitad del libro se ve afectado por la falta de dirección de sus textos, que basculan entre citas cultas que rara vez tienen una justificación discernible, la retórica de la parodia del lenguaje arcaizante, o la gratuita referencia a la cotidianidad más privada. Eso ocasiona que muchos poemas no sean más que meros amasijos informes donde Briceño quiere demostrar de qué es capaz, aunque no tenga una idea clara de por qué lo está haciendo. La consecuencia es que se apalabra, se llena de referencias que terminan venciendo sus intenciones primeras y termina siendo vencido por una empalagosa retórica. Un ejemplo clarísimo de lo que digo es el poema IX (“En un página del breviario de J. P. Sweelinck, se puede observar al rey David tocando el carrillón –un infantil coro de campanillas argentadas en forma de pera- incrustado en el ángulo superior de la miniatura. (...) Aquel es el problema que me abruma, y aun puedo saborear la doble amargura de sentirme confinado y escribir desde mi retiro en una prosa deficiente, más no podría contratar al joven Hayden, pues Nicolaus Esterhazy ya lo tiene en su hatillo de prodigios…”) Esta carencia de rumbo agota al lector y vuelve tedioso terminar de leer varios de los textos (como es el caso del LVII, el LXVII y sobre todo el XLIV, con distancia el más ambicioso y fallido, donde el juego entre narcisismo y sarcasmo termina por brindar dudosos resultados como este: “Luego encontré torpes mis disquisiciones. Si el concepto de vacuidad debe aplicarse al arte o no, o si el arte era bueno para alguien ¿a quién le importaba? Me estaba volviendo un imbécil, mi genialidad se evaporaba. ¿El arte, vacío? Vacío el cráneo de Susy Díaz. Arte, arte, arte. ¿En qué estaba pensando?”.)

Otro de los problemas del libro es que buena parte de él está basado en la exploración y articulación de los flujos mentales ante las situaciones cotidianas, sobre todo las que envuelven a las relaciones humanas, haciendo gala en varios fragmentos de una constante y detallista autoconsciencia, por momentos muy ocurrente, pero que están más cerca de los estados de Facebook que de la poesía: “mi chica no dice hagámoslo nuevamente o volvamos a hacerlo, sino que hay que hacerlo otra vuelta” ; “Francois nos leyó su novísima ficción breve, ayer, en el bar Don Lucho: ‘esa mañana desperté decidido a hacerme un tercer pene'”, y así por el estilo. Esta tendencia a hacer pasar el ingenio por la poesía es muy recurrente en La trama invisible, lo que adelgaza la fuerza expresiva que mantiene en sus primeras páginas, y empeora  sobre todo en los fragmentos en los que pretende emular o ironizar sobre ciertos iconos de la tradición, como es el caso del Martín Adán de los poemas Underwood: “La poesía debe ser como un plato de leche donde beban el perro, el gato y Súper ratón”.

Christian Briceño es un poeta al que no se le puede mezquinar su destreza formal y una meritoria habilidad para insuflarle inteligencia y densidad a sus poemas. Pero para la próxima debe evitar los facilismos en los que se cae mediante una mal entendida lasitud conceptual, el culteranismo infundado y sobre todo la incontinencia y profunda irregularidad que hieren la evaluación general de La trama invisible, defectos que hubiera podido conjurar un editor más atento: este es un tema en el que nuestras editoriales independientes todavía están en deuda.
   


   
PUNTUACIÓN:                    11,3

miércoles, 2 de octubre de 2013

Muchas quejas, ningún contentamiento

 
 
 
 
 
Marco Martos. Vértigo. Ediciones vicio perfecto vicio perpetuo, 2012. (Segunda edición, 2013) 60 páginas.
 
