lunes, 23 de septiembre de 2013

Sobrevivir no basta




José Rosas Ribeyro. Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente). Editorial Paracaídas, 2013. 138 páginas.


Mi primer acercamiento a la obra de José Rosas Ribeyro (Lima, 1949) fue en el verano de 1996, cuando encontré unos poemas suyos en la ya célebre antología Estos 13, editada por José Miguel Oviedo. Recuerdo que no me causaron el deslumbramiento que sí me regalaron Verástegui, Watanabe o Cerna, pero sí me pareció un poeta digno de interés, sobre todo por los conmovedores fragmentos de su largo poema "Lo que nos dejaron", que seguramente integraba su libro debut, Del extramundo, el mundo y el submundo, y otras situaciones, que nunca vio la luz.


No mucho después accedí a sus dos libros, publicados tardíamente: Curriculum mortis (1985) y Ciudad del infierno (1994). El primero confirmó la buena impresión que me dejaron los poemas de Estos 13 y otros que publicó en revistas a mediados de los sesenta y principios de los setenta. En un tono irónico, nostálgico y desesperanzado que recuerda al Cisneros de Como higuera en un campo de golf, el libro narra los años de madurez del poeta, que bajo el nombre de Odiseo recorre el Distrito Federal, París y Lima mientras evoca sus etapas de aprendizaje personal y literario, la paternidad y sus primeros años en el exilio. El libro tiene poemas realmente memorables, como el que principia el volumen o el que rememora sus primeros intentos literarios asociándolos con sus experiencias onanistas de la preadolescencia. Ciudad del infierno, en cambio, fue una  decepción. Es verdad que empieza bien, con un largo proemio en el que nos cuenta sobre su vida en el París de los ochenta junto a otros poetas peruanos, introduciendo en ese contexto la misteriosa historia del ficticio escritor de ascendencia malgache Juan Racotongrave, a quien atribuye los poemas que vienen a continuación. Y es ahí donde empiezan los problemas: son textos deshilachados, desprovistos de vigor expresivo, donde algunos brotes de ingenio intentan suplir carencias indisimulables, tales como la pobreza imaginativa y un lenguaje funcional, muy poco trabajado.

Casi veinte años más tarde, Rosas Ribeyro regresa con un nuevo libro de poemas: Contemplaciones (apuntes de un sobreviviente), que, como su subtítulo sugiere, tiene como tema central el destino de quien todavía persiste y se va quedando cada vez más solo, pues todos sus amigos, mujeres y compañeros generacionales van muriendo y desapareciendo alrededor. Rosas, a la manera de Louis Aragon en Habitaciones, nos ofrece una bitácora de la estancia en sus cuarteles de invierno, donde cada objeto es una puerta para el recuerdo, la ensoñación o el calmo delirio. Esto queda muy bien reflejado en el primer poema, uno de los mejores del conjunto: “Ya no se mueve / ni absorbe las gotas de agua / que buscaban hundirse / entre tus senos. / Ya no es de nadie ese albornoz verde / viejo / feo / solo un cadáver que me informa / que aquí / entre cuatro muros / despellejados /  hubo guerra / destrozos / desapariciones / y que yo / que lo contemplo con nostalgia / o me seco con él / las manos // soy / un / sobreviviente”. Lamentablemente, lo que este poema-intro promete no se cumple del todo en las páginas que siguen.

Hay que decir que el principal escollo de este libro ya era patente en Ciudad del infierno. En ambos Rosas ha optado por poemas que se desarrollan mediante un ritmo que aspira a ser trepidante y a arrastrar al lector por un caos de sensaciones, ideas, visiones y voces que formen atmósferas fantasmagóricas, intemporales, por momentos fuertemente sexualizadas, en otros ominosas y decadentes. Esto, de por sí, no tiene nada de censurable. El problema es que los recursos con los que ha contado Rosas Ribeyro en ambos poemarios no alcanzan para consumar sus metas. Es raro encontrar en Contemplaciones imágenes o ideas convincentes que nos involucren o nos hagan sensibles a los pesares, reclamos o resignaciones que Rosas entabla en sus poemas. Cuando quiere hablar de las tribulaciones de la soledad y la vejez, suele ganarle el lugar común: “la tristeza corroe las entrañas / nubla la vista / convierte los labios en una mueca espantosa”; “No envejezcas, muchacha / no te dejes engañar por la quimera / de a sabiduría de los años / La vejez es siempre una derrota / un derrumbe / una pérdida”. No le va mejor en los poemas donde se trata el deseo por los cuerpos jóvenes, en los que se limita a describir situaciones sin mayor brillo y en ocasiones con un gusto bastante dudoso: “Debo creerle a la muchacha / y a su acento / de ningún sitio / debo creer / que mi verga en su culo / son la felicidad”. El libro avanza de esta manera, con pocos momentos logrados y textos que invitan a imaginar lo que pudieron ser y a desalentarnos por lo que terminaron siendo. Eso pasa con “Me di con una piedra en el camino”, “Pensé que la oreja era ojo” “Ya no hay púas en la arena”, y varios más.

Si en Contemplaciones no encontramos cimas demasiado altas, sí nos topamos con algunos new lows en la obra de Rosas Ribeyro, como es el poema “Yo busco la pitanza y tú estrangulándome”. Estas desbarrancadas se producen sobre todo cuando Rosas busca un efecto paródico y esperpéntico cuya falta de dirección termina dañando gravemente su propuesta, como quien dispara una bala que acaba por incrustarse en su propio pecho. Sinceramente es difícil de creer que el autor de un libro como Curriculum mortis sea autor de estrofas como estas: “Yo me agacho / me pongo a cuatro patas / y tú me montas / me flagelas / me maltratas / Oh patata. (…) Me debato / y tú patata / siempre tú / mi dolor   mi furia / mi desgracia / me hincas me marcas / me tatúas me posees / y yo indefenso / silencioso / Yo / y la patata”. Otro ejemplo de esto son los versos que conforman el poema XXXIV: “Una plasta de carne se desparrama / a mi lado / sin que yo pueda detener / la hecatombe”.        

No obstante lo dicho, cuando Rosas Ribeyro nos habla desde la autoconsciencia de su finitud y del continuo acecho de la muerte, aparecen entre la hojarasca señales del buen poeta que es. Bajo esta incertidumbre y temor Rosas consigue plasmar su cometido de redondear poemas de vertiginosa cadencia y fuerza emocional: “me voy a morir / me estoy muriendo / empecé a morirme un 5 de marzo / hace mil años / sin haber nacido aún / ya estaba muriéndome / desde entonces muero / por dentro  por fuera / me voy muriendo / lo quiera o no / muriéndome (…) hasta más no tener / empecé a morirme un día / y ahora muero / sin tus brazos / sin tus ojos / sin la cálida acogida de tus entrañas / muero”.

Pero más allá de estos aciertos, Contemplaciones es, en conjunto, un libro muy irregular, con demasiadas caídas y deudas como para considerarlo un progreso con respecto a Ciudad del infierno. Rosas es un autor que ya ha demostrado una capacidad nada desdeñable, pero la poca prolijidad del acabado de sus libros y su escasa autocrítica suelen empujarlo a meterse autogoles, como ha sucedido en sus dos últimos poemarios y en su novela País sin nombre. Si logra sacudirse de estos vicios, estoy seguro que el poeta de Curriculum mortis hará, en la siguiente entrega, un regreso triunfal.

PUNTUACIÓN:                               9,2 / 20