viernes, 27 de diciembre de 2013

75 libros que todo interesado en poesía peruana contemporánea debe leer





 60's


Antonio Cisneros. Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Como higuera en un campo de golf. El libro de Dios y de los húngaros.
Rodolfo Hinostroza. Consejero del Lobo. Contra natura. Nudo borromeo y otros poemas.
Marco Martos. Cuaderno de quejas y contentamientos.
Luis Hernández. Las constelaciones. Vox horrísona.
Guillermo Chirinos Cúneo. Idiota del Apocalipsis.
Juan Ojeda. Arte de navegar.
Mirko Lauer. Ciudad de Lima. Santa Rosita y el péndulo proliferante.
Javier Heraud. El río. Estación reunida.
César Calvo.  El cetro de los jóvenes. Pedestal para nadie.
Walter Curonisy. Rehenes del tiempo.

70’s
Jorge Pimentel. Ave Soul. Tromba de agosto. Primera muchacha.
José Luis Ayala. Celebración del universo.
Manuel Morales. Poemas de entrecasa.
Cesáreo Martínez. Cinco razones puras para comprometerse (con la huelga).
José Watanabe. Álbum de familia. El huso de la palabra.
Juan Ramírez Ruiz. Un par de vueltas por la realidad.
Elqui Burgos. Cazador de espejismos.
Jorge Nájar. Malas maneras.
Oscar Málaga. El libro del atolondrado.
Abelardo Sánchez León. Poemas y ventanas cerradas. Rastro de caracol.
Carmen Ollé. Noches de adrenalina.
Tulio Mora. Oración frente a un plato de col. Cementerio general.
José Rosas Ribeyro. Currículum mortis.
José Cerna. Ruda.
Enrique Verástegui. En los extramuros del mundo. Angelus novus I y II (selección)
Carlos López Degregori. Las conversiones. Cielo forzado.
Mario Montalbetti. Fin desierto. Cinco segundos de horizonte.
Enrique Sánchez Hernani. Violencia del sol.
José Morales Saravia. Zancudas.
 

80’s

Oswaldo Chanove. El héroe y su relación con la heroína.
Roger Santiváñez. El chico que se declaraba con la mirada. Symbol.
Mariela Dreyfus. Memorias de Electra.
Domingo de Ramos. Pastor de Perros.
José Antonio Mazzotti. Poemas no recogidos en libro.
Rocío Silva Santisteban. Ese oficio no me gusta.
Jorge Frisancho. Reino de la necesidad. Estudios sobre un cuerpo.
Rodrigo Quijano. Una procesión entera va por dentro.


90’s

Ana Varela Tafur. Lo que no veo en visiones.
Miguel Ildefonso. Canciones de un bar en la frontera.
Montserrat Álvarez. Zona Dark.
Xavier Echarri. Las quebradas experiencias y otros poemas.
Victoria Guerrero. Ya nadie incendia el mundo. Berlín.
Josemári Recalde. Libro del sol.
Martín Rodríguez Gaona. Pista de baile.
Víctor Coral. Luz de limbo.
Lizardo Cruzado. Este es mi cuerpo.
Rafael Espinosa. Aves de la ciudad y alrededores.
Carlos Oliva. Lima o el largo camino de la desesperación.
Roxana Crisólogo. Abajo sobre el cielo.
 
2000
 
Manuel Fernández. Octubre. La marcha del polen.
Jerónimo Pimentel. Frágiles trofeos. Al norte de los ríos del futuro.
Romy Sordómez. Présago.
Miguel Ángel Sanz Chung. Quién las hojas.




domingo, 1 de diciembre de 2013

Recuento de fin de temporada




Como ha sucedido con los diez o doce años anteriores, no hay muchas cosas rescatables este 2013 en lo que se refiere a poesía peruana. Apenas una media docena de libros que destacan sobre una auténtica marea de poemarios, sobre todo de autores jóvenes o jovencísimos. Cada vez se publican más libros de poemas, aunque la calidad promedio sigue siendo la misma que la de hace una década. La escasez de editores que merezcan de verdad este título ocasiona que mucho de lo que se aparece en librerías no resista el menor análisis o sean libros a medias o magmas que han pasado del Word directamente a la imprenta sin haber sido siquiera revisados. Uno de los últimos libros que reseñé, De Dios, del hombre y de otros poemas, incluso tenía faltas de ortografía: si hay editoriales que no pueden pasarle a los textos siquiera el corrector automático, pedirles una decorosa labor de edición parece ser una exigencia que aquí en el Perú, salvo excepciones, resulta una ingenuidad o un refinado capricho. Cuando tengamos menos facilitadores de edición y más editores podremos hablar de un sistema de editoriales independientes digno de ser considerado serio.

No he podido leer todo lo que se ha publicado este año, y de hecho he leído más autores de Lima que de provincias. Es difícil encontrar libros de poetas no limeños, salvo cuando los mismos autores me los envían. Una de mis metas es hacer conocer esa poesía a través del blog en su segunda temporada. Este año he reseñado diez libros y he leído unos veinte más; no es mucho, pero creo que es suficiente como para aventurarse a hacer un recuento. En esta oportunidad quiero comentar aquellos poemarios que me parecen los mejores del año, los que me decepcionaron y los que prometen. El lector no tiene necesariamente que coincidir con mis elecciones y puede inmortalizar sus preferencias en la sección de comentarios de este blog, auténtica ágora de la democracia.

Y los ganadores son:

El mejor libro de poemas del año es Al norte de los ríos del futuro, cuarta entrega de Jerónimo Pimentel. Considero que libros como este son una bocanada de aire fresco en un medio donde abundan poetas satisfechos de su carácter epigonal o que tienen un respeto excesivo ante los poetas de las décadas precedentes. El gran logro de este libro es abrir un camino distinto, complejo y lleno de posibilidades mediante un personalísimo tratamiento de las referencias científicas y de la ciencia ficción. Al norte de los ríos del futuro es un libro que se propone riesgos y alcanza la mayoría de las metas que se propone, que no son pocas ni sencillas. Como dije en su momento, Pimentel ha escrito el mejor libro de su generación hasta la fecha.


La marcha del polen, el segundo libro de Manuel Fernández, también está entre lo más sólido de lo publicado en los últimos doce meses. Supera, a mi entender, los méritos de Octubre, su opera prima, imprimiéndole a su visión popular urbana la tensión de lo autobiográfico y un bien dosificado contenido político y reivindicativo. Un volumen que sortea con facilidad las trampas de la poesía conceptual y a la vez nos regala un puñado de buenos textos, así como un poema antológico: el que da nombre al libro.

Victoria Guerrero nos entregó a mediados de año Documentos de barbarie, compilación de sus tres libros publicados en este siglo, El mar, ese oscuro porvenir, Ya nadie incendia el mundo y Berlín, trilogía que significa, a mi entender, uno de los ciclos poéticos más importantes producidos por un poeta de los años noventa. Lamentablemente también se incluye una de sus últimas publicaciones, Cuadernos de quimioterapia, notoriamente inferior a las precedentes, mandando de esta manera al purgatorio una compilación que bien merecía el cielo.  