De los poetas surgidos en el Perú durante los años sesenta, Marco Martos (Piura, 1942) comenzó siendo uno de los de obra más valorable. Sus primeros libros, Casa nuestra (1965) Cuaderno de quejas y contentamientos (1969) y Donde no se ama (1974), recogían un lenguaje que amalgamaba con originalidad un elegante tono hispanista con la irreverencia y frescura de la poesía conversacional anglosajona muy en boga por ese entonces; la temática de sus textos –que iba desde las tribulaciones personales hasta los problemas políticos y sociales de su tiempo- era abordada con una visión pesimista y profundamente escéptica de la realidad, en la que era posible también encontrar resquicios para la efusión amorosa, siempre matizada por las pedestres dificultades cotidianas (como sucede en el hermoso poema Naranjita o en su clásico Muestra de arte rupestre) o contextualizada en el caos de una urbe deshumanizada (como es el caso de Por encargo o de Tu voz, por ejemplo).
 
En sus siguientes libros (Carpe Diem, 1979; El silbo de los aires amorosos, 1981) esta perspectiva cuestionadora de la realidad comenzó a desaparecer para darle paso a una serie de poemas en arte menor, centrados en la sonoridad, en exhibir un lenguaje elaborado y caracterizados por una inclinación a celebrar las relaciones amorosas, a la mujer o a lamentar el fin o la ausencia de ambas. Como alguna vez apuntó Luis Alberto Castillo, este rumbo tomado por Martos volvió su poesía menos interesante al suprimir en ella la crispada tensión y el inquieto afán exploratorio de sus primeros textos. Aunque eran libros menores, incluían algunos buenos poemas como Varona y varón o Hifalto.
 
Es luego de su último libro destacable (Cabellera de Berenice, 1990) que la obra de Martos empieza a caer en dos vicios de los que antes se había apartado con mucha cautela: la repetición y la incontinencia. De entregar seis libros a la imprenta en treinta años, pasó a publicar trece de 1999 hasta hoy: de Mar de las tinieblas hasta Vértigo, el libro que motiva esta reseña. A partir de Sílabas de la música (2002) para adelante los centenares de poemas que ha escrito Martos tratan los mismos temas de siempre (la desconfianza en el lenguaje, el ajedrez, la contemplación bucólica y el amor), pero cada vez de manera más formularia y convencional. Su poesía ha pasado así de la insatisfacción con la realidad que marca su primera etapa a la conciliación con el mundo en la segunda, para acabar siendo absolutamente inofensiva, domesticada y previsible en su último tramo.
 
 
 
En Vértigo esta situación llega al paroxismo. En medio centenar de poemas Martos se empecina con la misma receta de costumbre, cayendo en el lugar común, la obviedad y el mero aburrimiento, prácticamente sin excepciones. Esto se evidencia cuando trata el tópico de su relación con la palabra, como es el caso del poema Vaho: “Si es confuso / lo que brota / de tu corazón / cállate / hasta que reviente / la palabra (…) Guárdate los balbuceos / la jerigonza de los súcubos / limpia el lenguaje, límpialo / hasta que sea un diamante / o una gota de rocío / de la mañana / o el vaho que sale de los ollares / del caballo”. Cuando habla del amor romántico lo hace con una cursilería que haría sonrojar a Ramón de Campoamor: “A ese vértigo llamamos amor / a esa hebra de plata. / Tejemos la eternidad / con el deseo / y la carne chamuscada. / Lo que dura es el principio / que es inacabable / cuando lo sientes / es la palabra / que está a punto / de llegar a tu corazón vehemente / pero esta flecha, si llega ¡ay! / apenas te toca, / acaricia también a la muerte enamorada”. Como el poema que acabo de citar hay decenas muy similares en este libro. Y de ninguno de ellos es posible rescatar nada: cuando no claudican ante la falta de oreja de su autor (“mientras hablas y detienes tus palabras / el cielo se torna púrpura / y esa sangre se hace noche / y recoges tus bártulos / al tiempo que titilan las estrellas / y una rana croa en las aguas del estanque”) son tan ordinarios como cualquier poema de almanaque de a sol (Los grillos en cambio / cortan la noche / y las luciérnagas / trabajan desesperadas / pues tienen nostalgia / de los amaneceres / cuando descansan. / Teje tus palabras / de cristal y azurita / la belleza nace / con el sol / y baila con la luna encantada”.) Incluso llegan a incurrir en imperdonables pleonasmos (“Pero si flaquea / ¡ay! es como la sangre roja / que se derrama / y desaparece”).
 
