lunes, 2 de junio de 2014

Perderlo todo


La pérdida (y otros poemas).  Paracaídas editores, 2014.

Considero necesario apuntar al comienzo de esta reseña la importancia que para mí encierra la obra de Jorge Frisancho (Barcelona, 1967) en el concierto de la poesía peruana última. Si las palabras no bastaran, vale recordar que sus dos primeros libros (Reino de la Necesidad, 1988; Estudios sobre un cuerpo, 1991) fueron incluidos en mi selección de 75 libros que todo interesado en la poesía peruana contemporánea debe leer, publicada el año pasado. En efecto:  muchos de los poemas que integran esas entregas destacan por su cuidado uso del lenguaje, la sutileza de las reflexiones y referencias que los estructuran, así como por la eficaz resolución de su escéptica y por momentos irónica relación entre las palabras y la ausencia y el vacío que no alcanzan a redimir.  No me parece exagerar si digo que Frisancho es uno de los pocos poetas realmente originales y valorables entre los surgidos a finales de los ochenta y principios de los noventas en el Perú, etapa que constituye, salvo las excepciones de rigor, un auténtico yermo para nuestra tradición lírica.

En el 2004, trece años después de la publicación de Estudios sobre un cuerpo, Frisancho regresó con Desequilibrios, un libro que ya delataba los límites de su poética. Lo que por momentos se vislumbraba en sus dos libros iniciales –cierta sequedad y frialdad en algunos pasajes, una intermitente monotonía y exceso de racionalidad en otros- aquí se convertía en incómodo protagonista. Se hacía evidente que el autor persistía en los hallazgos de sus textos pretéritos y que sus fórmulas se hallaban desgastadas y por ello mismo buena parte de sus poemas caía en una discursiva retorización que agotaba al lector demasiado pronto. Desequilibrios pudo haber sido un libro olvidable si no fuera por el largo, interesante y logrado poema final Correspondencias (poética del otro), que anunciaba la posibilidad de un nuevo camino: la renuncia a lo calculado y riguroso (“Juégate la lógica, compadre” anuncia desde el primer verso) para dejar paso a un libérrimo discurso exploratorio que en sus mejores momentos alcanzaba brillo y novedad. Proseguir esa ruta auguraba a Frisancho la posibilidad de renovar sus recursos formales y cerrar una etapa que daba señas inequívocas de agotamiento.

Ha pasado una década desde entonces. Jorge Frisancho reaparece ahora con La pérdida (y otros poemas), que, para quien escribe, significa una decepción sin atenuantes. Lo digo con el desaliento de quien inició su lectura esperando el buen regreso que tácitamente prometía el poema final de Desequilibrios. A pesar de su brevedad, La pérdida es un libro que se lee morosamente, con los obstáculos que ocasiona la aridez así como las continuas repeticiones y tiempos muertos que minan su discurso. El poemario ha sido trazado bajo una idea ambiciosa: abordar el siempre difícil tema de lo inasible de la memoria, los “hartazgos y limitaciones” de la palabra para aprehender el tiempo ido y los rostros e imágenes que componen nuestra historia personal y las distintas realidades para siempre cerradas que la forjaron y le dieron forma y sentido. El problema aquí es que Frisancho ha pretendido rescatar sus viejas armas para enfrentarse a tamaña tarea y estas no han estado a la altura de lo esperado.

El libro comienza bien, con una fuerza que luego se extrañará casi sin excepción en el resto de las páginas que siguen: “Pero díganme si no es verdad que aquí desaparecen / los furiosos fantasmas de la pertenencia / (los ceremoniales del estar, lo que ya ha sido) / y díganme que no es verdad que lo que se avecina / en el hallazgo de la piel es esta pérdida / de la piel que es ajena en  la memoria…”  Pero muy pronto se evidencian graves problemas. Frisancho nombra continuamente palabras como “pérdida”  “vacío” “inexpresable” “innombrable” y otras similares, adelgazando y anulando su significación e intensidad, sirviéndoles al poeta como comodines o atajos para evitar la elaboración de imágenes y escenas que puedan simbolizar o representar mejor las sensaciones e ideas que la sola mención de estos vocablos pretende concretar. Todo se siente demasiado fácil en estos textos, que por momentos, más que poemas, parecen opacos apuntes y puntuales reflexiones ayunas de cualquier aliento poético. Y cuando Frisancho, entre largos fragmentos meramente discursivos, pretende inscribir una imagen, los resultados no suelen ser buenos. Se cae en recursos bastante manidos (los “fantasmas de la pertenencia” luego se convierten, en otro poema, en los “fantasmas de la memoria”) y en giros que provocan que el oído dude y se sobresalte, no precisamente por el goce: “madrugadas andróginas y arteras”; “atávicos azores de la madrugada”; “estridencias desacomedidas”; “mesurables perspectivas oceánicas”; “aire impávido de sus ambivalencias”; “sincero desprenderse de sus trapacerías” por solo mencionar algunos desaguisados entre otros tantos.

Estos problemas arruinan poemas cuya concepción hubiera permitido mejores resultados. Por ejemplo, el poema Elegía a su madre, muchos años después, que tiene breves momentos de lucidez, sucumbe también ante la mala elección de las imágenes y la burocrática manera con que ha sido elaborado, salvo el final, en el que tardíamente aparece la turbulencia del conflicto con la memoria y la emoción con que se rememora al perdido ser amado. Lo mismo sucede con Lo que el cuerpo no dice todavía, donde encontramos cacofonías y lánguidas meditaciones como esta: “pero hubo espejos / y en ellos hubo rastros indiferenciados / de una emoción irreparable en su desasimiento / y nos supimos vivos en el pulso en que declinan / los inhábiles tropos de una geometría / estrictamente interior, multiplicados / en inestables infinitos adverbiales, cerca de su ser al pronunciarse / en el terreno tangible de la repetición”.

Hay pues, muy poco que salvar en La pérdida (y otros poemas), pero no por ello debe leerse esta reseña como una sentencia definitiva de culpabilidad. Es más bien un voto de confianza: Frisancho ha demostrado en más de una ocasión su versatilidad y talento para este oficio (basta leer su Plato vacío o Primera migración para atestiguarlo). En él queda recuperar el brío perdido, sumergirse en la autocrítica siempre necesaria, y decidir su andadura por un rumbo nuevo que le permita desarrollar sus siguientes proyectos más allá de la comodidad de lo ya conocido y conquistado.

PUNTUACIÓN: 8,2