También publicó este 2013 Rafael Espinosa, autor de una obra tan amplia como desigual. En Hoyo 13: novela barrial ha sabido controlar y darle más consistencia al flujo mental en que suele basarse su discurso. Su mejor libro desde el excelente Aves de la ciudad y alrededores, de lejos su poemario más compacto y poderoso. Mirko Lauer también volvió a las andadas con Alcools, donde vuelve a poner a prueba su ecléctico barroco. Un paso adelante luego de su mediano Trópical cantante, pero muy, muy distante de su consagratorio Sobre vivir o de sus libros de los años setenta (habla un fan total de Santa Rosita y el péndulo proliferante, por si no se los he contado alguna vez). No se puede dejar de mencionar a Légamos, de José Morales Saravia, ni a Virtú de Roger Santiváñez, dos muestras de oficio y calidad de parte de dos figuras excluyentes de la poesía de finales de los años setenta.  


Premio Especial del Jurado


Pocos son los poetas de las generaciones del sesenta y setenta que siguen escribiendo libros de calidad: Abelardo Sánchez León es uno de ellos. No hay que esperar grandes novedades ni cambios sorpresivos a estas alturas de su obra, pero para ser su noveno libro, Grito bajo el agua sigue sintiéndose honesto, impulsado por reales necesidades expresivas, ajeno a los artificios retóricos tan comunes en aquellos que quieren continuar en activo a como dé lugar. Estos poemas sobre la soledad y decadencia de los cuerpos atrapados por la vejez y la resignación ante las anatomías jóvenes y ágiles son lo mejor que ha publicado ASL desde El mundo en una gota de rocío (1999) y demuestran la disciplina, seriedad y la paciencia con que asume la tarea literaria.   


Los que prometen

Como humano que soy me equivoco, pero siempre se puede enmendar. En mi reseña a La trama invisible, el segundo libro de Christian Briceño coloqué una nota de 11,3, pero luego de leerlo hace pocos días me parece que hay que elevar un punto más esa calificación. Es un poeta que si hace las elecciones adecuadas en sus próximos libros puede volverse un crack. Su primer intento terminó empañado por las malas compañías (poéticas) y este último por un proyecto al que le hizo falta mayor autocrítica, tijera y tiempo. Pero aún así La trama invisible tiene tres o cuatro poemas de primer nivel, como el que principia el libro o el XXV, sobre los galeotes. Mario Morquencho es otra grata sorpresa: varios textos de su Mar alcoholizado recuerdan por momentos algunos poemas de Seferis o Elytis, guardando la respectiva distancia en la comparación. Morquencho posee un manejo del lenguaje inusual entre sus colegas generacionales. A veces lo traicionan la sensiblería y el uso forzado del coloquialismo, pero la buena impresión que deja su lectura no se empaña por estas –estoy seguro- transitorias deficiencias.

Los Razzie Awards


Casi siempre es complicado elegir el peor libro del año ¡Y es que hay tantos candidatos! Pero esta vez el asunto se me puso sencillo. De Dios, del hombre y de otros poemas, segundo libro de Diego Miró Quesada, es el ganador indiscutible de este título. Hay que escarbar hasta el sótano de algunas publicaciones de los años noventa, como las de Eduardo Rada o José Beltrán Peña, para encontrar una veta de humor involuntario tan pródiga e inagotable. La lectura de su clásico instantáneo Vistoso popó que la erección ha motivado me exime da mayor comentario sobre la concesión de este premio.

Accésit: en un año donde poetas de los setenta como Santiváñez, Morales Saravia y Sánchez León publicaron libros de valía y que los mantienen en plena actualidad, José Rosas Ribeyro, otro miembro de dicha generación, dio a la luz Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), que significó una de las grandes decepciones del 2013. El autor del valorable Curriculum mortis confirma con este libro que sigue inmerso en una larga crisis creativa que se vislumbraba ya en su libro de 1994 Ciudad del infierno, ocasionada a mi parecer por dos de los peores vicios que se pueden padecer a la hora de producir poesía: la excesiva confianza en uno mismo y la total carencia de autocrítica a la hora de publicar.

No puedo cerrar este acápite sin mencionar el último libro de Rosina Valcárcel, Contradanza, quizá uno de los poemarios más defectuosos que esta autora ha publicado (y eso ya es decir bastante). Pleno de lugares comunes e imágenes primarias, contiene además verdaderas joyas de pintorequismo politicoide, como este poema al terrorista Víctor Polay Campos: “La prisión se extiende / La humedad  las hojas de la urbe / Como quien torea el patíbulo / La tarde del 6 de abril / Con sus ojos abiertos / El héroe aguarda al filo de un pozo / Me cede un libro de cuentos / Sereno se mueve en la escena y dice: / -Nadie podrá atarnos el espíritu / He soltado una cometa.”

La alegría del año


El premio obtenido por Mario Pera en el Festival de la Lira de Ecuador, gracias a su poemario Ruido Blanco. Una confirmación de que Pera es un poeta en ascenso que libro a libro va fortaleciendo su voz y liberándose del culteranismo gratuito que oscurecía sus primeras composiciones.

La infamia del año

El Premio Nacional de Cultura obtenido por Rodolfo Hinostroza. Sin duda su obra lo hacía merecedor de este galardón (Consejero del Lobo y Contranatura son grandes libros, aunque Memorial de Casa Grande es un fracaso artístico absoluto). Pero su actitud cuando el premio lo ganó Christian Bendayán el año pasado fue rídícula y deplorable. Se encargó de degradar públicamente a Bendayán como artista e hizo una campaña en varias publicaciones criticando al ministro de Cultura y al jurado del premio, mientras enumeraba sus méritos con megalomaniaca minuciosidad y anunciaba que nunca más se volvería a postular al Premio Nacional, calificándolo de espurio. Pero este año postuló de nuevo, y el jurado, intimidado ante la patanería y los lloriqueos de Hinostroza, lo premió, dando un pésimo mensaje para el futuro: cualquier postulante que no haya ganado el premio puede obtenerlo luego de hacer un show mediático basado en el menosprecio al ganador, la injuria contra las autoridades ministeriales y la impugnación del jurado. Mucha gente se lamenta de que Hinostroza ya no sea el excelente poeta de antes; a mí me da más pena que se haya convertido en un ser tan pequeño y egoísta. ¿Ambas cosas se relacionan? Puede ser. Pero este no es el espacio para averiguarlo.

Un buen año 2014 para todos.

   

martes, 26 de noviembre de 2013

Abrazos de oso


 


Karina Valcárcel. Los abrazos largos. Paracaídas editores, 2013. 61 páginas.

Cinco libros de poesía en cinco años ha publicado Karina Valcárcel (Lima, 1985): Poemas cotidianos (2008), Una mancha en el colchón (2010), el volumen doble compuesto por Variaciones y Te(a)mores (2012) y el que paso a reseñar, Los abrazos largos (2013). Mi opinión sobre los cuatro primeros conjuntos es que son muy irregulares, de una hechura artística endeble, conformados por esbozos y apuntes más que por poemas propiamente dichos, donde la autora cae constantemente en uno de los vicios más comunes de nuestros poetas más recientes: confundir el relumbrón, el chascarrillo, la ocurrencia y el ingenio con la poesía. El apremio por publicar casi una vez por año le ha cobrado factura a los libros citados, pues la falta de trabajo, de autocrítica y de paciencia –tres virtudes necesarias para llegar a forjar una obra válida- está demasiado presente en estos textos; a esto se suma que una lectura cronológica de estos poemarios apenas si deja entrever una evolución apenas perceptible entre uno y otro.

