lunes, 14 de octubre de 2013

La tentación del vacío




Christian Briceño. La trama invisible. Paracaídas Editores. 101 páginas.

El año pasado apareció Breve historia de la lírica inglesa, primer libro de Christian Briceño (1985), en el que se vislumbraba a un autor dueño de un oficio poco común en nuestra poesía reciente, pero que a la vez adolecía de las mismas limitaciones que estamos acostumbrados a ver en los autores de la última hornada: un notorio conservadurismo que induce a confundir el poema con el ejercicio de estilo. Briceño demostraba que podía hacer buenos textos, muy correctos formalmente, pero donde no encontrábamos una sola marca de la presencia de un autor, de algo que se parezca a una voz personal, sino los artefactos de un esforzado, profesional y anónimo artesano, colocados en fila a lo largo de una mesa de exposición.

Leyendo su último libro, La trama invisible, tengo la impresión de que Briceño parece haber meditado sobre los límites de su primera entrega y haberse propuesto un proyecto radicalmente distinto, donde pudiera contar con un espacio de mayor libertad expresiva y lo fragmentario, multigenérico y miscelánico tuvieran cabida. Poemas propiamente dichos, prosas, páginas de diario, citas, reflexiones sobre lo literario y extraliterario, así como apuntes sobre la más llana cotidianidad se confunden en un calculado desorden en el que Briceño desea forjar un personaje poseedor de un cultismo cool que expone con igual desparpajo sus masturbaciones vespertinas como sus irreverencias con las obras y los escritores que consume e interpela.

Lo primero que debo decir es que si en Breve historia de la lírica inglesa se extrañaba el atisbo de una voz propia, aquí Briceño la consigue y la exhibe con innegable soltura. Como muestra de ello está el apreciable poema I (“Y mientras convalecía de una rara enfermedad, especulaba con más turbación con el alcohol. Y pensé que quizá mi actitud le era dolorosa a Dios. Señor, sé que no he sido el mejor de tus hijos. Pero también tengo en claro que te alimentas de mis yerros. Qué sería del mundo sin pecadores. Una esfera impoluta, una landa de decrepitudes, lo estático, lo puramente conjetural.”), o el número XXV (“Los galeotes no tienen relojes que les indiquen la hora de su muerte, ni su salvavidas, ni cuencos de plata dónde depositar el agua salada que brota de sus oídos y narices. // Hay un dicho popular entre los galeotes: “Asegúrate de estar vivo antes de acostarte. Asegúrate de estar muerto antes de morir”, // Los galeotes no tienen tiempo de llenar formularios pidiendo mejoras en su dieta diaria. // Si hay luna llena, ningún galeote se convertirá en hombre lobo, pero es posible que se ponga a llorar sin causa aparente”). Así como estos ejemplos citados hay una media docena de poemas de un nivel claramente por encima del promedio de lo que suelo leer entre los poetas surgidos por estos años.

Sin embargo, hallar un registro que se ajusta a nuestras necesidades expresivas puede resultar un arma de doble filo, y Briceño no logra sortear todas las trampas que esta conquista suele emplazar. No menos de la mitad del libro se ve afectado por la falta de dirección de sus textos, que basculan entre citas cultas que rara vez tienen una justificación discernible, la retórica de la parodia del lenguaje arcaizante, o la gratuita referencia a la cotidianidad más privada. Eso ocasiona que muchos poemas no sean más que meros amasijos informes donde Briceño quiere demostrar de qué es capaz, aunque no tenga una idea clara de por qué lo está haciendo. La consecuencia es que se apalabra, se llena de referencias que terminan venciendo sus intenciones primeras y termina siendo vencido por una empalagosa retórica. Un ejemplo clarísimo de lo que digo es el poema IX (“En un página del breviario de J. P. Sweelinck, se puede observar al rey David tocando el carrillón –un infantil coro de campanillas argentadas en forma de pera- incrustado en el ángulo superior de la miniatura. (...) Aquel es el problema que me abruma, y aun puedo saborear la doble amargura de sentirme confinado y escribir desde mi retiro en una prosa deficiente, más no podría contratar al joven Hayden, pues Nicolaus Esterhazy ya lo tiene en su hatillo de prodigios…”) Esta carencia de rumbo agota al lector y vuelve tedioso terminar de leer varios de los textos (como es el caso del LVII, el LXVII y sobre todo el XLIV, con distancia el más ambicioso y fallido, donde el juego entre narcisismo y sarcasmo termina por brindar dudosos resultados como este: “Luego encontré torpes mis disquisiciones. Si el concepto de vacuidad debe aplicarse al arte o no, o si el arte era bueno para alguien ¿a quién le importaba? Me estaba volviendo un imbécil, mi genialidad se evaporaba. ¿El arte, vacío? Vacío el cráneo de Susy Díaz. Arte, arte, arte. ¿En qué estaba pensando?”.)