Leer Vértigo completo es una tarea ingrata para cualquier lector que se respete un poco: es un poemario escrito con tanto conformismo, autocomplacencia y facilismo que uno se siente subestimado, mirado por sobre el hombro por un autor que hace tiempo dejó de ser un poeta para volverse un mero fabricante de versos al por mayor. Y es una verdadera lástima. Quizá el insatisfecho, exigente y autocrítico Marco Martos de los años sesenta le diría a los lectores del manso Martos de hoy que “no es bueno este baile, / no se engañen, intuyo trampa, veo trampa / cómo va a ser bueno esto”, como reza su lúcido poema Relaciones peligrosas. Yo también veo trampa; pero como es muy vieja y conocida, ya nadie puede caer en ella.
 
PUNTUACIÓN:                   6,1 / 20
  

martes, 1 de octubre de 2013

Todo barrio es una trinchera


 

Manuel Fernández. La marcha del polen. Editorial Estruendomudo, 2013. 85 páginas.

 
En el 2006 Manuel Fernández (Lima, 1976), por entonces un perfecto desconocido para el mundo literario peruano, nos entregó uno de los mejores libros de poemas que se han publicado en nuestro país en los últimos quince años por parte de un autor de las últimas generaciones. Me refiero a Octubre, un gran fresco en el que se explora nuestra historia colectiva contemporánea y los destinos individuales que, anónimamente, se desarrollan en sus márgenes y trastiendas. Fernández no solo exhibía una llamativa capacidad para elaborar un poemario de gran ambición conceptual, sino que estas complejas estructuras estaban conformadas por textos y fragmentos de alta calidad expresiva e imaginativa, válidos por sí mismos, en los que era evidente un manejo eficaz de los referentes históricos, sociales y políticos. Nada de lo que nos decía sonaba falso o impostado: la destreza de Fernández a la hora de organizar esos referentes dentro de sus poemas y de justificar con naturalidad su inclusión lo distinguía de muchos otros poetas jóvenes que se pierden sin solución en las ciénagas de un culteranismo o historicismo mal entendidos.

Siete años han pasado desde la publicación de Octubre. En ese lapso Fernández solo publicó una plaqueta, Solidaridad en la convivencia (2008) que no ratificaba para nada los logros alcanzados en el primer libro. Cuando se anunció la publicación del nuevo libro de Fernández, me invadió la duda clásica que solemos tener ante el segundo trabajo de un autor que ha tenido un debut auspicioso: ¿podría superar lo que ya ha mostrado en su primera publicación? No voy a jugar al suspenso y daré mi opinión al respecto desde ya: La marcha del polen es un libro de muy buena factura, y en muchos aspectos supera o está a la par de las cualidades patentes en Octubre.

De la vasta cartografía histórico social de Octubre –que abarca la historia del Perú desde la implantación del régimen de Velasco hasta los años de la dictadura fujimorista- Fernández ha pasado a un marco geográfico e histórico más delimitado: la Breña de los años setentas y ochentas, presentada aquí como un territorio popular, cálido y combativo donde se vuelve a desarrollar, de forma más sustancial que en el libro precedente, la interrelación entre las vidas privadas y el marco social, agregándole un elemento que enriquece sustantivamente este cruce de líneas paralelas: el factor autobiográfico. El narrador de estos poemas es testigo y cronista de la evolución y convulsión de un conglomerado urbano en el que su propia existencia se desenvuelve y se transforma, a diferencia de Octubre, donde los cambios y sucesos que atañían a los personajes estaban avizorados a la distancia, como contemplados a través de una ventana.