He leído Los abrazos largos esperando que estos nuevos poemas significasen un cambio de rumbo en la obra de Valcárcel, pero en realidad no es más que una continuación de sus temas anteriores –las cuitas amorosas, la soledad y sus escenarios, el acto y el porqué de escribir- y de sus defectos e inconsistencias pretéritos. En algunos casos, incluso, siento una involución, pues los contados momentos de lirismo de Variaciones aquí brillan por su ausencia y nos encontramos una vez más con bocetos carentes de cualquier intensidad y dirección clara: “Lo repito: nadie trazó un mapa para llegar a la felicidad, / pero nosotros la encontramos casualmente en jirón Camaná / al fondo de una galería donde vendían, entre otras cosas, / colecciones de monedas y monos de peluche”;  “Estos son los tesoros que ningún pirata irá a buscar, /tesoros que nunca enterraremos porque duran / lo que dura la caída de la caca de un pájaro”. Esta falta de dirección provoca que en muchas ocasiones los poemas se diluyan en evocaciones gratuitas o enumeraciones que no van a ningún lado. En algunos casos uno puede olvidar esos problemas y dejarse llevar por la fuerza expresiva de las imágenes inconexas, pero en los poemas de Los abrazos largos eso rara vez sucede: “tumbado sobre una sábana de césped recién podado / donde las mejores distracciones sean / una bandada carroñera en el cielo danzante, / un tipo encendiendo un canuto de hierba, / un hombre practicando parapente, / un aspersor descontrolado que ha mojado a un perro, / el último trago de cerveza / el beso de aluminio / que espanta el ruido del ahora lejano tráfico limeño.”; “y sincroniza a la perfección con mis pies contritos, / con el tsunami entre mis piernas, / con esos dientes bobos que se asoman / cuando tu cuerpo descansa ya a mi lado.”

Pero lo menos convincente de Los abrazos largos es cuando Valcárcel apuesta por una poesía reflexiva, de corte aforístico. Esto se evidencia sobre todo en el poema Canas, en el que pretende abordar el deterioro físico y el paso del tiempo: las sentencias obvias e ingenuas se entrecruzan con alegorías, para decirlo de alguna manera, poco felices: “No aceptaremos la presencia de un cementerio en la cabeza / porque nos acerca a la vejez, / la cual tememos incluso más / que a la muerte.” “Aprende a domar la cana / y verás que aquel cementerio / puede ser también / una hermosa cascada / detenida en su caída.”

No tengo este blog para darle consejos a los autores de los libros que  reseño, pero si pudiera darle uno a Karina Valcárcel sería este: que tenga menos inquietud por ver sus poemas publicados, por acumular libros para satisfacerse con la impresión de que eso hace una obra a como dé lugar, y un poco más de tranquilidad a la hora de abordar la tarea poética y plantearse sus objetivos y necesidades reales con más claridad y menos apuro. Porque el camino por el que está enrumbada, en mi opinión, no la está llevando a ninguna parte.    

PUNTUACIÓN: 7,7  

lunes, 18 de noviembre de 2013

Ni con la ayuda de Dios





Diego Miró Quesada Mejía. De Dios, el hombre y otros poemas. Mesa Redonda. 153 páginas. 2013


Valorado por algún crítico como uno de los escritores jóvenes más originales y versátiles de los últimos años, Diego Miró Quesada Mejía (Lima, 1986) ha publicado hasta este momento dos libros de poemas. El primero, Renacer (2011), no he tenido la oportunidad de leerlo. El segundo, De Dios, el hombre y otros poemas, ha aparecido recién en librerías, y, motivado por los elogios de los que ha sido objeto, decidí adquirirlo y ver qué pasaba. En la contraportada se anuncia que “vemos a un Miró Quesada maduro, pero trabajando sobre los mismos temas: dios, existencia, divinidad, eternidad.” Eran palabras mayores. Luego de consumirlo, puedo decir que mi experiencia como lector de  este poemario fue más allá de lo que hubiera imaginado. Y no lo digo en el buen sentido.     

Es cierto que Miró Quesada explora esas inmensas preguntas celestes, además de otros grandes temas, como el racismo, la segregación, el erotismo y la soledad del hombre en un mundo cada vez más tecnologizado. El gran obstáculo para estos propósitos es que el autor carece de los más elementales recursos para realizar esta gran tarea. Para graficarlo de alguna manera, es como pretender hacer frente a un tanque ruso con una pistola de agua. Vacía.

Empecemos por el tema central del libro: el hombre y su relación con la divinidad. Miró Quesada toca el tema en base a una larga serie de poemas en arte menor, donde nos topamos con obviedades de este calibre: “Dios le dijo al hombre / que lo haría muy feliz. / Hasta el día de hoy / sigue esperando su promesa”, o breves fábulas bastante insulsas, para decirlo suavemente: “Dios perdió su tarjeta de crédito / y no pudo comprar en la tierra. / Fastidiado, regresó al reino celeste / y le pidió un préstamo a María. / Como no pudo conseguirlo / quedó apenado el resto de sus días”. “Dios compró vino para Baco / y quedó endeudado hasta la coronilla. / Al ver su triste situación /  pidió prestado al hombre tres reales, / pero no se los entregaron. Sigue endeudado hasta la coronilla”.    

Y esto es lo mejor del poemario. Porque cuando leí lo que Miró Quesada escribe sobre las injusticias sociales me pareció que de pronto estaba embarcado en un viaje hacia lo más profundo de las comarcas del humor involuntario. Por ejemplo, “Al pequeño mestizo” parece hechura de un encopetado poeta del XIX, y no precisamente de los buenos: “Pequeñuelo mestizo de la alberca / peruana, / pequeñuelo mestizo de triste / atuendo azulejo / pequeñuelo mestizo / que como cholo han consagrado / escucha lo que tengo que decirte / en tus oídos que han degradado: (…) ¡ay mestizo! ¡ay mestizo de triste llanto! / ¡Ay mi mestizo del Perú! / Tu porte quijotesco resalta bajo la lluvia / igual que los gorriones que pican a la deriva”. No es menos desconcertante el “Poema a los hombres marginados del Perú”, que comienza así: “Vocero que el altavoz utiliza / para llamar a todo el ganado terrícola / a ti te invoco para hacer una plegaria fugitiva: / deja que me vaya del Perú / deja que me vaya a los lindares de España / o la tierra del Chapulín Colorado / a otro territorio donde el blanco se coma al indio”.      

