miércoles, 2 de octubre de 2013

Muchas quejas, ningún contentamiento

 
 
 
 
 
Marco Martos. Vértigo. Ediciones vicio perfecto vicio perpetuo, 2012. (Segunda edición, 2013) 60 páginas.
 
De los poetas surgidos en el Perú durante los años sesenta, Marco Martos (Piura, 1942) comenzó siendo uno de los de obra más valorable. Sus primeros libros, Casa nuestra (1965) Cuaderno de quejas y contentamientos (1969) y Donde no se ama (1974), recogían un lenguaje que amalgamaba con originalidad un elegante tono hispanista con la irreverencia y frescura de la poesía conversacional anglosajona muy en boga por ese entonces; la temática de sus textos –que iba desde las tribulaciones personales hasta los problemas políticos y sociales de su tiempo- era abordada con una visión pesimista y profundamente escéptica de la realidad, en la que era posible también encontrar resquicios para la efusión amorosa, siempre matizada por las pedestres dificultades cotidianas (como sucede en el hermoso poema Naranjita o en su clásico Muestra de arte rupestre) o contextualizada en el caos de una urbe deshumanizada (como es el caso de Por encargo o de Tu voz, por ejemplo).
 
En sus siguientes libros (Carpe Diem, 1979; El silbo de los aires amorosos, 1981) esta perspectiva cuestionadora de la realidad comenzó a desaparecer para darle paso a una serie de poemas en arte menor, centrados en la sonoridad, en exhibir un lenguaje elaborado y caracterizados por una inclinación a celebrar las relaciones amorosas, a la mujer o a lamentar el fin o la ausencia de ambas. Como alguna vez apuntó Luis Alberto Castillo, este rumbo tomado por Martos volvió su poesía menos interesante al suprimir en ella la crispada tensión y el inquieto afán exploratorio de sus primeros textos. Aunque eran libros menores, incluían algunos buenos poemas como Varona y varón o Hifalto.
 
Es luego de su último libro destacable (Cabellera de Berenice, 1990) que la obra de Martos empieza a caer en dos vicios de los que antes se había apartado con mucha cautela: la repetición y la incontinencia. De entregar seis libros a la imprenta en treinta años, pasó a publicar trece de 1999 hasta hoy: de Mar de las tinieblas hasta Vértigo, el libro que motiva esta reseña. A partir de Sílabas de la música (2002) para adelante los centenares de poemas que ha escrito Martos tratan los mismos temas de siempre (la desconfianza en el lenguaje, el ajedrez, la contemplación bucólica y el amor), pero cada vez de manera más formularia y convencional. Su poesía ha pasado así de la insatisfacción con la realidad que marca su primera etapa a la conciliación con el mundo en la segunda, para acabar siendo absolutamente inofensiva, domesticada y previsible en su último tramo.
 
 
 
En Vértigo esta situación llega al paroxismo. En medio centenar de poemas Martos se empecina con la misma receta de costumbre, cayendo en el lugar común, la obviedad y el mero aburrimiento, prácticamente sin excepciones. Esto se evidencia cuando trata el tópico de su relación con la palabra, como es el caso del poema Vaho: “Si es confuso / lo que brota / de tu corazón / cállate / hasta que reviente / la palabra (…) Guárdate los balbuceos / la jerigonza de los súcubos / limpia el lenguaje, límpialo / hasta que sea un diamante / o una gota de rocío / de la mañana / o el vaho que sale de los ollares / del caballo”. Cuando habla del amor romántico lo hace con una cursilería que haría sonrojar a Ramón de Campoamor: “A ese vértigo llamamos amor / a esa hebra de plata. / Tejemos la eternidad / con el deseo / y la carne chamuscada. / Lo que dura es el principio / que es inacabable / cuando lo sientes / es la palabra / que está a punto / de llegar a tu corazón vehemente / pero esta flecha, si llega ¡ay! / apenas te toca, / acaricia también a la muerte enamorada”. Como el poema que acabo de citar hay decenas muy similares en este libro. Y de ninguno de ellos es posible rescatar nada: cuando no claudican ante la falta de oreja de su autor (“mientras hablas y detienes tus palabras / el cielo se torna púrpura / y esa sangre se hace noche / y recoges tus bártulos / al tiempo que titilan las estrellas / y una rana croa en las aguas del estanque”) son tan ordinarios como cualquier poema de almanaque de a sol (Los grillos en cambio / cortan la noche / y las luciérnagas / trabajan desesperadas / pues tienen nostalgia / de los amaneceres / cuando descansan. / Teje tus palabras / de cristal y azurita / la belleza nace / con el sol / y baila con la luna encantada”.) Incluso llegan a incurrir en imperdonables pleonasmos (“Pero si flaquea / ¡ay! es como la sangre roja / que se derrama / y desaparece”).
 