La marcha del polen se inicia con La fundación de Breña, largo texto que, como su título indica, está basado en el poblamiento y edificación del distrito semiproletario que empieza en la otra ribera de la Avenida Brasil. Fernández sortea bien los riesgos que entraña un poema amparado en esta temática: la tediosa enumeración de referentes conocidos, las trampas del populismo, el triunfo de lo meramente prosaico sobre lo poético. El poema está convenientemente construido evocando la nostalgia apoyada en el fulgor de las cosas cotidianas que florecen, la visión política sustentada más en la fuerza del movimiento popular que en el dogma, la adhesión a una realidad conformada por materiales baratos, ordinarios, pero finalmente genuinos: “meditaciones de algún cura salesiano perdido en la bruma espesa de sus ideas / la soledad de los patios / la cara de los alumnos que recién despiertan /  y escribiremos una sola y grande palabra en el cielo: SOCIALISMO (…) el inicio del desfile / como la proyección de esa película peruana / donde hay campesinos que cosechan uvas / y silban / canciones desesperadas [libremente cito] / haciéndonos creer que el tiempo se ha detenido / provocando aquella colisión en nuestros cerebros / EL ARRIBO DEL ÁNGEL / A LAS ZONAS INDUSTRIALES / como si el viento de sus alas agitase las aguas / de nuestras nuevas piscinas / recién lavadas en agua y cloro”.

Esta introducción tiene un adecuado correlato en los poemas siguientes, especialmente en Los cantos iluminados de Breña, Condenados los náufragos contemplan el naufragio y sobre todo en Florecimiento del mondongo y la azucena (sentada entre las semillas), donde Fernández, ya seguro de haber edificado el escenario propicio para desplegar sus inquietudes y los símbolos de su melancolía, se sumerge en un nuevo plano de su realidad recreada: el personal. Como dije, las referencias autobiográficas enriquecen lo que en Octubre por momentos estaba esbozado pero nunca definido del todo: la irrupción de una sensibilidad personal, familiar, íntima, que en el poema mencionado alcanza momentos en los que el yo poético se desestabiliza, se cuestiona y se confiesa, dejando en este proceso algunos emotivos arranques de buena poesía: “Esta tibieza me llama y es mi hermana / y recoge sus manos de entre mis manzanas / suavemente las retira / y se sienta lejana [a las puertas del mercado]  mientras ya nada florece / y descubrimos que es / la intención del cordero / que en el momento mismo del sacrificio / otro escriba / me encuentre salido / y me diga: ¿es verdad que de noche ardías?”.
 
 
 
Es cierto que no todos los poemas que siguen alcanzan, como en los casos anteriores, la adecuada conjunción de los elementos que los determinan, como es el caso de Sobre los paisajes de la locura, o Ella es pajita. Hay una cierta sensación de disparidad y arbitrariedad en las referencias y recursos utilizados en ellos, que en algunos casos llegan a ser ya muy vistos y predecibles (como es el caso de la sección tercera de Ella es pajita) Estos problemas me hacen difícil considerarlos como textos cuajados y redondos. Sin embargo, luego nos encontramos con el mejor poema del libro, La marcha del polen, que redime las debilidades de las composiciones anteriores y que es, sin duda, lo que el movimiento Hora Zero hubiera llamado poema integral. Aquí las imágenes del verano en Breña se yuxtaponen a la efigie liberadora de Lech Walesa, la sombra del Papa Wojtila y la atmósfera ochentera previa a la desilusión final por la “democracia y los valores cristianos” que en este texto está expresada con una fuerza e imaginación que consolidan un poema sumamente logrado.

La marcha del polen contiene, pues, un puñado de poemas muy bien trabajados, más personales y más maduros que los leídos en Octubre, por lo que podemos considerarlo como un paso adelante en la obra de Manuel Fernández. Sin embargo, debo anotar que, a pesar de todas las virtudes descritas, esta todavía mantiene un carácter epigonal, debido a que sigue atrapada en unas coordenadas poundianas-horazerianas-cisnerianas indisimulables en cada una de las páginas de sus libros. Lo cual, en sí, no tiene nada de reprobable; pero en esta época donde estamos cercados por una multitud de poemarios y poetas tercamente convencionales y cómodos en lo establecido y canonizado, urge que los poetas jóvenes y talentosos como el que hoy reseño se decidan a romper con lo ya acordado, a enseñarnos que sí son posibles otras maneras y  otros caminos. Porque sí son posibles. Fernández, como otros pocos, ya ha demostrado que tiene la suficiente capacidad para emprender esa búsqueda. Esperaremos ansiosos.      


PUNTUACIÓN:                             13,8 / 20