Pero donde Diego Miró Quesada pierde sin atenuantes es cuando toca el tema erótico. Esos poemas sobre los cuerpos femeninos y la lascivia son sencillamente impublicables, como lo sería cualquier texto escrito por un incontinente alumno de secundaria en la pared de un baño. Esto no es una exageración de mi parte. Leamos, como prueba de lo que sostengo, el fino poema “Vistoso popó que la erección ha motivado” que dice así: “Vistoso popó que la erección ha motivado / yo te aliento con el fusil y el casco / que resguardo detrás del frente // melindrosa es tu movida // y escrupuloso tu acento triste / mas detrás de tu recta raya / se esconde el abrupto goce / hay una alameda de santos canes / que gruñen a tus dos cachetes / seré yo tu protector gallardo / seré yo tu protector de noche”. El libro termina con un poema a la masturbación (que considerando los poemas que hemos leído, podría hacer de arte poética): “Intrépido almanaque/ de cuerpo curvilíneo / he quedado prendido / de tu porte doncellezco / de tu gallarda figura hembril / de tu roce imaginario (…) tus pechos fríos en la pared / son una imagen detrás de mi cama / la misma que mojo todas las noches”.

De Dios, el hombre y otros poemas es, sin lugar a dudas, uno de los peores libros de poesía que han aparecido este 2013. No comprendo cómo una editorial puede publicar un conjunto de tan escasa calidad, escrito con un lenguaje plano y limitadísimo y repleto de textos bochornosos, e incluso con faltas de ortografía (por ejemplo, en el poema Ilusión, página 14: “Haz dejado tus funciones / y vas a pagar la deuda correspondiente”) Pero menos comprensible me parece todavía que haya críticos que puedan elogiar y recomendar entuertos como este. En serio.    

  


PUNTUACIÓN:        1,4 

jueves, 14 de noviembre de 2013

El viejo saurio en la laguna



Abelardo Sánchez León. Grito en el agua. Paracaídas, 2013. 88 páginas.

 A veces escribir una reseña puede resultar también un ejercicio de memoria. Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) acaba de publicar un nuevo libro y yo me pregunto en qué tarde de mediados de los años noventa lo descubrí, qué fue lo primero que leí de él. Ahora recuerdo: fueron los poemas de su primer libro, Poemas y ventanas cerradas de 1969. Esos primeros textos ya delineaban lo que iba ser su poesía de madurez: evocadora, de corte narrativo, dirigida por un yo poético inseguro, vulnerable, impúdico, aquejado por un malestar existencial, fascinado por la marginalidad e incapaz de aceptarse como parte de la clase social donde nació. La impresión que me dejó ese libro debió ser muy positiva, porque luego me dediqué a buscar todo lo que Sánchez León había escrito en verso. Así llegaron a mis manos Habitaciones contiguas, de 1972, Rastro de caracol de 1975 –quizá su mejor libro- y Oficio de sobreviviente, de 1980. En sus páginas somos testigos del desarrollo de su personaje, cantor de la mediocridad, de la derrota en todos los frentes, que rememora la gloria de la infancia y la juventud acomodada  –como sucede en poemas muy hermosos como Juegos de luces y Estíos /Hastíos- desde el “fondeado infierno” de la clase media, ambientada en pequeños departamentos, en matrimonios sumergidos en el tedio, en la indignidad de los oficios mal retribuidos, todo ellos como telón de fondo de la constante y atormentada consciencia del error y del fracaso. Los estimables logros expresivos de estos libros fueron bien resumidos por Roger Santiváñez, quien afirmó en alguna ocasión que “habían sido escritos en el paraíso”, utilizando una elogiosa frase que Allen Ginsberg dedicó a las obras de sus compañeros beats.

Los poemarios publicados en los ochenta (Buen lugar para morir, 1984; Antiguos papeles, 1987) forman parte de la etapa menos feliz de su obra. En estos dos libros se hacen más patentes las debilidades que se entreveían en sus entregas anteriores: caer por tramos en la mera prosa versificada y una tendencia a ser demasiado explicativo, lo que terminaba malogrando en ocasiones poemas que hubieran sido redondos con dos o tres páginas menos (cosa frecuente también en Rastro de caracol o Habitaciones contiguas). En general, Sánchez León ha sido un mal editor de sus textos, y ha echado a perder así buenas ideas al aspirar a la elaboración de grandes poemas que terminan siendo fallidos a causa de una mal entendida ambición por lo totalizador o por lo complejo (el caso paradigmático de lo que afirmo es un larguísimo poema de dieciséis partes incluido en Buen lugar para morir, titulado La historia del almirante Miller de Rowcroft, del almirante Guisse y del almirante Cochrane, el lord, intento de hacer un gran fresco sobre el colegio Markham y su prosapia inglesa, quizá uno de los grandes fracasos de su poesía.) Sin embargo, los libros aparecidos posteriormente, Oh túnel de la Herradura (1995) y El mundo en una gota de rocío (2000), son bastante mejores, están integrados por poemas de buena y hasta excelente factura, aunque no alcanzan el nivel de los poemarios publicados en la primera etapa de los años setenta. Si algo es posible afirmar de la obra de Sánchez León, es que usualmente los méritos suelen primar sobre lo impugnable y negativo.

 Su último libro, Grito en el agua, no escapa a esta propensión. Es un volumen trabajado con rigor, inteligencia y una meta conceptual clara, lo cual diferencia a Sánchez León de otros poetas de su generación que se contentan con publicar de cuando en cuando un librito flatulento con el único objetivo de dar señales de vida en la asamblea literaria. Estilísticamente emparentado con Oficio de sobreviviente –versos largos donde el yo poético se ausculta y lacera desde la primera y la tercera persona, con un ritmo contenido y un discurso donde la ironía y dolor son plasmados con un seco desencanto-, Grito en el agua se diferencia de aquel libro en que ya no explora las tribulaciones y amarguras del mesócrata vencido por el ennui existencial, sino los reflexiones y desalientos del poeta de tercera edad que se refugia en la natación como el último baluarte frente a un mundo que ya no es suyo, no comprende y en el que ya no se mueve con soltura debido al declive físico que lo aqueja, pero que entre las aguas consigue una relativa redención para su decadencia. La vejez que aquí se perfila no es ni orgullosa ni digna, sino motivo de soledad y ocultamiento: “Acostumbra llegar después de los entrenamientos / de los muchachones, de las doncellas, las chicas / las algarabías, los silbatos, las ordenanzas / y de aquella repetición indefinida de ejercicios. / Llega rengo, con dos o tres heridas graves, / algunas cicatrices, magulladuras / y un par de traumas que prefiere retener / en cada uno de los empujones por si le da por atorarse”, incidiendo en sus más patéticos rasgos exteriores: “Si hasta puede dar risa: verse así, tan seriote / bajo ese gorro y esos anteojos en plena edad de la decadencia. / Bordea la edad en que se ralea todo. / Le cuelgan las cosas del cuerpo; / pierde su sitio su ubicación y distancia.” Esta resignación no le impide despreciar a los que padecen su misma circunstancia –al fin y al cabo espejos de sí mismo- y envidiar la juventud de los cuerpos ajenos que se bañan en las mismas aguas: “Le incomoda compartir su carril con otro vejete. / Tiene la suerte, raras veces, es cierto, de que una muchacha en bikini le recuerde / la manera en que un vientre liso, unos muslos duros (…) / avancen en esa agua transparente / con la velocidad de una locomotora submarina”. Los poemas que conforman esta perspectiva de quien transita más allá de la mitad del camino de la vida están muy bien ejecutados (destacan el que da el nombre al libro, Déjalo ir y Agua cansada), con refrenamiento y rechazo al miserabilismo, aspectos que marcan la trayectoria poética de Sánchez León desde su debut.

