domingo, 16 de marzo de 2014

Frozen



Santiago Vera. Libro de las opiniones. Paracaídas editores, 2014

 Este año poético 2014 se abrió con algunos buenos comentarios sobre el segundo poemario de Santiago Vera (Lima, 1987), Libro de las opiniones. No había leído su debut, Volúmenes silenciosos, publicado en el 2012, por lo que todo lo referido a este joven autor me resultaba una incógnita. Como los comentarios positivos provenían de gente que aprecio y respeto, me animé a comprarlo para ver si me unía al coro. No ha sido así.  La verdad es que el libro de Vera me ha resultado, para decirlo suavemente, una decepción. Y para decirlo duramente, un naufragio en el que hay muy pocos restos que salvar.

Libro de las opiniones quiere ser un agudo registro de la hiperconciencia del autor al momento de enfrentarse a la escritura, un fresco alarde de poesía del lenguaje, una audaz impugnación hacia la relación entre la palabra y lo que supuestamente nombra y representa. Pero realmente no es nada de eso. Es más bien un recetario de fórmulas aprendidas de poetas mayores que han transitado hace ya mucho tiempo (y con mejor fortuna) por esas mismas vías y posibilidades, una elemental reescritura de Montalbetti que reproduce sus hallazgos como si fueran simples relumbrones y juegos de palabras. Y es que parece sencillo escribir como Montalbetti, cuando es realmente una de las cosas más difíciles que hay. Si nos quedamos en lo epidérmico de sus logros es muy sencillo hacer en una tarde dos o tres poemas como los que aparecen en el libro de Vera. La tentación de seguir ese rumbo es grande, pero la línea que separa la conquista de nuevos territorios del simple acertijo vacío también es sumamente tenue.

Y es que, francamente, a estas alturas no podemos basar todo un libro en gastados recursos como los siguientes: “No te entiendo. Tú me dices que la llanta es verde. Yo te digo que el cielo es azul. De pronto, se te desata el llanto. No te entiendo. De verdad quisiera, pero no puedo. Tú me has dicho a las 11 y 45 con 23 segundos que la llanta es verde. Yo te he dicho a las 11 y 45 con 25 segundos que el cielo es azul. Pero lo mío no ha sido una respuesta, menos una voluntad de corrección. Ha sido simplemente un comentario. La llanta no es verde, yo lo sé. Ese no es mi problema. (…)”; “Me alcanzan las ganas de escribir correcto. Con puntos, con comas, como se debe, con punto y coma; por ejemplo: dos puntos. Empiezo la oración en mayúscula y digo sobre los renglones: el niño juega en el jardín. El niña aprende a escribir con ayuda de los renglones (…)”; “Esta es una oración. Esta es la constatación de dicha oración. Esta es una oración que sucede a dos anteriores. Esta es solamente una pausa./ Esto es como comenzar desde cero. Esta es la corrección de lo que sostuvo la anterior. Esta es el contenido de la anterior. Esta es el contenido de lo anterior. Esta es solamente una pausa (…)” La reiteración de estas argucias y otras igual de trajinadas le resta cualquier intensidad a Libro de las opiniones, lo convierte en un gélido catálogo de efectos y artificios que hace morosa y pesada su lectura, lo cual se agrava cuando el libro es tan amplio –unos sesenta poemas- y hay tan poco que decir. Cuando llegué al último tercio del poemario estuve a punto de ser doblegado por tanto mecanicismo, tanto verso tiritante, por esa voz terca en su tono monocorde. La consigna de este proyecto excesivamente discursivo es no elaborar una imagen a menos que las circunstancias le pongan al autor una pistola en la sien: para evitarla siempre estarán la ocurrencia, el rizo semántico o trucos tan obvios, tan revistos, como dejar una página en blanco y colocar en medio “estoy normal”.   

Ni siquiera puede decirse que este discurso al menos descanse en un ritmo que lo haga fluido y nos envuelva: la música que prima en estos poemas es la que produce la correlación de premisas que desemboca en una conclusión y tiene como coda una sentencia: “Pienso que si no hubiera habido un haber, tampoco habría habido un haber habido. Esto porque si bien ha estado habiendo y sigue habiendo ahora, nadie sabe si el mañana es subjuntivo o future simple. Yo no sé si habrá, si va a haber, o si simplemente habría o hubiera podido haber”. Y si no emocionan, tampoco conmueven intelectualmente. Por lo menos en mi caso me ha resultado muy arduo sentirme estimulado por versos como “Yo me encuentro, vamos a ver (¿cómo decirlo?) machiguenga por el nombre, wachipato porque es el nombre de una ciudad”; “Los términos de una relación son cosas cuando se piensan e inflorescencias cuando se ven. Cuando veo una hormiga y un mar pienso en la hormiga y el mar. Cuando pienso en la hormiga y el mar, veo una hormiga y un mar. / Esas vellosidades, pajas de lo Inmenso. / Esas vellosidades, mensurables, pero crujientes”; “El campo es verde porque el cielo es azul. Si el campo no fuera verde, el cielo no sería azul, sino de algún otro color. Si fuera de algún otro color, el campo no sería verde., y por lo tanto el cielo no sería azul”.  

Más allá de lo dicho, hay algunos momentos, lamentablemente muy contados, en los que Santiago Vera olvida desplegar su arsenal pirotécnico y se abandona a algunos momentos de verdadera poesía: “la rata osciló entre lo que es ser una rata y lo que significa otra cosa, y por eso su actividad es contradicción y mescolanza. Había una rata, no la vi, no la supe, simplemente estaba. Han soltado las ratas del acontecimiento”. Esas intermitencias dejan entrever una propuesta que ojalá lo aleje del callejón sin salida que es Libro de las opiniones, cuyos poemas –disculpen la boutade- parecen hechos especialmente para contentar al comité editorial de Hueso Húmero.


PUNTUACIÓN: 8,1 / 20

2 comentarios:

  1. Joven poeta de la PUCP16 de marzo de 2014, 19:56

    Yrigoyen, me sorprende tu reseña. Pensaba leer el libro de mi pata Vera, pero seguiré leyendo a T S Eliot. unos versillos del vate inglés: ven perrito, ven, no te pierdas en el bosque, ven, perrito, que yo soy tu perro papá.

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