lunes, 4 de noviembre de 2013

El eterno retorno de Miguel Ildefonso




Miguel Ildefonso. Escrito en los afluentes. La Ronda, Tegucigalpa, 2013. 77 páginas.

Cuando hablamos de Miguel Ildefonso Huanca (Lima, 1970) no solo nos referimos al  autor de una de las poéticas más importantes de los años noventa, sino también de uno de los que mejor comprendieron e interpretaron el significado de aquellos años turbulentos en que su poesía y la de sus compañeros de oficio comenzó a desarrollarse. Esto, sumado a sus  apreciables aciertos formales y las personales reelaboraciones de mitos y personajes literarios, de la música o de otras disciplinas en el Perú y el extranjero, hacen de la suya una voz que en sus tramos más iluminados llega a alturas que pocos poetas de su generación han logrado alcanzar. Sin embargo, no es menos cierto que libro a libro estos logros cada vez son menos frecuentes, pues luego del buen comienzo que significaron sus tres primeros poemarios (Vestigios, de 1999, Canciones de un bar en la frontera (2001) y Las ciudades fantasmas, del 2002) las siguientes entregas de Ildefonso han sido sumamente irregulares, apelan continuamente al éxito de los hallazgos de sus volúmenes iniciales y se vuelven reiterativas al utilizar los mismos recursos hasta agotarlos del todo, e incluso más allá todavía.

Vestigios fue un prometedor debut donde ya se percibían algunas de las obsesiones que luego se convertirían en los ejes de la producción de Ildefonso: explorar el acto poético como una búsqueda de la trascendencia, retratar la podredumbre, miseria y el caos de la Lima contemporánea y  recrear, con grandes licencias, la turbulenta vida de sus artistas más preciados (en este caso Víctor Humareda y Martín Adán), situándolos en el centro mismo de ese infierno urbano. En Canciones de un bar en la frontera, su libro más importante, aparece otro de sus motivos mayores: el desierto texano y las poblaciones que se desarrollan dentro de él. Finalmente, en Las ciudades fantasmas Ildefonso asume un enfoque más depurado de los temas de su primer libro, incidiendo en el diálogo vital e intelectual con sus influencias literarias, como son Baudelaire, Holderlin y Rimbaud, o musicales, como Bob Dylan y Pink Floyd, referentes que a la vez son el refugio del poeta dentro de la monstruosa urbe donde habita y que amenaza con devorarlo entre sus calles y tugurios.

Es a partir de su cuarto libro, M.D.I.H (2004), en que su obra comienza a repetirse. M.D.I.H. Sería perfectamente prescindible si no fuera por su estupendo poema de apertura, El dolor. Los demás poemas son claramente subsidiarios de aquellos que exploran la marginalidad callejera en Canciones de un bar… y Las ciudades fantasmas. No agregan nada al imaginario de Ildefonso, y en gran parte no son otra cosa que la desordenada y descolorida acumulación de las visiones sórdidas del poeta solitario paseando por las entrañas de una ciudad decadente, además de cansinas invocaciones a personajes literarios como Tzara, Lowry, Mishima y Lucho Hernández que, como en todos los poemarios anteriores, vagabundean en busca de iluminaciones y excesos por la noche limeña.

Los siguientes libros de Ildefonso (Heautontimoroumenos, Himnos, Los desmoronamientos sinfónicos, Todos los trágicos desiertos, Dantes y Libro del exilio, escritos entre el 2005 y el 2012) comparten una similar circunstancia con los más recientes del poeta setentero Enrique Verástegui: son conjuntos excesivamente desiguales donde siempre encontraremos un puñado de buenos poemas que ameritan el paciente buceo entre montañas de material menos noble. A esto hay que sumarle que todos estos conjuntos, con la excepción de Heatontimoroumenos –densos poemas de indagación neobarroca- son casi reelaboraciones de sus tres libros canónicos: en Himnos y Los desmoronamientos encontramos a Canciones de un bar… y a Las ciudades fantasmas; Todos los trágicos desiertos es una apostilla a la primera parte de Canciones de un bar… y en Dantes volvemos a encontrar a Humareda, los paisajes de El Paso y a la Lima de los extrarradios de todos sus demás libros, plasmados con el mismo estilo –versos largos, tendientes a lo narrativo, llenos de descripciones de la decadencia urbana y de demostraciones de la autoconsciencia del poeta- una y otra y otra vez.