Grito en el agua flaquea en los poemas que se distancian de sus motivaciones centrales y ceden a la nostalgia por ese mundo ya clausurado de la infancia que se mantiene a duras penas en la memoria. Estos poemas –El maletín, Las mesas, The boxer- no añaden nada a lo que ya se ha dicho, de maneras muy semejantes, en los libros anteriores, y tienen el problema de ser innecesariamente extensos y redundantes. Pero estos son defectos menores de un libro muy satisfactorio que ratifica la vigencia de una de las poéticas más personales y eficientes de la generación del setenta.  

        
  PUNTUACIÓN: 13,4   

lunes, 4 de noviembre de 2013

El eterno retorno de Miguel Ildefonso




Miguel Ildefonso. Escrito en los afluentes. La Ronda, Tegucigalpa, 2013. 77 páginas.

Cuando hablamos de Miguel Ildefonso Huanca (Lima, 1970) no solo nos referimos al  autor de una de las poéticas más importantes de los años noventa, sino también de uno de los que mejor comprendieron e interpretaron el significado de aquellos años turbulentos en que su poesía y la de sus compañeros de oficio comenzó a desarrollarse. Esto, sumado a sus  apreciables aciertos formales y las personales reelaboraciones de mitos y personajes literarios, de la música o de otras disciplinas en el Perú y el extranjero, hacen de la suya una voz que en sus tramos más iluminados llega a alturas que pocos poetas de su generación han logrado alcanzar. Sin embargo, no es menos cierto que libro a libro estos logros cada vez son menos frecuentes, pues luego del buen comienzo que significaron sus tres primeros poemarios (Vestigios, de 1999, Canciones de un bar en la frontera (2001) y Las ciudades fantasmas, del 2002) las siguientes entregas de Ildefonso han sido sumamente irregulares, apelan continuamente al éxito de los hallazgos de sus volúmenes iniciales y se vuelven reiterativas al utilizar los mismos recursos hasta agotarlos del todo, e incluso más allá todavía.

Vestigios fue un prometedor debut donde ya se percibían algunas de las obsesiones que luego se convertirían en los ejes de la producción de Ildefonso: explorar el acto poético como una búsqueda de la trascendencia, retratar la podredumbre, miseria y el caos de la Lima contemporánea y  recrear, con grandes licencias, la turbulenta vida de sus artistas más preciados (en este caso Víctor Humareda y Martín Adán), situándolos en el centro mismo de ese infierno urbano. En Canciones de un bar en la frontera, su libro más importante, aparece otro de sus motivos mayores: el desierto texano y las poblaciones que se desarrollan dentro de él. Finalmente, en Las ciudades fantasmas Ildefonso asume un enfoque más depurado de los temas de su primer libro, incidiendo en el diálogo vital e intelectual con sus influencias literarias, como son Baudelaire, Holderlin y Rimbaud, o musicales, como Bob Dylan y Pink Floyd, referentes que a la vez son el refugio del poeta dentro de la monstruosa urbe donde habita y que amenaza con devorarlo entre sus calles y tugurios.

Es a partir de su cuarto libro, M.D.I.H (2004), en que su obra comienza a repetirse. M.D.I.H. Sería perfectamente prescindible si no fuera por su estupendo poema de apertura, El dolor. Los demás poemas son claramente subsidiarios de aquellos que exploran la marginalidad callejera en Canciones de un bar… y Las ciudades fantasmas. No agregan nada al imaginario de Ildefonso, y en gran parte no son otra cosa que la desordenada y descolorida acumulación de las visiones sórdidas del poeta solitario paseando por las entrañas de una ciudad decadente, además de cansinas invocaciones a personajes literarios como Tzara, Lowry, Mishima y Lucho Hernández que, como en todos los poemarios anteriores, vagabundean en busca de iluminaciones y excesos por la noche limeña.

Los siguientes libros de Ildefonso (Heautontimoroumenos, Himnos, Los desmoronamientos sinfónicos, Todos los trágicos desiertos, Dantes y Libro del exilio, escritos entre el 2005 y el 2012) comparten una similar circunstancia con los más recientes del poeta setentero Enrique Verástegui: son conjuntos excesivamente desiguales donde siempre encontraremos un puñado de buenos poemas que ameritan el paciente buceo entre montañas de material menos noble. A esto hay que sumarle que todos estos conjuntos, con la excepción de Heatontimoroumenos –densos poemas de indagación neobarroca- son casi reelaboraciones de sus tres libros canónicos: en Himnos y Los desmoronamientos encontramos a Canciones de un bar… y a Las ciudades fantasmas; Todos los trágicos desiertos es una apostilla a la primera parte de Canciones de un bar… y en Dantes volvemos a encontrar a Humareda, los paisajes de El Paso y a la Lima de los extrarradios de todos sus demás libros, plasmados con el mismo estilo –versos largos, tendientes a lo narrativo, llenos de descripciones de la decadencia urbana y de demostraciones de la autoconsciencia del poeta- una y otra y otra vez.

Escrito en los afluentes, su último poemario, no escapa, en ninguna de sus páginas, a este problema. La sensación de deja vu al leerlo es constante: uno tiene la impresión de haber leído estos poemas en los libros que ha publicado Ildefonso anteriormente, y no por segunda, sino por tercera o cuarta ocasión. Es difícil hablar de Escrito en los afluentes como un nuevo libro, porque en realidad no hay ninguna novedad en él. Es una enésima variante de lo que ya estaba escrito y bien escrito en Canciones de un bar. Aquí nos volvemos a encontrar con los poemas al desierto de El Paso, los héroes personales del poeta –Withman, Poe, Jim Morrison, Martín Adán, Holderlin, etc.- vagabundeando por las calles de Estados Unidos o de Europa, otra vez con las mismas odas a los bares y hoteles donde el yo poético se refugia al caer la noche. Hemos llegado al límite en que ya no podemos juzgar la poesía de Ildefonso como buena o como mala (en realidad, es raro que Ildefonso haga un poema malo) sino como un discurso redundante, gastado y que en algunos textos ya no es más que la caricatura de sí mismo. Por eso  Escrito en los afluentes me parece irreseñable: no hay nada en él que pueda hacerme considerarlo un libro en sí, sino una insulsa colección de refritos absolutamente indistinguibles de lo que ha hecho antes, en todo sentido. Quizá Miguel Ildefonso ha elegido hacer carrera antes que hacer poesía. Es su elección, muy respetable por cierto. Los que salimos perdiendo en esa decisión, lamentablemente, somos sus lectores, que extrañamos a ese muy buen poeta que en sus primeros libros prometía una obra sólida y renovadora y que hoy parece extraviado en una perniciosa autoindulgencia.      

  PUNTUACIÓN: sin valoración.    

lunes, 28 de octubre de 2013

En alabanza del Yo totalitario






Jerónimo Pimentel. Al norte del los ríos del futuro. Ediciones Liliputienses, 2013.

