lunes, 18 de noviembre de 2013

Ni con la ayuda de Dios





Diego Miró Quesada Mejía. De Dios, el hombre y otros poemas. Mesa Redonda. 153 páginas. 2013


Valorado por algún crítico como uno de los escritores jóvenes más originales y versátiles de los últimos años, Diego Miró Quesada Mejía (Lima, 1986) ha publicado hasta este momento dos libros de poemas. El primero, Renacer (2011), no he tenido la oportunidad de leerlo. El segundo, De Dios, el hombre y otros poemas, ha aparecido recién en librerías, y, motivado por los elogios de los que ha sido objeto, decidí adquirirlo y ver qué pasaba. En la contraportada se anuncia que “vemos a un Miró Quesada maduro, pero trabajando sobre los mismos temas: dios, existencia, divinidad, eternidad.” Eran palabras mayores. Luego de consumirlo, puedo decir que mi experiencia como lector de  este poemario fue más allá de lo que hubiera imaginado. Y no lo digo en el buen sentido.     

Es cierto que Miró Quesada explora esas inmensas preguntas celestes, además de otros grandes temas, como el racismo, la segregación, el erotismo y la soledad del hombre en un mundo cada vez más tecnologizado. El gran obstáculo para estos propósitos es que el autor carece de los más elementales recursos para realizar esta gran tarea. Para graficarlo de alguna manera, es como pretender hacer frente a un tanque ruso con una pistola de agua. Vacía.

Empecemos por el tema central del libro: el hombre y su relación con la divinidad. Miró Quesada toca el tema en base a una larga serie de poemas en arte menor, donde nos topamos con obviedades de este calibre: “Dios le dijo al hombre / que lo haría muy feliz. / Hasta el día de hoy / sigue esperando su promesa”, o breves fábulas bastante insulsas, para decirlo suavemente: “Dios perdió su tarjeta de crédito / y no pudo comprar en la tierra. / Fastidiado, regresó al reino celeste / y le pidió un préstamo a María. / Como no pudo conseguirlo / quedó apenado el resto de sus días”. “Dios compró vino para Baco / y quedó endeudado hasta la coronilla. / Al ver su triste situación /  pidió prestado al hombre tres reales, / pero no se los entregaron. Sigue endeudado hasta la coronilla”.    

Y esto es lo mejor del poemario. Porque cuando leí lo que Miró Quesada escribe sobre las injusticias sociales me pareció que de pronto estaba embarcado en un viaje hacia lo más profundo de las comarcas del humor involuntario. Por ejemplo, “Al pequeño mestizo” parece hechura de un encopetado poeta del XIX, y no precisamente de los buenos: “Pequeñuelo mestizo de la alberca / peruana, / pequeñuelo mestizo de triste / atuendo azulejo / pequeñuelo mestizo / que como cholo han consagrado / escucha lo que tengo que decirte / en tus oídos que han degradado: (…) ¡ay mestizo! ¡ay mestizo de triste llanto! / ¡Ay mi mestizo del Perú! / Tu porte quijotesco resalta bajo la lluvia / igual que los gorriones que pican a la deriva”. No es menos desconcertante el “Poema a los hombres marginados del Perú”, que comienza así: “Vocero que el altavoz utiliza / para llamar a todo el ganado terrícola / a ti te invoco para hacer una plegaria fugitiva: / deja que me vaya del Perú / deja que me vaya a los lindares de España / o la tierra del Chapulín Colorado / a otro territorio donde el blanco se coma al indio”.      

Pero donde Diego Miró Quesada pierde sin atenuantes es cuando toca el tema erótico. Esos poemas sobre los cuerpos femeninos y la lascivia son sencillamente impublicables, como lo sería cualquier texto escrito por un incontinente alumno de secundaria en la pared de un baño. Esto no es una exageración de mi parte. Leamos, como prueba de lo que sostengo, el fino poema “Vistoso popó que la erección ha motivado” que dice así: “Vistoso popó que la erección ha motivado / yo te aliento con el fusil y el casco / que resguardo detrás del frente // melindrosa es tu movida // y escrupuloso tu acento triste / mas detrás de tu recta raya / se esconde el abrupto goce / hay una alameda de santos canes / que gruñen a tus dos cachetes / seré yo tu protector gallardo / seré yo tu protector de noche”. El libro termina con un poema a la masturbación (que considerando los poemas que hemos leído, podría hacer de arte poética): “Intrépido almanaque/ de cuerpo curvilíneo / he quedado prendido / de tu porte doncellezco / de tu gallarda figura hembril / de tu roce imaginario (…) tus pechos fríos en la pared / son una imagen detrás de mi cama / la misma que mojo todas las noches”.

De Dios, el hombre y otros poemas es, sin lugar a dudas, uno de los peores libros de poesía que han aparecido este 2013. No comprendo cómo una editorial puede publicar un conjunto de tan escasa calidad, escrito con un lenguaje plano y limitadísimo y repleto de textos bochornosos, e incluso con faltas de ortografía (por ejemplo, en el poema Ilusión, página 14: “Haz dejado tus funciones / y vas a pagar la deuda correspondiente”) Pero menos comprensible me parece todavía que haya críticos que puedan elogiar y recomendar entuertos como este. En serio.    

  


PUNTUACIÓN:        1,4 

11 comentarios:

  1. Vistoso popó y otros popoemas

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  2. Con textos de este irrisorio calibre, creo que sí quedaría justificada la quema de libros!!!

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  3. Hey Yrigo
    puta que quesesto bró?
    es una joda, no?
    pero no sorprende que Mesa Redonda publique esta clase de esperpentos, billegas manda

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  4. Este debe ser el discípulo más aventajado de Winston Orrillo...

    A propósito, JC, este patín (el "poeta" teológico) se parece al hijo de "Mamma Roma" de Pasolini. Aunque sea dale medio punto más por eso, pe.

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  5. Es cierto, se parece a Ettore Garofalo. Pero eso no da puntos en mi tabla.

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  6. Me estás hueveando, eso no existe. Porque no existe ¿verdad?

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    1. Miguel Angel, sé que es difícil de creer, pero sí, existe. Puedes adquirirlo en Librerías Epoca y Crisol.

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    2. Y en la Librería PUCP. Bueno para comprarlo y hacer trueque, con los venezolanos, como PH por TVs Plasma.

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  7. No he leído todo el libro, pero con esos versos como ejemplo de "cómo no se debe escribir" me basta.

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  8. Ezra Pound sostenía que para ser buen poeta uno necesita un buen detector de mierda. Yrigoyen, si patentas tu detector puedes hacerte millonario con tanto reseñador,con ínfulas de crítico, que lo compraría.

    Alberto Escobar

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