Escrito en los afluentes, su último poemario, no escapa, en ninguna de sus páginas, a este problema. La sensación de deja vu al leerlo es constante: uno tiene la impresión de haber leído estos poemas en los libros que ha publicado Ildefonso anteriormente, y no por segunda, sino por tercera o cuarta ocasión. Es difícil hablar de Escrito en los afluentes como un nuevo libro, porque en realidad no hay ninguna novedad en él. Es una enésima variante de lo que ya estaba escrito y bien escrito en Canciones de un bar. Aquí nos volvemos a encontrar con los poemas al desierto de El Paso, los héroes personales del poeta –Withman, Poe, Jim Morrison, Martín Adán, Holderlin, etc.- vagabundeando por las calles de Estados Unidos o de Europa, otra vez con las mismas odas a los bares y hoteles donde el yo poético se refugia al caer la noche. Hemos llegado al límite en que ya no podemos juzgar la poesía de Ildefonso como buena o como mala (en realidad, es raro que Ildefonso haga un poema malo) sino como un discurso redundante, gastado y que en algunos textos ya no es más que la caricatura de sí mismo. Por eso  Escrito en los afluentes me parece irreseñable: no hay nada en él que pueda hacerme considerarlo un libro en sí, sino una insulsa colección de refritos absolutamente indistinguibles de lo que ha hecho antes, en todo sentido. Quizá Miguel Ildefonso ha elegido hacer carrera antes que hacer poesía. Es su elección, muy respetable por cierto. Los que salimos perdiendo en esa decisión, lamentablemente, somos sus lectores, que extrañamos a ese muy buen poeta que en sus primeros libros prometía una obra sólida y renovadora y que hoy parece extraviado en una perniciosa autoindulgencia.      

  PUNTUACIÓN: sin valoración.    

10 comentarios:

  1. Hey Yrigo, ta que bro, ahora sí sacaste el látigo. Nuestro querido Ildefonso es un buen poeta, pero ya no debería repetirse.
    Saludos desde Condevilla

    ResponderEliminar
  2. Habría que leer el libro para notar si realmente es inreseñable. Quizás los jurados que le dieron el primer lugar en el concurso internacional de poesía de Tegucigalpa (entre más de 800 poemarios participantes de todo el mundo) estuvieron distraídos. Este reconocimiento me motiva más a leerlo que a dejar de hacerlo por un comentario que no pretende, en sospechosa retórica, llegar a ser reseña.

    ResponderEliminar
  3. Estimado amigo anónimo, por supuesto que usted puede estar en desacuerdo con mi postura (aunque créame, no tiene nada de sospechosa como usted quiere creer). Lo que sí le recomiendo es que no se deje llevar por los resultados de los premios, pues con ese razonamiento Bayly es igual que Bolaño por haber ganado el premio Herralde. Un abrazo fraterno y no deje de leerme.

    ResponderEliminar
  4. Nada nuevo hay bajo el sol, pero los árboles no dejan de ser bellos por mirarlos más de una vez.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es usted un poeta. Siga así. Ya no nos quedan muchos.

      Eliminar
    2. Pero hay árboles que lamentablemente dejan de darnos frutos en cierto momento.

      Eliminar
  5. El poeta que pretenda ser original, debe reflexionar mucho su trabajo, porque sino puede hallarse en un paraje en blanco y negro. No hay que apresurarse por tanto para abrir nuevas puertas, ni pretender que todos los poemarios sean originales. Como dijo Plino el Viejo: "No hay mal libro que no contenga algo bueno".

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. De acuerdo. Recordemos, eso sí, que no es falta de novedad lo que se le critica al libro, sino el insistir con un lenguaje y una temàtica que ya ha sido agotada hace tiempo en los siete libros precedentes. saludos.

      Eliminar
  6. no hay nota para Ildefonso?
    dijiste que de 0 a 20 era bien sencillo...


    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mis razones para no calificar esta vez están recontra claras en la reseña. El que tenga ojos para leer, que lea.

      Eliminar