De los poetas peruanos surgidos en los primeros años de este nuevo siglo, Jerónimo Pimentel (Lima, 1978) es quizá el de la obra más sólida y convincente. Libros suyos como Frágiles trofeos (2007) o La muerte de un burgués (2010) nos presentaban a un autor con un seguro manejo de sus recursos, tanto de lenguaje como del ritmo así como de los temas planteados en sus poemas, que en algunos casos alcanzaban un nivel de primer orden (pienso en Ítaca Tannhauser o en Ella duerme, por citar un par de ejemplos). En el primero de los libros citados Pimentel había logrado un notable nivel formal, bastante inusual entre los poetas de su generación; en el segundo, se atrevía a experimentar tanto con la forma como con los motivos de sus composiciones, dialogando con las ciencias básicas, elaborando poemas al estilo road movie o construyendo los flujos mentales de un viajante urbano en busca de una epifanía que nunca llega. No todos sus experimentos eran igual de eficaces, pero evidenciaban que nos encontrábamos ante a un poeta consciente de la necesidad de no seguir trajinando los mismos lugares y símbolos ni conducirse por un camino ya hollado por tantos otros antes. Es decir, rehuía el problema capital de la poesía peruana hoy: creer que se cumple haciendo un buen poema, cuando contentarse con solo eso es engrosar las listas de tantos libros mediocres que atestan los estantes de nuestras librerías.

Tres años después de su última entrega, Pimentel ha publicado en España su mejor libro hasta la fecha y –no tengo dudas en lo que afirmo- el mejor de su generación, al menos hasta este momento. Si de lo que se trata es hallar nuevas vías de expresión, inéditos objetos y estancias para poetizar, Al norte de los ríos del futuro cumple esos requerimientos con creces. Su eje principal es la ciencia ficción, pero estaríamos muy equivocados si lo catalogamos como un libro de poemas que adopta algunas referencias de la ciencia ficción clásica y las maniobra desde el lugar del aficionado admirativo. Pimentel las utiliza y las transforma para hacer de ellas un punto de partida para escenificar un mundo personalísimo, polifónico, donde prima la voz de un Yo megalómano y totalitario que dicta las normas y crea con su discurso parajes, planetas, urbes y personajes que crecen, convulsionan y se extinguen frente a nuestros ojos con un dinamismo y potencia realmente envolventes y apabullantes: “Abro los ojos: Marte. / Cierro los ojos: me puedo salvar. / Abro los ojos: la vida obedece al sentido que reclama mi mirada. / Cierro los ojos: mi cuerpo es un templo que no profanarás. / Abro los ojos: ¿cuántos centímetros faltan para medir mi devoción? / Cierro los ojos: tu país es cualquier cosa excepto lo que piensas. / Abro los ojos: vientos volcánicos sacuden Tharsis. / Cierro los ojos: llueven bacterias en la planicie de Hellas”. Esta excelente capacidad imaginativa le permite Pimentel abordar dentro de este contexto temas que van más allá, representando una realidad posapocalíptica desde la Historia o de la ideología (y por ello podemos emparentarlo con poetas de obra más o menos reciente, como la norteamericana Eleni Sikelianós, que ha llevado la poesía de tintes futuristas y científicos a extremos sumamente novedosos). Lo meritorio es que en ningún momento estas referencias históricas o culteranas suenan impostadas o forzadas, (el segundo mayor problema de nuestra poesía post 2000) sino que se sienten precisas y al mismo tiempo sorprendentes dentro de los contextos entablados. Este es el caso de La poesía como una forma de fascismo, uno de los mejores poemas de Pimentel no solo de este libro, sino en general: “cuando el otro comprenda el desprecio del Yo  / serás libre pero estarás muerto / el mensaje no tiene finalidad / tampoco la carrera / los músculos / ni las flores / sin embargo / mi palabra surca el foso e instala un régimen fascista en tu voz / he penetrado las Árdenas / he cruzado la Línea Maginot / date cuenta  / mi Yo de sitio asedia tu mirada / y aspira tu aliento para poseerlo y hacerse nuevo en tu sangre con aplomo / para hacer fogatas con tus puertas caídas / para violar dulcemente a tu mujer / ¡Larga vida al Yo totalitario! / ¡Dios salve a este poema!”

Las virtudes de Al norte de los ríos del futuro no se circunscriben solamente a lo temático, sino a la forma en que sus tramas y escenarios son representados. No sería exacto considerar el lenguaje en que está escrito como estrictamente conversacional, narrativo o lírico, aunque sí utilice recursos de estas posibilidades. Mientras nos adentramos en el conjunto, percibimos un discurso que se va enrareciendo y oscureciendo sin perder su legibilidad y sin caer en gratuidades y artificios, aunque el terreno pueda ser propicio para desbarrancarse en una retórica pastosa y vacía. Lejos de ello, esa introducción en un espacio cada vez menos reconocible nos descubre las verdades que dan funcionamiento y sentido al mundo que Pimentel nos propone. Toma prestado el lenguaje científico y aforístico, además de las formas de la crónica, y logra conmovernos y emocionarnos desde una perspectiva inédita en nuestra poesía. En la mayoría de ocasiones esta compleja apuesta sale airosa, como podemos constatar en el siguiente fragmento: “Mi amor se extiende como hielo-9 en las arenas de Vermilion. / ]. / Pasamos la meseta azul y el tren se desvía hacia un mar fútil, rojo caliza. / Ese es el color del adiós cuando no hay de quien despedirse. / Mi Yo ludita salta de la máquina y se despide del pájaro carnívoro, / (- Hasta pronto, compañero.) / pide el encuentro por botana y prosigue el trayecto a pie./  Por toda luz, una tormenta. / Electricidad, Belén.”

Al norte de los ríos de futuro no es un libro redondo ni intachable. No todos sus poemas me resultan totalmente logrados ni igualmente vibrantes: en algunos de ellos, como los de corte ensayístico, hay un afán exploratorio que deja en segundo plano esa necesidad. Pero el conjunto ha sido trabajado con audacia y con mucho sentido del riesgo, con una absoluta negativa a lo ya pactado y consabido, y el oficio e intuición de Pimentel consiguen que en esa faena el resultado sea claramente positivo. Y que este nuevo libro suyo sea el punto más alto de una obra en la que la insatisfacción y la búsqueda son siempre el norte. Y eso es algo que en nuestra poesía reciente es imposible no valorar y aplaudir.    

Puntuación: 15,6

martes, 22 de octubre de 2013

Sin novedad en el frente


Ezequiel Furgiuele. Cartago. Máquina purísima editores. s/n páginas. 2013

Compuesto por veintisiete poemas en prosa, Cartago, el primer libro de Ezequiel Furguiele, pretende ser una crónica sarcástica y airada de la crisis económica y social que actualmente sufren varios países de la Unión Europea, así como una dura sátira de los líderes que defienden el modelo imperante a pesar del costo que deben pagar distintas sociedades y muchas vidas particulares. La idea es buena y ya otros poetas latinoamericanos como Roque Dalton, Ernesto Cardenal o el peruano Cesáreo Martínez han trabajado con éxito largos poemas o libros conceptuales donde la crítica hacia los señores del poder y su sistema de explotación o el sufrimiento y resistencia de las clases oprimidas son los temas principales.