Otro de los problemas del libro es que buena parte de él está basado en la exploración y articulación de los flujos mentales ante las situaciones cotidianas, sobre todo las que envuelven a las relaciones humanas, haciendo gala en varios fragmentos de una constante y detallista autoconsciencia, por momentos muy ocurrente, pero que están más cerca de los estados de Facebook que de la poesía: “mi chica no dice hagámoslo nuevamente o volvamos a hacerlo, sino que hay que hacerlo otra vuelta” ; “Francois nos leyó su novísima ficción breve, ayer, en el bar Don Lucho: ‘esa mañana desperté decidido a hacerme un tercer pene'”, y así por el estilo. Esta tendencia a hacer pasar el ingenio por la poesía es muy recurrente en La trama invisible, lo que adelgaza la fuerza expresiva que mantiene en sus primeras páginas, y empeora  sobre todo en los fragmentos en los que pretende emular o ironizar sobre ciertos iconos de la tradición, como es el caso del Martín Adán de los poemas Underwood: “La poesía debe ser como un plato de leche donde beban el perro, el gato y Súper ratón”.

Christian Briceño es un poeta al que no se le puede mezquinar su destreza formal y una meritoria habilidad para insuflarle inteligencia y densidad a sus poemas. Pero para la próxima debe evitar los facilismos en los que se cae mediante una mal entendida lasitud conceptual, el culteranismo infundado y sobre todo la incontinencia y profunda irregularidad que hieren la evaluación general de La trama invisible, defectos que hubiera podido conjurar un editor más atento: este es un tema en el que nuestras editoriales independientes todavía están en deuda.
   


   
PUNTUACIÓN:                    11,3

6 comentarios:

  1. Eso es cierto. Ya hace un par de años le pregunté a Miguel Idelfonso: "¿quién edita los poemas?, entiendo que los textos en prosa pasan por la mano del editor pero ¿en la poesía?, ¿quién dice qué entra y qué no?" Él me respondió que es uno mismo el que es responsable de su trabajo. En el caso de él se comprende pero en el de un escritor novato no lo encontré tranquilizador. Y con respecto a la reseña, me parece inteligente tu observación, sobre todo por el hecho de que mientras más joven es el poeta, más ganas de mostrar que ha leído y es tan incontenible esa necesidad que lo hace cometer excesos. Saludos

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  2. Christian (Lima, 1986) es un poeta que no sigue el camino fácil, sino él arduo oficio de orfebre con la palabra y su estudio. Aún es muy joven, pero ya muestra mucho talento.

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  3. No estoy de acuerdo respecto a que hay versos "que parecen estados de facebook". Leí sus dos poemarios, La breve historia de la lírica inglesa me parece un poemario notable; eso de que no tiene una voz propia no sé qué tan cierto sea. Este chico es un poeta con oficio, aquel que conoce y maneja muy bien.

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  4. Dudo mucho que haya alguien con el suficiente talento y generosidad, incluso consigo mismo, como para editar bien un poemario, sea suyo o de otra persona. Creo que la innecesaria frondosidad de un Domingo de Ramos y lo escueto de otras propuestas lo dicen todo. No tenemos editores; tenemos impresores. Es una lástima.

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  5. El señor Coral se ha autoeditado este año. Veamos cuánto talento y generosidad tuvo para consigo mismo.

    Coral = 3 ó 4 libros + uno de 2013... Sería una delicia ver los comentarios (posiblemente polémicos de su parte) que suscitaría ser criticado aquí.(Comenta con desparpajo, está haciendo puntos).

    Con respecto a Briceño, coincido contigo con respecto a su primer libro (aunque esto también va en parte para el reseñado ahora): se nota una falta de vivencias "fuertes" o sobrecogedoras que alienten a eso de la huella digital o "voz propia". En la Trama... creo que lo que más se puede rescatar es su prosa para que sea aplicada a la narrativa. La facilidad que tiene para urdir versos le ayudará a darle intensidad a ficciones narrativas que otros narradores no pueden. (Su cuento "Fiebre" –1000 palabras–suscribe lo que digo).

    En poesía pienso que ya ha trazado el mapa de su poética: libresca, borgiana ... Bien, tal vez pueda engañarnos con poemas medidamente vivenciales y profundos.

    Como decías en tu libro (no es exacta la cita pero va): es bueno, "pero eso no es rock".

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    Respuestas
    1. Mucho talento y generosidad: publiqué tres ejemplares, los vendí, y luego me di cuenta que no era lo que buscaba, así que no saqué más libros.

      Pero mis devaneos editoriales qué tienen que ver con editoriales como Mesa Redonda, Estruendomudo, Paracaídas, Hipocampo, y otros que confunden edición con impresión de libros.

      Por ejemplo, no tengo inconveniente en decir que las impresiones de Paacaídas mejoran día a día: pero serán capaz de decirle a Lauer: hay que sacar tres poemas; de sugerir a otro consagrado, "le sobra una sección".

      Todos los grandes editores se han hecho con genialidad y atrevimiento.

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