Leer Vértigo completo es una tarea ingrata para cualquier lector que se respete un poco: es un poemario escrito con tanto conformismo, autocomplacencia y facilismo que uno se siente subestimado, mirado por sobre el hombro por un autor que hace tiempo dejó de ser un poeta para volverse un mero fabricante de versos al por mayor. Y es una verdadera lástima. Quizá el insatisfecho, exigente y autocrítico Marco Martos de los años sesenta le diría a los lectores del manso Martos de hoy que “no es bueno este baile, / no se engañen, intuyo trampa, veo trampa / cómo va a ser bueno esto”, como reza su lúcido poema Relaciones peligrosas. Yo también veo trampa; pero como es muy vieja y conocida, ya nadie puede caer en ella.
 
PUNTUACIÓN:                   6,1 / 20
  

10 comentarios:

  1. al joven de breña lo apruebas , a los viejos los mandas a hacer su vacacional

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  3. No pues amigo anónimo. No jalo a los viejos por ser viejos ni apruebo a los jóvenes por ser jóvenes (o ser de Breña). Lo que sucede es que Fernández ha escrito un libro bueno y Martos... bueno, Martos ha escrito uno bastante malo. Nada más.

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  4. celebro este blog, preciso para este contexto de bombos y platillos en el que se mueven actualmente los "prestigiosos" de la palabra; saludable por su objetividad y transparencia. espero sigan más entregas, la crítica es todo un arte y en este país decadente de arte y crítica, ansioso de autocomplacencia y gloria injustas, la decencia, la dignidad y el silencio son a veces las mejores armas que tiene la literatura.
    James Quiroz.

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  5. La crítica se hace necesaria en un país sin crítica, quizás no es que no hayan buenos poetas en estos tiempos, sino que no existen buenos lectores, críticos inteligentes y valientes que divulguen un poco más de lo bueno que va saliendo dentro del marasmo de malos escribas que aparecen en la escena literaria peruana.

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  6. Felicitaciones, Per Vert, por fin veo (leo) crítica literaria, argumentada, no adjetivada. Eso va al margen de que se trate de un libro de Marco Martos o de cualquier poeta joven. El esfuerzo de un crítico es intentar aproximarnos a su interpretación con la objetividad que has demostrado (Tulio Mora).

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    1. ¿Objetividad? Lo que hace Yrigoyen, y es su mayor valor, es dar una lectura personalísima de los libros que lee. Y en cuanto a los adjetivos, la reseña está llena de ellos, y eso no es tan importante como cree el tío Mora. Lo importante es que los adjetivos sean precisos, y lo son, y que la reseña aunque sea claramente subjetiva, convenza de que el libro ha sido bien comprendido y evaluado por el reseñista. Sin duda el tío Mora es un gran poeta de Hora Cero. Felicitaciones por el blog, señor Irigoyen.

      Feliciano.

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  7. Bueno bonita manera de disparar dardos y te aplauden lo que quisieron hacer cargamontón antes del homenaje osea tres gatos y tú. Los mismos de siempre. Bueno su obra habla por ustedes, los últimos de la fila

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  8. Me gusta cuando se toman las reseñas con deportividad. También cuando los editores hacen su papel y no editan cualquier cosa por el nombre del autor. Un abrazo.

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  9. Jacques Ranciere ha afirmado de algunas escrituras poéticas que son "palabras mudas". Te felicito Yrigoyen, por tu perspectiva analítica que puede encontrar en nuestra tradición casos semejantes. No es un asunto personal contra nadie, pero lo que más requiere un poeta es una opinión sutentada y bien intencionada, como diría Antonio Machado.
    Armando Zubizarreta

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