El problema es que a diferencia de Dalton, Cardenal o Martínez, Furguiele no consigue que sus denuncias e ironías levanten vuelo poético en ningún momento. Se limita a enhebrar ocurrencias que seguramente funcionan para despertar la risa o la complicidad en un recital, pero cuya carga crítica se disuelve en juegos insulsos de palabras que no van a ninguna parte (“El euro y el dólar se culean sin parar, la gente se queda en la calle y la calle se sigue llenando de gente. Una vez más el Dream es un lavarropas y está recontra over. Pull es over y el over es old  y en october no hay milagros”) y en versos que descubren la pólvora (“La plata se la roban los hijos de puta de siempre, con nombres  y apellidos, con filiación y filicidios, dirección postal”) o son sencillamente defectuosos (“Onganías and delivery, idiota engominado con sus cuatro pelos leporinos”). Otros nos recuerdan que no basta la sincera emoción o la legítima indignación para hacer buena poesía: “Videla, ahórcate con tu rosario diario y seguí desapareciendo a tu hijito oligofrénico en algún cuchitril de clínica privada”.

Las cosas no van mejor cuando aspira a poetizar desde la Historia, pues no aporta nada original a lo que ya sabemos y hemos leído de manera muy parecida (y mejor) tantas veces antes: “Primero las brigadas rojas, después la heroína, después los junkies y después la metadona y después todo políticamente correcto y antes el VIH”. Sus mofas hacia los poderosos ocupan buena parte del conjunto, pero echan mano de un sentido del humor que rara vez da en el blanco (“La Merkel y Cameron se andan planchando la ropita par la fiesta”, “Y la Merkel a los besitos con Sarkozy, sí, sí, ayer yo los vi”, “Y esta, la Merkel de cuarta, guaranguita, pidiéndole a Rajoy guita, guita y guita”) y que en sus peores momentos se hunde en lo panfletario, como ese texto sobre el Rey de España (lo más olvidable, sin duda): “Andá a jugar al rey de los monos en palacio y en familia incluyendo  a tus yernitos de colección. No te olvides el verano de irte a Palma a seguir jugando al Cristóbal Colón”.  

La sensación final que produce Cartago es parecida a la que me dejaron algunos poemas de La trama invisible, el segundo libro de Christian Briceño: la de un autor que confunde el ingenio con la poesía. Pero la diferencia es que con Briceño esto sucede en algunos poemas, mientras que Furguiele no supera nunca esta limitación, lo cual no solo resta vigor expresivo a sus composiciones, sino que también trivializa hasta lo indecible sus afiebradas intenciones contestatarias. Esas son las tribulaciones de un soldado que va decidido a la lucha, pero que ha dejado las armas en el cuartel y en su lugar ha llevado fuegos de artificio. Y con eso no basta para ganar la batalla.          

Puntuación: 4,4 / 20

lunes, 14 de octubre de 2013

La tentación del vacío




Christian Briceño. La trama invisible. Paracaídas Editores. 101 páginas.

El año pasado apareció Breve historia de la lírica inglesa, primer libro de Christian Briceño (1985), en el que se vislumbraba a un autor dueño de un oficio poco común en nuestra poesía reciente, pero que a la vez adolecía de las mismas limitaciones que estamos acostumbrados a ver en los autores de la última hornada: un notorio conservadurismo que induce a confundir el poema con el ejercicio de estilo. Briceño demostraba que podía hacer buenos textos, muy correctos formalmente, pero donde no encontrábamos una sola marca de la presencia de un autor, de algo que se parezca a una voz personal, sino los artefactos de un esforzado, profesional y anónimo artesano, colocados en fila a lo largo de una mesa de exposición.

Leyendo su último libro, La trama invisible, tengo la impresión de que Briceño parece haber meditado sobre los límites de su primera entrega y haberse propuesto un proyecto radicalmente distinto, donde pudiera contar con un espacio de mayor libertad expresiva y lo fragmentario, multigenérico y miscelánico tuvieran cabida. Poemas propiamente dichos, prosas, páginas de diario, citas, reflexiones sobre lo literario y extraliterario, así como apuntes sobre la más llana cotidianidad se confunden en un calculado desorden en el que Briceño desea forjar un personaje poseedor de un cultismo cool que expone con igual desparpajo sus masturbaciones vespertinas como sus irreverencias con las obras y los escritores que consume e interpela.

Lo primero que debo decir es que si en Breve historia de la lírica inglesa se extrañaba el atisbo de una voz propia, aquí Briceño la consigue y la exhibe con innegable soltura. Como muestra de ello está el apreciable poema I (“Y mientras convalecía de una rara enfermedad, especulaba con más turbación con el alcohol. Y pensé que quizá mi actitud le era dolorosa a Dios. Señor, sé que no he sido el mejor de tus hijos. Pero también tengo en claro que te alimentas de mis yerros. Qué sería del mundo sin pecadores. Una esfera impoluta, una landa de decrepitudes, lo estático, lo puramente conjetural.”), o el número XXV (“Los galeotes no tienen relojes que les indiquen la hora de su muerte, ni su salvavidas, ni cuencos de plata dónde depositar el agua salada que brota de sus oídos y narices. // Hay un dicho popular entre los galeotes: “Asegúrate de estar vivo antes de acostarte. Asegúrate de estar muerto antes de morir”, // Los galeotes no tienen tiempo de llenar formularios pidiendo mejoras en su dieta diaria. // Si hay luna llena, ningún galeote se convertirá en hombre lobo, pero es posible que se ponga a llorar sin causa aparente”). Así como estos ejemplos citados hay una media docena de poemas de un nivel claramente por encima del promedio de lo que suelo leer entre los poetas surgidos por estos años.

Sin embargo, hallar un registro que se ajusta a nuestras necesidades expresivas puede resultar un arma de doble filo, y Briceño no logra sortear todas las trampas que esta conquista suele emplazar. No menos de la mitad del libro se ve afectado por la falta de dirección de sus textos, que basculan entre citas cultas que rara vez tienen una justificación discernible, la retórica de la parodia del lenguaje arcaizante, o la gratuita referencia a la cotidianidad más privada. Eso ocasiona que muchos poemas no sean más que meros amasijos informes donde Briceño quiere demostrar de qué es capaz, aunque no tenga una idea clara de por qué lo está haciendo. La consecuencia es que se apalabra, se llena de referencias que terminan venciendo sus intenciones primeras y termina siendo vencido por una empalagosa retórica. Un ejemplo clarísimo de lo que digo es el poema IX (“En un página del breviario de J. P. Sweelinck, se puede observar al rey David tocando el carrillón –un infantil coro de campanillas argentadas en forma de pera- incrustado en el ángulo superior de la miniatura. (...) Aquel es el problema que me abruma, y aun puedo saborear la doble amargura de sentirme confinado y escribir desde mi retiro en una prosa deficiente, más no podría contratar al joven Hayden, pues Nicolaus Esterhazy ya lo tiene en su hatillo de prodigios…”) Esta carencia de rumbo agota al lector y vuelve tedioso terminar de leer varios de los textos (como es el caso del LVII, el LXVII y sobre todo el XLIV, con distancia el más ambicioso y fallido, donde el juego entre narcisismo y sarcasmo termina por brindar dudosos resultados como este: “Luego encontré torpes mis disquisiciones. Si el concepto de vacuidad debe aplicarse al arte o no, o si el arte era bueno para alguien ¿a quién le importaba? Me estaba volviendo un imbécil, mi genialidad se evaporaba. ¿El arte, vacío? Vacío el cráneo de Susy Díaz. Arte, arte, arte. ¿En qué estaba pensando?”.)

