jueves, 14 de noviembre de 2013

El viejo saurio en la laguna



Abelardo Sánchez León. Grito en el agua. Paracaídas, 2013. 88 páginas.

 A veces escribir una reseña puede resultar también un ejercicio de memoria. Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) acaba de publicar un nuevo libro y yo me pregunto en qué tarde de mediados de los años noventa lo descubrí, qué fue lo primero que leí de él. Ahora recuerdo: fueron los poemas de su primer libro, Poemas y ventanas cerradas de 1969. Esos primeros textos ya delineaban lo que iba ser su poesía de madurez: evocadora, de corte narrativo, dirigida por un yo poético inseguro, vulnerable, impúdico, aquejado por un malestar existencial, fascinado por la marginalidad e incapaz de aceptarse como parte de la clase social donde nació. La impresión que me dejó ese libro debió ser muy positiva, porque luego me dediqué a buscar todo lo que Sánchez León había escrito en verso. Así llegaron a mis manos Habitaciones contiguas, de 1972, Rastro de caracol de 1975 –quizá su mejor libro- y Oficio de sobreviviente, de 1980. En sus páginas somos testigos del desarrollo de su personaje, cantor de la mediocridad, de la derrota en todos los frentes, que rememora la gloria de la infancia y la juventud acomodada  –como sucede en poemas muy hermosos como Juegos de luces y Estíos /Hastíos- desde el “fondeado infierno” de la clase media, ambientada en pequeños departamentos, en matrimonios sumergidos en el tedio, en la indignidad de los oficios mal retribuidos, todo ellos como telón de fondo de la constante y atormentada consciencia del error y del fracaso. Los estimables logros expresivos de estos libros fueron bien resumidos por Roger Santiváñez, quien afirmó en alguna ocasión que “habían sido escritos en el paraíso”, utilizando una elogiosa frase que Allen Ginsberg dedicó a las obras de sus compañeros beats.

Los poemarios publicados en los ochenta (Buen lugar para morir, 1984; Antiguos papeles, 1987) forman parte de la etapa menos feliz de su obra. En estos dos libros se hacen más patentes las debilidades que se entreveían en sus entregas anteriores: caer por tramos en la mera prosa versificada y una tendencia a ser demasiado explicativo, lo que terminaba malogrando en ocasiones poemas que hubieran sido redondos con dos o tres páginas menos (cosa frecuente también en Rastro de caracol o Habitaciones contiguas). En general, Sánchez León ha sido un mal editor de sus textos, y ha echado a perder así buenas ideas al aspirar a la elaboración de grandes poemas que terminan siendo fallidos a causa de una mal entendida ambición por lo totalizador o por lo complejo (el caso paradigmático de lo que afirmo es un larguísimo poema de dieciséis partes incluido en Buen lugar para morir, titulado La historia del almirante Miller de Rowcroft, del almirante Guisse y del almirante Cochrane, el lord, intento de hacer un gran fresco sobre el colegio Markham y su prosapia inglesa, quizá uno de los grandes fracasos de su poesía.) Sin embargo, los libros aparecidos posteriormente, Oh túnel de la Herradura (1995) y El mundo en una gota de rocío (2000), son bastante mejores, están integrados por poemas de buena y hasta excelente factura, aunque no alcanzan el nivel de los poemarios publicados en la primera etapa de los años setenta. Si algo es posible afirmar de la obra de Sánchez León, es que usualmente los méritos suelen primar sobre lo impugnable y negativo.

 Su último libro, Grito en el agua, no escapa a esta propensión. Es un volumen trabajado con rigor, inteligencia y una meta conceptual clara, lo cual diferencia a Sánchez León de otros poetas de su generación que se contentan con publicar de cuando en cuando un librito flatulento con el único objetivo de dar señales de vida en la asamblea literaria. Estilísticamente emparentado con Oficio de sobreviviente –versos largos donde el yo poético se ausculta y lacera desde la primera y la tercera persona, con un ritmo contenido y un discurso donde la ironía y dolor son plasmados con un seco desencanto-, Grito en el agua se diferencia de aquel libro en que ya no explora las tribulaciones y amarguras del mesócrata vencido por el ennui existencial, sino los reflexiones y desalientos del poeta de tercera edad que se refugia en la natación como el último baluarte frente a un mundo que ya no es suyo, no comprende y en el que ya no se mueve con soltura debido al declive físico que lo aqueja, pero que entre las aguas consigue una relativa redención para su decadencia. La vejez que aquí se perfila no es ni orgullosa ni digna, sino motivo de soledad y ocultamiento: “Acostumbra llegar después de los entrenamientos / de los muchachones, de las doncellas, las chicas / las algarabías, los silbatos, las ordenanzas / y de aquella repetición indefinida de ejercicios. / Llega rengo, con dos o tres heridas graves, / algunas cicatrices, magulladuras / y un par de traumas que prefiere retener / en cada uno de los empujones por si le da por atorarse”, incidiendo en sus más patéticos rasgos exteriores: “Si hasta puede dar risa: verse así, tan seriote / bajo ese gorro y esos anteojos en plena edad de la decadencia. / Bordea la edad en que se ralea todo. / Le cuelgan las cosas del cuerpo; / pierde su sitio su ubicación y distancia.” Esta resignación no le impide despreciar a los que padecen su misma circunstancia –al fin y al cabo espejos de sí mismo- y envidiar la juventud de los cuerpos ajenos que se bañan en las mismas aguas: “Le incomoda compartir su carril con otro vejete. / Tiene la suerte, raras veces, es cierto, de que una muchacha en bikini le recuerde / la manera en que un vientre liso, unos muslos duros (…) / avancen en esa agua transparente / con la velocidad de una locomotora submarina”. Los poemas que conforman esta perspectiva de quien transita más allá de la mitad del camino de la vida están muy bien ejecutados (destacan el que da el nombre al libro, Déjalo ir y Agua cansada), con refrenamiento y rechazo al miserabilismo, aspectos que marcan la trayectoria poética de Sánchez León desde su debut.

Grito en el agua flaquea en los poemas que se distancian de sus motivaciones centrales y ceden a la nostalgia por ese mundo ya clausurado de la infancia que se mantiene a duras penas en la memoria. Estos poemas –El maletín, Las mesas, The boxer- no añaden nada a lo que ya se ha dicho, de maneras muy semejantes, en los libros anteriores, y tienen el problema de ser innecesariamente extensos y redundantes. Pero estos son defectos menores de un libro muy satisfactorio que ratifica la vigencia de una de las poéticas más personales y eficientes de la generación del setenta.  

        
  PUNTUACIÓN: 13,4   

2 comentarios:

  1. EL MUNDO EN UNA GOTA DE ROCÍO es un buen libro
    ¿Para cuándo la reseña de Lauer?

    ResponderEliminar
  2. El mundo en una gota de rocío es un buen libro, como apunté. Sobre lo de Lauer, está en lista de espera.

    ResponderEliminar