Otro de los problemas del libro es que buena parte de él está basado en la exploración y articulación de los flujos mentales ante las situaciones cotidianas, sobre todo las que envuelven a las relaciones humanas, haciendo gala en varios fragmentos de una constante y detallista autoconsciencia, por momentos muy ocurrente, pero que están más cerca de los estados de Facebook que de la poesía: “mi chica no dice hagámoslo nuevamente o volvamos a hacerlo, sino que hay que hacerlo otra vuelta” ; “Francois nos leyó su novísima ficción breve, ayer, en el bar Don Lucho: ‘esa mañana desperté decidido a hacerme un tercer pene'”, y así por el estilo. Esta tendencia a hacer pasar el ingenio por la poesía es muy recurrente en La trama invisible, lo que adelgaza la fuerza expresiva que mantiene en sus primeras páginas, y empeora  sobre todo en los fragmentos en los que pretende emular o ironizar sobre ciertos iconos de la tradición, como es el caso del Martín Adán de los poemas Underwood: “La poesía debe ser como un plato de leche donde beban el perro, el gato y Súper ratón”.

Christian Briceño es un poeta al que no se le puede mezquinar su destreza formal y una meritoria habilidad para insuflarle inteligencia y densidad a sus poemas. Pero para la próxima debe evitar los facilismos en los que se cae mediante una mal entendida lasitud conceptual, el culteranismo infundado y sobre todo la incontinencia y profunda irregularidad que hieren la evaluación general de La trama invisible, defectos que hubiera podido conjurar un editor más atento: este es un tema en el que nuestras editoriales independientes todavía están en deuda.
   


   
PUNTUACIÓN:                    11,3

miércoles, 2 de octubre de 2013

Muchas quejas, ningún contentamiento

 
 
 
 
 
Marco Martos. Vértigo. Ediciones vicio perfecto vicio perpetuo, 2012. (Segunda edición, 2013) 60 páginas.
 
De los poetas surgidos en el Perú durante los años sesenta, Marco Martos (Piura, 1942) comenzó siendo uno de los de obra más valorable. Sus primeros libros, Casa nuestra (1965) Cuaderno de quejas y contentamientos (1969) y Donde no se ama (1974), recogían un lenguaje que amalgamaba con originalidad un elegante tono hispanista con la irreverencia y frescura de la poesía conversacional anglosajona muy en boga por ese entonces; la temática de sus textos –que iba desde las tribulaciones personales hasta los problemas políticos y sociales de su tiempo- era abordada con una visión pesimista y profundamente escéptica de la realidad, en la que era posible también encontrar resquicios para la efusión amorosa, siempre matizada por las pedestres dificultades cotidianas (como sucede en el hermoso poema Naranjita o en su clásico Muestra de arte rupestre) o contextualizada en el caos de una urbe deshumanizada (como es el caso de Por encargo o de Tu voz, por ejemplo).
 
En sus siguientes libros (Carpe Diem, 1979; El silbo de los aires amorosos, 1981) esta perspectiva cuestionadora de la realidad comenzó a desaparecer para darle paso a una serie de poemas en arte menor, centrados en la sonoridad, en exhibir un lenguaje elaborado y caracterizados por una inclinación a celebrar las relaciones amorosas, a la mujer o a lamentar el fin o la ausencia de ambas. Como alguna vez apuntó Luis Alberto Castillo, este rumbo tomado por Martos volvió su poesía menos interesante al suprimir en ella la crispada tensión y el inquieto afán exploratorio de sus primeros textos. Aunque eran libros menores, incluían algunos buenos poemas como Varona y varón o Hifalto.
 
Es luego de su último libro destacable (Cabellera de Berenice, 1990) que la obra de Martos empieza a caer en dos vicios de los que antes se había apartado con mucha cautela: la repetición y la incontinencia. De entregar seis libros a la imprenta en treinta años, pasó a publicar trece de 1999 hasta hoy: de Mar de las tinieblas hasta Vértigo, el libro que motiva esta reseña. A partir de Sílabas de la música (2002) para adelante los centenares de poemas que ha escrito Martos tratan los mismos temas de siempre (la desconfianza en el lenguaje, el ajedrez, la contemplación bucólica y el amor), pero cada vez de manera más formularia y convencional. Su poesía ha pasado así de la insatisfacción con la realidad que marca su primera etapa a la conciliación con el mundo en la segunda, para acabar siendo absolutamente inofensiva, domesticada y previsible en su último tramo.
 
 
 
En Vértigo esta situación llega al paroxismo. En medio centenar de poemas Martos se empecina con la misma receta de costumbre, cayendo en el lugar común, la obviedad y el mero aburrimiento, prácticamente sin excepciones. Esto se evidencia cuando trata el tópico de su relación con la palabra, como es el caso del poema Vaho: “Si es confuso / lo que brota / de tu corazón / cállate / hasta que reviente / la palabra (…) Guárdate los balbuceos / la jerigonza de los súcubos / limpia el lenguaje, límpialo / hasta que sea un diamante / o una gota de rocío / de la mañana / o el vaho que sale de los ollares / del caballo”. Cuando habla del amor romántico lo hace con una cursilería que haría sonrojar a Ramón de Campoamor: “A ese vértigo llamamos amor / a esa hebra de plata. / Tejemos la eternidad / con el deseo / y la carne chamuscada. / Lo que dura es el principio / que es inacabable / cuando lo sientes / es la palabra / que está a punto / de llegar a tu corazón vehemente / pero esta flecha, si llega ¡ay! / apenas te toca, / acaricia también a la muerte enamorada”. Como el poema que acabo de citar hay decenas muy similares en este libro. Y de ninguno de ellos es posible rescatar nada: cuando no claudican ante la falta de oreja de su autor (“mientras hablas y detienes tus palabras / el cielo se torna púrpura / y esa sangre se hace noche / y recoges tus bártulos / al tiempo que titilan las estrellas / y una rana croa en las aguas del estanque”) son tan ordinarios como cualquier poema de almanaque de a sol (Los grillos en cambio / cortan la noche / y las luciérnagas / trabajan desesperadas / pues tienen nostalgia / de los amaneceres / cuando descansan. / Teje tus palabras / de cristal y azurita / la belleza nace / con el sol / y baila con la luna encantada”.) Incluso llegan a incurrir en imperdonables pleonasmos (“Pero si flaquea / ¡ay! es como la sangre roja / que se derrama / y desaparece”).
 
Leer Vértigo completo es una tarea ingrata para cualquier lector que se respete un poco: es un poemario escrito con tanto conformismo, autocomplacencia y facilismo que uno se siente subestimado, mirado por sobre el hombro por un autor que hace tiempo dejó de ser un poeta para volverse un mero fabricante de versos al por mayor. Y es una verdadera lástima. Quizá el insatisfecho, exigente y autocrítico Marco Martos de los años sesenta le diría a los lectores del manso Martos de hoy que “no es bueno este baile, / no se engañen, intuyo trampa, veo trampa / cómo va a ser bueno esto”, como reza su lúcido poema Relaciones peligrosas. Yo también veo trampa; pero como es muy vieja y conocida, ya nadie puede caer en ella.
 
PUNTUACIÓN:                   6,1 / 20